“Si uno cree en los sueños no debe abandonarse nunca”

Entrevistas Por
Ángel Mario Fernández transita su vida volcando sus letras en papel y dándoles nueva existencia no solo desde sus creaciones literarias sino también desde el teatro y el cine documental.
Ver galería DSC02747
1 / 2 - DSC02747

En estado de una constante búsqueda por una salida ante cualquier limitación, el periodismo le dió un camino donde volcar su vuelo literario y a su vez, poner a la luz los reclamos sociales a los que inevitablemente el presente lo enfrenta, casi como un deporte para su reconocido vicio literario, dejando su sentir expuesto a la altura de su pluma: aguda, locuaz e inteligente.

El arte atraviesa tu vida de la mano de las letras, del teatro y del cine documental… ¿Ya existía en tu niñez la necesidad de plasmar tus emociones y vivencias?

AF: Escribo desde los 10 años. A los 12 o 13 ya me destacaba en las redacciones escolares y había una tendencia hacia la lectura, motivado tal vez por mi padrino, Carlos Héctor Martín, hacedor cultural de mi personalidad. Además, mis limitaciones físicas, polio en una pierna, me retrotrajeron a los libros. Y mi Padrino, como te dije, no paraba de comprarme los libros que le pedía. En casa llegamos a tener más de 2000 libros. Por suerte, salió el e-book y me salvó la vida. Pero sí, a los 20 años tenía tantos libros leídos que la mayoría de mi generación.

¿Cuándo empezaste a escribir pensando en transmitirle tu sentir a los demás?

AF: Para mí a los 10 años, pero tenía claro que quería ser escritor. Estudié periodismo porque estudiar letras entonces era sinónimo de morirse de hambre. Al menos estaría más cerca de las letras. Entonces elegí morirme de hambre como periodista. (Risas) En la secundaria, la profesora de Literatura me alentaba a que siguiera escribiendo, creo que fue el mejor consejo que recibí. De hecho me sumergió en el mundo de Horacio Quiroga, Julio Cortázar y hasta los antiguos clásicos españoles como Cervantes, Lope de Vega, Calderón y hasta Don Juan Manuel. Sus clases de Literatura influyeron mucho en mí. Mi novela “Las clases de Literatura”, Ediciones Oblicua, Barcelona 2012, está inspirada en ella. Uno siempre escribe para alguien creo yo. Sino se transforma en un ser solitario y oscuro. Como dice Charly en Sui Géneris: “¿Para quién canto yo entonces?”

Eres padre… ¿Inculcas en tus hijos el valor de la lectura y las correcta forma de expresarse?

AF: Indirectamente. A Ayelén y Nahuel que ya pasaron la barrera de los 20, les enseñé a ser libres. Y creo que el ejemplo les sirvió. Mi hija tiene predilección por los libros latinoamericanos (Galeano, Cortázar, etc.) y mi hijo es profesor de Historia y lee bastante. El más pequeño, también sigue sus pasos. Pero nada está dicho en la educación. Mi suegro, que es español y nacido y criado bajo la dictadura de Franco es, ante todo, una buena persona, pero chupó toda esa información del franquismo y compró. Cree y está convencido que Franco fue algo muy positivo en la historia de España. Y no lo dice desde la militancia, él sólo es un hombre de trabajo, ahora jubilado, lo dice desde la verdad de su educación. Lo mismo la mayoría de su generación. Es algo así como las mentes de los argentinos (que no tenían desaparecidos en su familia) lo que veían de los militares desde 1976 al 82 más o menos, hasta la guerra de Las Malvinas y los desbarajustes económicos. Entonces hay que tener mucha prudencia al hablar de educación. Recomiendo a los padres que estén educando (y también a los docentes) que vean la película “La educación prohibida”. Allí se darán cuenta que los monstruos de la caverna son en realidad sombras reflejadas por el sol, como dice la alegoría de la caverna de Platón.

¿Los educaste bajo qué idea sobre el compromiso social y cultural?

AF: A los 18 años yo pegaba volantes en la Universidad para que cayera la dictadura y universidades gratis para todo el mundo, porque antes las universidades nacionales tenían chequeras y el que no pagaba no entraba. Fue larga la lucha y muchos quedaron en el camino, pero hoy los jóvenes estudiantes tienen universidad gratuita, aunque ni sepan el porqué. A veces duele verles desinteresados en las luchas sociales. Ese “chiste” nos costó (a los que no desaparecimos), irnos del país y hasta descalificaciones en la nota final de algunos profesores simpatizantes con el proceso militar. Yo creo que cada tiempo tiene su lucha, aunque casi siempre el enemigo es el mismo. Mis hijos, a su manera, tienen compromiso social y cultural, y en muchos casos hasta me explican situaciones. La lucha contra la dictadura, por suerte, hoy no tiene sentido, aunque a veces los modelos socioeconómicos tienden a parecerse.

