Buñuel, el laberinto de Carlos Fuentes

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La Fundación Banco Santander publica el ensayo inconcluso e inédito que el escritor mexicano trabajó durante años sobre el director aragonés, un inteligente manifiesto de admiración y amistad.
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Todo empezó, más o menos, por este párrafo en una carta de Carlos Fuentes a Luis Buñuel en noviembre de 1967: "Entérese: estoy escribiendo un larguísimo ensayo sobre usted (su decisión de no filmar más me autoriza a lanzarme a esta suma buñueliana) que empezó como un artículo sobre Belle de jour, pero que ha ido creciendo como la mancha de sangre sobre los muslos de Leonor Llausás". La propuesta no llegó a ser rematada, pero dejó el rastro inédito de una historia de respeto, amistad y entusiasmo.

Luis Buñuel desembarcó en el cine con Un perro andaluz (1929) y ya desde aquel primer desplante marcó un perímetro personalísimo de obsesiones que nunca perdieron el hilo surrealista. Después de pasar por la Residencia de Estudiantes de Madrid y dedicar la juventud a hacer el ganso con Lorca y con Dalí, volcó en 32 películas una gramática visual hecha de extrañeza, de fetichismo, de osadía, de ateísmo, de cirios y talismanes.

Buñuel dejó España a los 25 años para instalarse en París, donde estrenó su primera cinta con un resultado catastrófico. Aquel derrape fue, necesariamente, un triunfo.

Buñuel dejó España a los 25 años para instalarse en París, donde estrenó su primera cinta con un resultado catastrófico. Aquel derrape fue, necesariamente, un triunfo. Trabajó en dos guiones con Dalí, buscó sitio en Hollywood, huyó de Hollywood, trabajó en el MoMA de Nueva York, volvió a Los Ángeles y por fin se instaló en México, de algún modo forzado por su mala experiencia en EEUU. Allí encontró nuevos compañeros de 'dry martini'. Algunos pimpollos reconocieron en Buñuel el faro de algo distinto. Y orbitaron alrededor de él. Carlos Fuentes era uno de ellos. Tenía 18 años. Estaba en ese comienzo de los comienzos donde no hay nada definido, y esa misma dispersión es fuerza y apetito. Se arrimó a Buñuel y junto a él, a rachas de tiempo, puso en pie el proyecto de contar su mundo en un puñado de páginas, a modo de estudio, de cuaderno de vivencias compartidas, de artefacto de admiración. El novelista dejó medio armado al morir (2012) un volumen con este título: Luis Buñuel o la mirada de la Medusa (Un ensayo inconcluso), que ahora rescata la Fundación Banco de Santander en edición de Javier Herrera Navarro y con prólogo de Román Gubern.

El proyecto tenía fecha de salida, 1968. Y dos editores simultáneos: Joaquín Mortiz en México y la mítica Gallimard en París. Carlos Fuentes acumuló un profundo conocimiento del trabajo buñueliano. La cercanía, las lecturas, los visionados y las cartas (el volumen reúne 15 inéditas) lo contornearon como uno de los mejores intérpretes la compleja expedición creativa del director. "No se le puede pedir a un artista más que esto: que su visión se entregue desarmada en manos de nuestra posible libertad". Esto escribió el novelista y diplomático mexicano. "Entonces podemos empezar a preguntarnos honestamente no en qué consiste la responsabilidad del artista, sino en qué consiste nuestra responsabilidad". La de Buñuel era más o menos clara, voltear los cánones, los fuertes y fronteras del lenguaje del cine. Incomodar. Desacralizar. Ir más lejos de la fe y la moral judeocristiana que tanto achatan.

Hay en el creador aragonés algo de Robinson que apaga su antorcha en un mar nocturno y aun así navega. Tiene lo anormal como norma. Y se mueve en la vida con algo de cicatriz que no pierde la humedad. A él se acercaron no sólo Fuentes, también Cortázar, García Márquez, Donoso, Mutis o Alejo Carpentier. Unos con admiración sin fisuras. Otros admiradores y colaboradores en guiones y proyectos que no cuajaron. Pero de todos ellos Carlos Fuentes tomó a Buñuel y su cine como una militancia. De las películas al coctel que inventó, 'El Buñueloni'.

Las zonas vedadas del deseo, las contradicciones del pecado, la imaginación gamberra. Ese fue parte de su discurso en el cine, y casi su misión. Alcanzar las zonas más extremas del extremo: "Sodomía encima de canibalismo, encima de incesto, encima de necrofilia", decía. Pero también era prodigioso en la conversación sin pliegues. Las largas charlas del autor de Viridiana con Fuentes (reunidas algunas en este volumen) subrayan su talento para lo insólito, con el gramaje de libertad que aporta decir sin escuchar del todo. Por ejemplo, al hablar con Fuentes de García Lorca: "Compré los derechos de La casa de Bernarda Alba, que por fortuna no hice. No me gusta el teatro de Federico, ni me ha gustado nunca. Lo extraordinario de Lorca no era lo que escribía, sino él mismo, su gracia, su personalidad, su imaginación...".

Fuente: elmundo.es

Buñuel perteneció a todos los lugares donde trabajó y tuvo amigos, pero sobre todo supo hacer de su cabeza llena de vientos, de sus rigores y de su constante extrañeza, el principio de su enigma. Porque Buñuel sigue siendo eso que no se sabe enteramente. "Cero símbolos. Cero filosofía. Sólo hablo de las cosas que me gustan y me divierten". Apenas esto, aunque no es tan sencillo.

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