La confesión de Antonio Álvarez: exorcista de Carlos ll

Humanidades 18/04/2017 Por
El 6 de noviembre de 2016 se cumplió el 355 aniversario del nacimiento de Carlos II, el último rey de los Austrias españoles. Para conmemorar el hecho el presente artículo presenta un relato inspirado en el supuesto hechizo del que fue objeto el rey Carlos II, y que le ha hecho pasar a la historia como “El Hechizado”
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A raíz de sus males de salud que le ocasionaron la incapacidad para engendrar un heredero, la población y la realeza misma, le adjudicaron la culpa de no poder heredar el trono a un hechizo mágico, por el cual fue sometido a toda clase de rituales para “curarlo” de su mal.

Uno de ellos fue un exorcismo realizado por un fraile asturiano, quien posteriormente al hecho y sin obtener el éxito deseado escribió una carta que explicaba el motivo del fracaso y por el cual fue acusado y encarcelado.
“Me llamo Antonio Álvarez de Argüelles, fraile. Siempre he sido fraile, no he conocido otra vida que la de mi comunidad de Asturias. Aunque he de decir, que no soy un fraile común, ya que he dedicado mi vida a la lucha contra el demonio en primera línea, al igual que las picas de los Tercios de Su Majestad, siempre he estado en la vanguardia del combate contra el Mal. ¡Ay! otra vez la soberbia... si de algo soy culpable es de soberbia.

Hace algo más de quince días que el Alguacil del Tribunal del Santo Oficio junto con el Notario de Secuestros me sacaron de mi celda, con gran vergüenza para mis compañeros de convento. Desde entonces me hallo en una cárcel secreta de la Inquisición. De mi estancia en esta prisión no me quejo, es voluntad de Dios y a Él me debo. Además, mi condición de clérigo y la naturaleza del delito que me ha traído aquí, hacen que el Alcaide me trate bien, me cuida el alimento, se me permite la Eucaristía, la asistencia de un confesor y me ha proporcionado el papel y la tinta necesarios para escribir estas palabras.

Por otra parte, la naturaleza del delito que se me imputa hace que me traten con sumo cuidado, ya que está afectada la más alta institución del Reino. No me han dicho quién me denuncia, pero ni falta que hace, sé que el responsable es Froilán Díaz, el confesor real, y quién me encausa es Juan Tomás Rocaberti, el mismísimo Inquisidor General. El delito de colaborar con el Demonio que enunció el Fiscal, tras las tres amonestaciones de rigor, ha sido inventado por ellos para tapar el suyo. ¡Fueron ellos quienes pidieron mi ayuda allá por el mes de Julio!, querían saber del hechizo del Rey, a quien Dios guarde.

Yo no me negué, no podía negarme, mi vida es la lucha contra Satanás y mi lealtad al Rey era un incentivo más a la tarea. Mi siempre presente pecado de soberbia me perdió y el Demonio supo atacarme por este mi flanco débil. Me trajeron a un muchacho extranjero, austriaco creo, poseída y degradada por el Demonio su naturaleza humana. El exorcismo se desarrolló según los códices y los cánones transmitidos de un exorcista a otro. Satanás luchó contra mí y contra el poder omnipotente de Jesucristo Nuestro Señor con toda la virulencia habitual. Finalmente, conseguí que la Bestia me hablara y me confesó que el Rey se hallaba hechizado maléficamente para gobernar y para tener hijos.

Que se le había hechizado cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, envenenarle los riñones y corromperle. Los efectos del hechizo se renovaban en cada luna y en las lunas nuevas sus efectos eran mayores. Siendo la responsable de todo la difunta Reina Madre, que pretendía así prolongar su gobierno más allá del periodo establecido de Regencia. Eso fue lo que me confesó Satanás, pero me engañó, me engañó y soy culpable, culpable porque el Demonio utilizó mi soberbia para perjudicar al Rey, al Reino y al Pueblo de Dios. De poco sirvió mi remedio de bebedizo de santo óleo, todo había sido una burla del Maligno.

Y ahora me encuentro aquí, en una celda de una cárcel secreta esperando el veredicto del tribunal, no creo que la pena sea grave, espero no ser sometido siquiera a Cuestión de Tormento para aseverar mis declaraciones, todo lo más, saldré de aquí Penitenciado y con obligación de portar un Sambenito durante un tiempo. No me preocupa, lo merezco, mi soberbia ha de tener su justo y merecido castigo, solo le pido a Dios que no se me prohíba continuar con mi lucha contra el Demonio.”

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