Amarillo. Una tragedia política más allá del tiempo

Teatro Bs. As. 27/07/2017 Por
Con la impecable puesta en escena de Facundo Ramírez llega al Celcit una nueva adaptación de "Amarillo" la clásica obra de Carlos Somigliana.
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Amarillo -Tragedia política / Facundo Ramírez- El alquimista.

El 9 de Julio día de la Independencia argentina, Facundo Ramírez estrena Amarillo. ¿Casualidad? Toda esta puesta en escena a cargo del talentosísimo Facundo Ramírez, hace que no haga falta haber leído a Amarillo, ni tampoco conocer la historia de Cayo Graco para disfrutarla y entenderla.

Ni bien se ingresa a la sala hay una presencia escénica: tres personajes de espaldas al público sobre un nivel de altura que enseguida sospechamos pueden ser las gradas del Coliseo. Esta disposición no es casual, porque, nada aquí, será un cabo suelto. ¿No es acaso esa parte anatómica de un cuerpo la que representa como imagen (mejor que cualquiera) la indiferencia?

Al iniciar la obra nos encontramos con un personaje doble, Lucio Septimuleio: suerte de asesino a sueldo que reflexiona sobre el pasado y el futuro como si alcanzara a ver en forma simultánea las dos caras de Jano Bifronte (Dios de las puertas, los comienzos y los finales).

De este modo el personaje se transforma en una especie de presentador de cada acto (con frac y sombrero con ala) que conoce y devela poco a poco el desenlace argumental de la obra a los espectadores, trayendo el mundo trágico a una contemporaneidad más emparentada con el teatro de Bertolt Brecht .

“Amarillo es el oro, y el oro es la cloaca donde confluyen todas las ambiciones innobles. Amarillo es la cólera de los cobardes, que chapotean en un océano de bilis. Y finalmente amarillo es la envidia, que es la peor de las personas, porque es el crimen de los mediocres. ¡Huid del amarillo!”
Facundo Ramírez ha ahondado en el revés de la trama, ha desandado cada hilo y ha vuelto a coser reforzando con detalles. Y lo hace como un alquimista. El resultado: una pócima exquisita de sensualidad y potencia. Un trabajo intenso y minucioso del texto es recompensado con un público empático y atento.

Los recursos de la puesta de Ramírez son feroces e insaciables, todos apuntan sin piedad a quienes estamos en las butacas. Hay un látigo: en la imagen y la disposición de los cuerpos; en los detalles de vestuario y escenografía; en el sonido; en la dicción precisa; en el tono a veces irónico, a veces severo.

El vestuario y la caracterización de cada uno de los personajes hacen que rápidamente reconozcamos, con mínimos detalles, una antítesis social. Hay quienes usan guantes y otros llevan sus manos desnudas; algunos necesitarán de anteojos negros para mantenerse a cierto resguardo de la situación que se desencadene; paraguas, elemento del que ningún equilibrista puede prescindir, para lograr mantenerse a metros de altura del rellano: en el poder. El resto quedará totalmente desamparado de objetos y así vulnerable.

Los Patricios lucen con impunidad sus riquezas (además del oro y la tierra): sus cabezas calvas donde anidan el saber como patrimonio indiscutible de su estirpe.

Botas bucaneras acordonadas, tapados largos con estola de piel, medias red, corset y maquillaje terminan de corporizar a estos patricios como los verdaderos domadores de este circo burlesque.

Es aquí que hay un contrapunto sumamente interesante, que el director lejos de pasar por alto enfatiza hasta las últimas posibilidades: lo dramático y lo trágico. La obra arriesga y la obra gana, porque este contrapunto, es la cuerda del circo sobre la que toda la puesta escénica hace sólidamente equilibrio.

Ramírez ofrece un banquete espinoso que solo puede ser digerido si oficia como un buen Chef. El director salpimienta: a veces ridiculizando lo socialmente inaceptable; otras denigrando lo socialmente dignificado. Es así que nos lleva en un rafting de emociones y podemos partir de una risa y terminar en una playa completamente apenados y desiertos para luego volver al kajak seducidos nuevamente por el talento del director.

Se muestra sin ningún tapujo el entramado del poder: sus tácticas de persuasión y soborno. Imágenes de un alto voltaje erótico que por más explícitas y potentes que resulten nunca pierden el sello de Ramírez: el refinamiento.

Los personajes provistos de todo este andamiaje construido por su director viven el espacio escénico con soltura y fluidez.

Toda la obra circula en la arena del circo, sobre una alfombra, y este es otro de los elementos alegóricos: es el Coliseo o quizás el Campo de Marte, pero también es el espacio orbital por donde la lucha de clases ha marchado incansable en la historia de la humanidad, por dónde sin lugar a dudas, fue y sigue siendo difícil huir del amarillo.

La generosidad de Ramírez no se agota en el espacio que ofrece para que cada actor pueda brillar en la suerte de cada personaje, sino también en el gesto que guarda para el final: convoca a todos los asistentes de detrás de escena para que también ellos se llenen de una platea que aplaude de pie.

Amarillo es un Clásico del Teatro Argentino que es imperdonable dejar pasar: por el texto, el tema, su lamentable actualidad y por la invitación a pensar; pero también es imperdible por el vértigo artístico y visceral con el que la obra está dirigida y soberbiamente actuada.

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