La puerta - cuento

Literatura Por
"Una puerta" un nuevo relato que le acercamos para su deleite.
puerta de hierro
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UNA PUERTA

puerta de hierro

“La puerta, apenas cerrada y la cortina…” 
UNA VAGA IDEA, Poemario de la literata Perpétua Flores, brasileña, residente en Argentina.    

    A pasos de la estación del ferrocarril, encontré la calle angosta que me llevaría hasta tu casa. Plena hora de la siesta, tan sagrada en los pueblos. Persianas cerradas, con visillos para los que siempre vigilan. Caminé sobre ardientes adoquines que a esa hora brillaban como si fueran de plata. Unos metros más y vi la puerta, desgastado el color por el siglo, que tenía sobre sus goznes. Un perro enorme dormía profundamente, delante de la puerta entreabierta por donde flameaba una cortina que le espantaba las moscas.

   Escucho una voz lejana y entro con gran respeto al que fuera tu hogar. Sé que está habitado por Chacha y me dirijo a la cocina, en  donde la encuentro con la cabeza apoyada sobre la mesa con el mantel bordado, con olor a viejas comidas. Voy al jardín por la galería con pisos de ladrillo encerado. Es hermosa. Admiro las plantas que me deslumbran con su perfume maravilloso. Está el árbol de chivato con la fronda tan enorme, como un parasol florecido donde se cobijan en macetas, más flores multicolores. Las de siempre, las que me embriagaron, las que se grabaron en la memoria. Regreso a la galería y penetro en un dormitorio donde solía dormir y veo, como si no hubiera pasado ni un día, la gran fuente de agua con nardos y ramas de romero, sobre el piso y el ventilador dormido. Hace muchos años que no regreso en cuerpo y alma al lugar, pero lo hago a diario en el recuerdo. Esperaré a que se despierte Chacha, para preguntarle si ha llegado Elsa, mi comadre, amiga-hermana. Estoy angustiada. Voy a la cocina y no está. Busco por toda la casa y no hay nadie. Esperaré que pase la siesta. Tomo agua de una jarra con un vaso, que está sobre la mesa y permanezco desconcertada.

    Escucho el chirriar de la puerta cancel y pasos lentos que me alcanzan. Nos miramos y ya sé la respuesta. Me saluda y me dice:

—Vengo de llevarles flores.

—¿A quiénes? Pregunto, clavándome más adentro el cuchillo.

—A las señoras. Voy todos los días, ¡Quédese tranquila! Mantengo todo limpito.

—La noto cansada, ¿Quiere reposar en la habitación de siempre?

—Tiene sábanas almidonadas y con perfume. Yo intuía, que usted estaba llegando. La soñaba casi todas las noches. Doña Zelaida Peppo, a la que hoy le lustré los bronces, estaba sentada sobre la lápida con Elsa y Pedro, que se besaban. Mañana, bien tempranito iremos a visitarlos.

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