Juan Carlos Gené, un luchador teatral

Teatro Por
Homenaje a uno de los grandes hacedores teatrales que tuvo la escena porteña.
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Hace unos treinta años, viviendo en Caracas, tímidamente llamé y pedí una entrevista a Juan Carlos Gené, exiliado en aquel entonces, para consultarle por un taller actoral que había abierto. Me citó en su departamento de San Bernardino, del que conservo solamente la imagen de montañas de libros que se habían adueñado por completo de ese espacio diminuto. Enseguida, todo el recuerdo lo toma la impresión indeleble que me causó la entrevista: exhaustiva, profunda, curiosa, reforzada por su mirada sagaz algo escondida bajo la sombra de cejas espesas y gruesos lentes, a la que nada se le escapaba. Así lo conocí. Por un aviso publicado en un diario. Él me abrió ese día la puerta como si fuera la de su casa, pero en realidad la que me estaba abriendo para todo mi futuro era la del teatro. Ese “como si…” del juego escénico que se extendería hasta hoy empezó ahí, con ese generoso gesto suyo. Claro que yo aún no lo sabía.

Lo que sí supe muy pronto fue que ese Maestro era distinto. Dejaba huella su conocimiento inagotable, su modo de pensar el teatro -la profundidad de ese pensamiento-, su exigencia, su precisa mirada, su certero y amplio uso del lenguaje -capaz de trasmitir todos los pliegues de un concepto-, su
respeto absoluto por la obra y por el actor, su inagotable disfrute ante el hecho escénico y tantas características más que se podrían añadir a una lista muy extensa. Sin embargo, lo que para mí lo distinguía, lo que lo hizo el Maestro grande y único que era -el que sigue siendo en quienes tuvimos el privilegio de estar cerca de él- fue su inmensa y siempre renovada capacidad de INSPIRAR, de contagiar su PASIÓN por el teatro. Y digo pasión en su significado de deseo vehemente y excesivo de algo, porque creo retrata con exactitud ese vínculo. Juan trasmitía sentido de lo sagrado en la tarea. Reconocimiento y reverencia ante el misterio que se vive en el escenario, ese espacio que le era más real, muchas veces, que la vida misma. Él lo decía así, sin rodeos: “Mi vida es lo que hago y mi realidad está siempre sobre el escenario”.

También por aquellos años leí durante un viaje en avión un artículo del suplemento cultural del diario El País, de España, que despedía a un gran actor de teatro. El autor se centraba en su voz, en esas voces curtidas por la escena, por años de caminar escenarios. Voces profundas, cascadas algunas, intensas todas, de viejos actores de teatro. Un enorme caudal de voces entrañables que perdemos para siempre, decía. Y hablaba de lo efímero del arte teatral. De lo efímero de nuestra vida. No sé por qué guardé esa nota en mí pero aquí está y hoy vuelve. Ya no podría decir con qué fidelidad, pero la recuerdo. Juan repetía, siguiendo a Borges, que nuestros recuerdos datan de la última vez que los contamos, y estos temas del artículo (la memoria, lo efímero, el oficio tan artesanal del actor) le eran queridos y habituales, así que la asociación es fácil. Pero sucede también que hoy su voz es una de esas voces, la de otro entrañable actor que se ha ido.

Y contándolo ahora, esta última vez que lo cuento, el recuerdo de aquella nota cambia y es lo que era más lo que sé hoy: que las voces entrañables no se pierden, que se quedan con nosotros porque lo efímero, comprendo al fin, encuentra en los demás su manera de perpetuarse.

CALLES DE SAN TELMO

Hace días iba del teatro a casa, desde Moreno caminando por Perú, cuando se me puso a la par la nostalgia. Tanta, como para obligarme a varios rodeos para evitar esas veredas por un tiempo. No sé si venía siguiéndome o saltó de repente a mi paso: últimamente no distingo bien qué ruta sigue, sólo sé que llega. Es que me acerco a su casa y alucino: lo veo andando con su bastón, a paso tranquilo y firme, mirando el suelo como solía hacer, sumido en pensamientos e imágenes que luego serían escenario. Y enseguida escucho su voz vibrante, clarísima, y su habitual “cómo estás, querida”, me acompaña unos pasos. Muy difíciles se me han puesto esas cuadras llegando a México. La ausencia es así: no te pregunta nada, te toma por asalto.

