Recuerdos de las casas de tolerancia

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A pesar de la ilegalidad actual, en otras épocas, la práctica de la Prostitución ha estado no solo tolerada, sino autorizada y tutelada por la ley. Le presentamos a "Las casas de tolerancia españolas"
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Con un nombre tan sugestivo, alguno puede pensar que los establecimientos catalogados como “casas de tolerancia” podrían tratarse de una especie de ateneo donde todas las ideas y opiniones tuvieran cabida, sin embargo este epíteto hace referencia al nombre que recibían en la legislación española de principios de siglo XX los lupanares, prostíbulos, casas de citas, mancebías, o lugares por el estilo.

A lo largo de la geografía española (en este caso), cada ciudad tenía su calle o zona donde se agrupaban estos establecimientos, circunstancia ésta, que se traslucía, en algunos casos a otras agrupaciones gremiales, ya que al igual que existen muchas calles con nombres de oficios también se daba la existencia, como en Murcia, de una calle de la Mancebía la cual fue rebautizada tras la prohibición como “Cuesta de la Magdalena”, y todos sabemos el oficio evangélico que profesaba María Magdalena.

Por aquellos tiempos la práctica de la prostitución sólo se prohibía en las fiestas religiosas, como jubileos, Semana Santa y la Cuaresma, tiempos en los que las prostitutas eran trasladadas a Casas de Recogida, generalmente tuteladas por religiosas, para que sostuvieran una confesión por sus pecados.

Como la más larga de estas “vacaciones” era la Cuaresma, fue cuando se acuñó el dicho de “andar como puta en Cuaresma”, es decir, sin ingresos y sin nada que hacer.

Es de destacar que en todas las épocas no han sido pocas las voces que se alzaron en contra de dicha permisividad, por ejemplo, hacia 1883 el juez de Barcelona Don Gil Maestre castigaba con severidad y perseguía a cuantas Celestinas caían en su juzgado, actividad que le valió el reconocimiento público, como el que le otorgara la “Federación británica, continental y general para la abolición de la prostitución”, nombrándolo personalidad ilustre.

Lo que si era perseguido por las autoridades, en concreto por los gobernadores civiles que eran los responsables de la gestión de las “casas de tolerancia”, era la presencia de menores en dichos establecimientos. Lo que hoy se conoce como “corrupción de menores” en aquellos tiempos tenía el eufemístico nombre de “jugar a lo prohibido”.

Como digo, las casas de tolerancia eran jurisdicción de los gobernadores, pero el cuerpo de funcionarios encargados de las mismas era el cuerpo de médicos higienesístas, quienes estaban divididos en dos secciones con distintas funciones: Sección Administrativa que cuidaba todo lo relativo a la gestión económica, padrón y policía del ramo y la Sección Facultativa: que se encargaba del régimen sanitario de las mancebías registradas y de las meretrices inscritas (quienes habían de pasar un reconocimiento domiciliario semanal). Esta sección también se ocupaba de dar parte del movimiento en el personal de las casas, es decir, de las altas, bajas y enfermedades.

Y así transcurrió todo hasta la primera prohibición de la prostitución en España, la cual se dio con la II República, que no sólo se limitó a prohibir el ejercicio en el país, sino que se significó en foros internacionales para lograr una prohibición a nivel mundial como en el Comité de protección a mujeres y niños de Ginebra. No obstante, entonces como ahora, la práctica no desapareció con la prohibición, simplemente se hizo clandestina.

El cambio vino por un suceso significativo durante la Guerra Civil. Cuando las tropas sublevadas llegaban a una ciudad, las prostitutas huían de la moralidad represiva que las tropas franquistas promulgaban, como por ejemplo Barcelona que se quedó sin prostitutas durante la ocupación. Ésto hacía que los militares “fueran a saco” con las mujeres, disparándose el número de violaciones, lo que motivó que el gobierno de Franco viera la necesidad de legalizar este “trabajo”.

Para poder dedicarse a esta actividad durante el franquismo, la prostituta legal tenía que ser mayor de 23 años y pasar una revisión médica semanal. Recibían lo que se conocía popularmente como el “carnet de puta”, el cual le servía para hacerse publicidad al poder demostrar que estaba sana. No obstante fueron muchas las mujeres y niñas que se prostituyeron fuera del cauce legal, bien por edad, o bien por no querer figurar en un censo de prostitutas que las marcaría de por vida.

¿Cómo funcionaban estos lugares?

En los barrios residenciales cuando el cliente llegaba en coche, el conserje del local lo tapaba con una lona para alejarlo de los curiosos. Además para dar coartadas a los hombres, los recepcionistas apuntaban en unas pizarras los resultados y todos los detalles de los partidos de fútbol para enterar a sus clientes y darles una mejor coartada al llegar a sus casas.

También se daban junto a estas casas otro tipo de “negocios”, como eran las llamadas “tiendas de Gomas y Lavajes”, donde aparte de comprar condones, los clientes se podían lavar tras el contacto sexual para así disminuir la probabilidad de contagio de enfermedades.

Finalmente en 1956, y debido sobre todo a la presión de la Iglesia la prostitución fue declarada ilegal, se cerraron todas las casas y burdeles conocidos, desapareciendo también algo que se tendría que haber mantenido, el control sanitario. Quizás, la explicación a la persistencia a lo largo del tiempo del oficio más antiguo del mundo sea la que dio un magistrado en la sentencia de un infiel reincidente, y es que “la jodienda no tiene enmienda”, vaya tolerancia si las hay.

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