Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir

Como si la frase no fuese conocida se la adjudicamos al Polaco Goyeneche, y no porque fuese de su autoría, sino porque como él no la cantó nadie.
el polaco
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Naranjo en flor

Roberto Goyeneche, nació en el barrio de Saavedra, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el 29 de enero de 1926 y como si decirse porteño fuera poca cosa, le decían "el polaco", gracias a una ocurrencia de Ángel Díaz luego de ser convocado por Horacio Salgán para reemplazar al cantor Horacio Deval, pero no por su ascendencia, ni sus orígenes, sino porque era flaco, de ojos claros y rubio como el estereotipo de los ciudadanos de ese país.

Si Gardel cantaba cada día mejor, para el polaco habría que decir frasea cada día mejor. El particular modo de colocar la voz y la fuerte personalidad del que conoce la esencia misma del tango, lo distinguen de todos los otros cantores de nuestro tiempo. Su manejo de los acentos y los silencios, el arrastre de alguna palabra de la letra, o el susurro intimista de un verso, lo convierten en un vocalista irrepetible, imposible de ser confundido con otro.

Luego de hacer dúo con "el Paya" Díaz bajo la dirección de Horacio Salgan, en 1956 se pasa a las huestes del gordo Anibal Pichuco Troilo, época en la que aprendió a ser más músico que cantante y que con el tiempo lograría tal perfección, que se le permitiría el lujo de iniciar una frase a destiempo —cadenciosamente— para luego alcanzar las últimas notas al final del compás.

El repertorio de Goyeneche fue muy extenso y variado, los tangos bien antiguos y los más modernos desfilan desprejuiciados en su trayectoria discográfica. Grabó “El motivo (Pobre paica)”, de Juan Carlos Cobián y Pascual Contursi, y fue el primero en registrar “Balada para un loco” de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer.

Se consagra como solista después de brillar como cantor de orquesta y, curiosamente, el fervoroso reconocimiento y la devoción del público llegaría a la madurez de su voz para no abandonarlo hasta nunca. Su dicción era perfecta, aún en los últimos años de su vida cuando la decadencia de su voz, lejos de mellar su popularidad lo elevó a la categoría de mito viviente, haciendo carne en su voz muchos de los temas que componían su repertorio. Grisel, o Naranjo en flor, tendrían a partir de él vida propia pero con un solo dueño.

Fue grande entre los grandes, y de la mano de Gardel, Ignacio Corsini, Charlo, Francisco Fiorentino y Ángel Vargas, su voz arenosa, seguirá deleitando con el sabor del tango y el perfume cotidiano de las noches de Buenos Aires.

Por todo eso y sabiendo que Naranjo en flor nadie la cantará como él, se puede decir que primero hay que saber sufrir su ausencia, luego amar su voz y por fin partir escuchándolo.

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