Miro la esquina donde estaba El Capri. Su café de siempre y su mozo amigo, tampoco están. Una construcción que avanza fue borrando su presencia. Juan necesitaba un lugar de costumbres silenciosas, que le permitiera la lectura o la charla íntima, calma, junto al cortado y el infaltable simple de miga (de queso). Finalmente lo encontró en la esquina afable, humana (le gustaban las cosas a escala humana, por eso también el teatro) de Chile y Bolívar.

La Poesía le dio cobijo y se fue convirtiendo en su segundo hogar, oficina, sala de entrevistas, de encuentros y hasta consultorio cuando ya le costaba demasiado movilizarse más lejos. Y en medio de ellos, siempre, el viejo y querido Aconcagua. Creo que recorro los cafés para intentar hablar del Juan Carlos Gené de aquí, el de San Telmo, porque fueron cómplices y amigos inseparables. Siempre hay mesas de café enamoradas de los teatros. Y entre las más amantes y amadas, están las del Aconcagua. Es allí adonde acuden sus alumnos, sus amigos, cuando quieren recordarlo más vívidamente. Es que cuando el CELCIT, la sala y escuela teatral que dirigía, estaba en Bolívar e Independencia (antes de trasladarse a su sede actual en Moreno 431) el Aconcagua era el café que albergaba sus pausas de talleres, sus domingos con el diario, sus charlas. Y por esa costumbre tan suya de organizar todo a su alrededor (gente, pedidos, espacios), los mozos que ahí lo atendían también aprendieron que Juan, el director, ejercía a tiempo completo. Hoy sigue allí el Aconcagua, aferrado con todas sus fuerzas a la esquina de Estados Unidos, sobreviviente orgulloso del viejo barrio, aquel de los almacenes y pequeños comercios amigos. Aquel que Juan más quería.

La gente lo reconocía por la calle, los taxistas todavía le hablaban de Cosa juzgada, aquel mítico programa de nuestra naciente televisión. El público se acercaba al CELCIT a ver sus espectáculos aun sin saber específicamente los detalles, porque sí sabían que tras su nombre había siempre calidad, había una experiencia profunda, había verdad. Donde estuviera como actor, director o dramaturgo, como docente o conferencista, pasaba eso. En alguno de esos roles o en varios a la vez, el público lo seguía. Y por su don de contagiar renovado asombro y dar sentido profundo al trabajo en la escena, los jóvenes se emocionaban con sus charlas y eran transformados por su intenso modo de sentir y trasmitir. Modos de creador. Modos de mago. “Tomen todas mis afirmaciones como preguntas”, insistía, haciendo suya la frase de Bohr. Así sembraba.

Fue además, un hombre comprometido con su tiempo, un militante y un estudioso, un ser de múltiples facetas y talentos, un profundo conocedor de la historia. Caminar con él era participar de los secretos que escondían esquinas y rincones de la ciudad, muchos pertenecientes a San Telmo. En su escritura aparecen algunos, tan pintorescos como el que incorporó a su obra El sueño y la vigilia (2000), que sostenía que el Delfín de Francia (Luis XVII, hijo de Luis XVI y María Antonieta), era un inmigrante francés, ingeniero, que habitó y murió en circunstancias extrañas en la casa de la esquina de Bolívar e Independencia. Hasta abril de 2000, cuando un prosaico análisis de ADN probó lo contrario, triunfaba la leyenda.

Juan Carlos Gené hizo del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral su trinchera para luchar, desde la cultura, por la integración latinoamericana. Y ese espacio sigue abierto, con los mismos objetivos, como continuación de su enseñanza y celebración de su vida. Una vida plena. Afortunada. Las huellas perviven. Siempre. Rituales de muerte y renacimiento, teatro y vida. Por eso no es raro que los sitios a los que fue tan fiel lo añoren y evoquen a diario. No es raro que haya calles que sigue cruzando todavía, o veredas que lo ven caminar pensando escenarios. San Telmo tiene una larga memoria que deja entrever a los suyos, especialmente en las horas en que la luz cambia.

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