¿Qué opinás sobre el uso del lenguaje en las redes sociales donde todo se apocopa y las expresiones y vuelos literarios muchas veces brillan por su ausencia?

AF: Ese es un efecto colateral. De verdad las redes sociales tienen mucho de positivo, más allá de del snob, las cadenas sin sentido y muchas tonterías. Como la vida misma: encontrás al ser solidario y a quien se la suda (como dicen en España) por todo. A mí me sirven para mostrar lo que hago y, a la vez, para conocer otras expresiones. He hecho algunos amigos interesantes de otras partes del mundo.

De la mano de la adultez uno hace una elección vocacional… ¿Siempre tuviste la certeza que deseabas abocarte de pleno al periodismo, a la literatura y a los documentales de corte social?

AF: Siempre me gustó escribir y veía que ser escritor era un sino inevitable, escribo por una necesidad interna, hay adrenalina cuando lo hago, como un vicio que no puedo ni quiero parar. Y por suerte, soy muy productivo.

¿Como fue tu formación profesional para ser quien sos hoy?

AF: Aparte de los estudios básicos y secundarios, hice la Licenciatura en Periodismo, luego refrendada a Licenciatura de Ciencias de la Comunicación. Intenté también la carrera de Derecho, pero por razones de la vida diaria, debí abandonar cuando me faltaban dos años más o menos. También realicé diversos talleres de escritura, estilo y desarrollo. Y aquí en España hice talleres con Jordi Galcerán, un pope del teatro catalán y con Juan de Dios, otro monstruo de las escenas.

Si tuvieras que elegir una palabra o frase que te defina como escritor y abrace tu trabajo… ¿cual elegirías y por qué?

AF: Nada es lo que parece. No lo digo por mí, sino por lo que escribo. El mejor ejemplo es mi novela “Las rosas de Anita”, Barcelona, 2005, Pozanco Editor, donde una viejita dulce y religiosa no es quien resulta ser luego. Yo creo que así es la vida. Nos llenamos los ojos (y la mente) con estúpidos prejuicios de los demás o las cosas y terminamos dándonos cuenta que nada es como creíamos que era.

Teniendo en cuenta que el gusto o no de una obra artística más allá de la rama del mismo es totalmente subjetivo… ¿Cómo te sentís ante la mirada de los demás sobre tu obra?

AF: Me da un sentimiento de placer. Un “se dio cuenta lo que quise decir”, aunque a veces ponga en dudas algunos elogios. Mi obra se parece a un pedacito del Principito, de Exupery, cuando el niño pinta algo y pregunta si no le da miedo su dibujo. A quién le podría dar miedo un sombrero, le dicen. En realidad es una boa que se tragó un elefante. Eso es mi obra. “Juan se fue a las estrellas”, por ejemplo, es el último premio obtenido por Prada, en Nueva York. Es la historia de un niño de seis años que busca a su hermano que se fue al cielo. Me han dicho algunos que lo leyeron que cuento más tierno. Me pregunto, qué tiene de tierno la muerte de un hermano y la desesperación de su hermano pequeño de reencontrarse con él. Es la historia detrás de la historia. El dolor de Carlitos Chaplín cuando se da contra una puerta ante la risa general del público.

Has realizado diversas publicaciones… ¿Cuales son las que mayor gratificación te han dado y por qué?

AF: Cada publicación es como un hijo, ¿a qué hijo quieres más? Yo creo que a todos y eso que he publicado cerca de una veintena de libros entre novelas, relatos, colaboraciones. He publicado libros que nunca llegaron a mis manos en México, Líbano y otros sitios interesantes. Aunque debo decir que “Las rosas de Anita” me causó una gran satisfacción, tal vez por ser el primero.

¿Qué mención recibiste que te ha emocionado mucho o le guardas un cariño muy especial?

AF: Sin duda la de “Los Bilordos de Pinón”, de Oviedo en diciembre del 2006. No fue un gran premio desde el punto de vista del prestigio, tampoco fue una gran remuneración en metálico (creo que 500 euros), pero fue el primer premio recibido en España en persona. El otro, que también me llenó de alegría, fue uno de los últimos recibidos (octubre 2013), el de Prada Journal, que aparte de una recompensa económica interesante, intervinieron allí 1313 participantes que escribieron en 29 idiomas. Y que elijan tu relato entre todos y que a la vez lo presenten en Manhattan (Nueva York) y que a tu trabajo lo lea el director y actor Anthony Mackie creo que vuelve loco a cualquiera.

Con toda tu trayectoria ¿Que le dirías hoy a los jóvenes que están en plena búsqueda de su identidad personal y artística dentro del mundo artístico tanto como en el periodismo?

AF: Hay una palabra que a mí me sirvió y aún hoy no la olvido: perseverancia. Si uno cree en sus sueños no deben abandonarse nunca.

Te puede interesar

google-site-verification: google5fe333d7a5080da2.html