Entre perros verdes buscando el hilo del tiempo

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Una novela que forma parte de una trilogía en donde el tiempo y sus huellas se manipulan casi como una obsesión. "Raro perro verde"
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Si nuestra soberbia nos lleva a la desmesurada pretensión de enfrentarnos con el tiempo, no tenemos otra opción que ser derrotados de la manera más humillante. Pero una vez inmersos en su corriente, sumergidos en su marea infinitesimal, tal vez podamos abrir los ojos, cerrar un puño para ver, atrapar un grano de arena que nos permita pensar, poner nombre a todo lo que se va, arrojar un ancla de aire en ese caudal incesante en el que naufragan nombres, cuerpos, objetos, sentimientos, pasiones y desamores, todo lo que alguna vez fue humano. Y de qué otro modo intentar este experimento que a través del arte, única posibilidad con que cuenta el espíritu del hombre para entrever la eternidad.

Desde siempre las palabras han sido mi herramienta y mi manera de deconstruir y reconstruir lo que vulgarmente se llama realidad, y que muchas veces me parece únicamente una de las innumerables posibilidades de la existencia, una existencia inasible a causa de la laberíntica naturaleza de su materia, el tiempo.

Raro Perro Verde es la primera etapa de esa experimentación personal en el campo de la literatura novelesca, sobre la posibilidad de manipular el tiempo y las consecuencias de esta manipulación, un intento de desmontar la máquina en la cual el ser humano está apresado y que invisible lo arrastra en su engranaje.

Las obras que siguen a ésta son “La última noche en que tampoco habló” y “El conejo encerrado en la Luna”. Por primera vez Raro Perro Verde aparece en una edición de papel.

En todos estos libros he repetido los experimentos usando diferentes técnicas, cambiando los puntos de vista, transformando la consideración del tiempo para enfrentarme munido de nuevas armas a ese monstruo inexplicable. No podría decir si mis logros han sido más numerosos o contundentes que mis fracasos, pero en ciertas páginas, en ciertos párrafos, en ciertas frases, he podido entrever, fugazmente, algo así como la sombra de un fantasma que huye, la huella inefable del tiempo, que sembraba ante mí las semillas encantadas que me hicieron seguir adelante y que sin duda seguirán alentando este inútil combate, como maravillosamente inútiles son todos los combates de la mente humana.

Raro Perro Verde marca el hilo inicial de este recorrido que debiera haberme llevado ante la faz misma del temible Minotauro.

La obsesión con el tiempo me impulsó a emprender la escritura de Raro Perro Verde munido con las primeras armas que me otorgaba mi ingenuo valor: las palabras. Como un Quijote en su primera salida, afronté el campo de batalla de la hoja en blanco pertrechado con la armadura, la lanza y el escudo de las desnudas palabras. Y decidí atacar frontalmente toda referencia al tiempo: adverbios, sustantivos, horas del día o de la noche, gestos y acciones que remitiesen a un momento rastreable temporalmente en la trayectoria del protagonista. La prosa primeramente se estremeció y pareció que tambaleaba, temí que la construcción se derrumbase antes de erguirse; y sin embargo pronto se recuperó y tomó fuerzas de invisibles raíces, haciendo de la mutilación una fuente de energía que agilizó el texto y provocó el primero de los resultados esperados: la sensación del movimiento continuo, ininterrumpido, artesonado únicamente por el abrir y cerrar de ojos del protagonista. El Perro Verde empezó a recorrer las calles de un viejo barrio de ribetes casi mitológicos con la seguridad de quien jamás se detendrá, porque nada humano lo aferraba a lo humano.

Casi embriagado por este primer logro, inconsciente de estar manipulando un material altamente radioactivo del cual yo también estaba forjado, proseguí en la vertiginosa carrera por la calles vetustas y misteriosas que constituían el laberinto y el hogar de este moderno Asterión urbano, el Perro Verde. Sin embargo, yo mismo no vi que una emboscada se preparaba a la vuelta de la página: el recorrido sin fin del protagonista, su incesante peregrinar de un lado a otro, de una persona a otra, para no estar en ningún lugar ni aferrarse a ninguna persona, entró de pronto en el cuello inexplicable de la clepsidra que no había previsto: todo es tiempo en los hechos humanos, y antes o después, valga el pleonasmo, el tiempo cobra la cuenta. Así el protagonista debió pagar este tributo a la existencia, porque existir tiene un precio: el tiempo.

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