Mordechai Chaim Rumkowski, un cuerpo, dos personalidades

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La II Guerra Mundial, y particularmente el Holocausto, es una historia de verdugos y víctimas. Unos fueron los malos y otros fueron los buenos, y quien diga lo contrario tiene un grave problema. Pero en algunos casos, como el de Mordechai Chaim Rumkowski, estos dos conceptos se entremezclan.
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Rumkowski era un judío polaco, empresario de escaso éxito y director de un orfanato en la ciudad de Lodź. Nadie especial. Pero con la invasión nazi fue desplazado al nuevo gueto y todo cambió. Fue nombrado presidente del Judenrat, la máxima autoridad judía para todas aquellas personas que terminaron confinadas con él. Era el 1 de octubre de 1939 y tenía ya 62 años.

De repente estaban a su cargo 230.000 personas, siempre bajo el yugo nazi. Era su responsabilidad que esa superpoblada ciudad funcionase: orden, alimentación, limpieza, organización, alojamiento… Y se puso manos a la obra.

Rumkowski el colaboracionista

Rumkowski no empezó mal. Cuando el problema principal del gueto comenzó a ser el hambre, ya que era un pequeño espacio superpoblado sin terreno para el cultivo, acordó con los nazis una solución. Los judíos de Lodź se convertirían en la fuerza de trabajo principal de la industria de la zona a cambio de alimentos. Eso sí, sin poder acordar ni la cantidad ni la frecuencia de su entrega. Era esclavizarse, pero se trataba de sobrevivir.

Entonces, llegó el momento de tomar decisiones difíciles y a Rumkowski tampoco le tembló el pulso. El anciano judío se implicó directamente en la selección de las deportaciones hacia el campo de exterminio de Chelmno, eligiendo personalmente quién se quedaba para vivir y quién se iba para morir. Cierto es que en 1941 intentó una rebaja en las cifras que le pedían, pero no lo logró y en cinco meses perdió a 55.000 «vecinos».

Rumkowski y Hans Biebow, jefe de la administración nazi alemana del gueto de Łódź || Fuente: wikiwand.com

Al año siguiente, los nazis le dijeron que prepararan a todos los niños y ancianos para deportarlos. La respuesta de Rumkowski fue de nuevo la colaboración. Y, con gran violencia por parte de su policía judía –tuvieron que arrancar a los pequeños de los brazos de sus madres–, no sin antes intentar convencerlas con su ya célebre discurso «Entregadme a vuestros hijos».

Y así actuó hasta que él mismo fue deportado. Para muchos, como el hombre que hizo lo que nadie quería hacer para intentar salvar el máximo de vidas posibles. Para otros, un colaboracionista sin escrúpulos que solo buscaba salvar su vida y la de los suyos.

Un déspota entre miserias

Lo que está fuera de toda controversia es el despotismo y el carácter dictatorial con el que gobernó el gueto de Lodź durante todo este tiempo, creciendo su autoengrandecimiento a cotas de rey absolutista.

Rumkowski tenía cierto poder sobre la vida y la muerte, y eso le debió hacer perder la cabeza. Así, se hacía pasear en una cochambrosa carroza por sus calles, rodeado de su propia «guardia real», siendo conocido como «el Rey Chaim I». También acuño su propia moneda, el rumkie (diminutivo de su nombre), al igual que sellos de correos con su rostro como tema principal. Además, les quitó a los rabinos el poder de celebrar matrimonios, atribuyéndoselo a sí mismo, con la excusa de que estos no podían dejar de trabajar en las fábricas para dirigir la ceremonia.

Sello postal del gueto de Lodź con la cara de Rumkowski || Fuente: holocaustresearchproject.org

Un puño de hierro con el que los nazis se sentían muy cómodos, un azote para protestas y rebeliones. Pero la peor acusación de todas, dentro de su megalomanía, es la de haber perpetrado numerosas violaciones de jóvenes judías del gueto, muchas de ellas menores de edad. Las trataba como a las concubinas del emperador.

Es ahí donde habría traspasado de un salto la línea entre víctima y verdugo en la que hacía equilibrios. El Rumkowski colaboracionista y corrupto frente al que se enfrentaba a los nazis para bajar las cuotas de deportados. El megalómano, dictador y violador frente al deportado y finalmente asesinado en 1944 en Auschwitz.

Una muerte, según algunos testimonios, que habría llegado de la mano de los sonderkommando judíos como venganza por sus acciones en el gueto de Lodź. Una especie de justicia poética.

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