Buenos Álvarez

La marca registrada que impuso Mario Roberto Álvarez con su estilo de diseño arquitectónico hace que en los puntos más relevantes de la ciudad de Buenos Aires se encuentre su impronta personal.
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Si empiezo diciendo sólo el primer nombre y el apellido: Mario Álvarez, quizás pase desapercibido entre miles y miles de personas que habrá con la misma combinación, pero si agrego el título académico y el segundo nombre y digo: Arquitecto Mario Roberto Álvarez las fichas caerán por peso propio y automáticamente se reconocerá a la persona en cuestión.

La marca personal que dejó este arquitecto nacido en Buenos Aires en el año 1913 refleja fielmente su intención incosciente de convertirse en en uno de los más grandes exponentes del movimiento moderno dentro de la arquitectura local. Álvarez, fiel exponente del racionalismo impuso promediando las décadas del siglo xx un estilo propio que marcaría tendencia por siempre en la ciudad.

Son muchas las obras realizadas por su estudio, sobretodo en lo referido a edificios de oficinas, entre muchos rubros que abarcan desde aeropuertos, viviendas, fabricas, o bancos, pero entre las principales podemos mencionar: el edificio del Teatro Gral. San Martín, la torre SOMISA, (que fue el primer edificio en el país construido integramente con estructura de acero), la lujosa torre Leparc, el edificio IBM, el edificio Fortabat, por mencionar sólo 5 de lás más íconicas obras que dejó en pie, marcando un nuevo perfil ciudadano que renovó la ciudad.

El cuidado por la estética racionalista de Álvarez lo convierte en uno de los exponentes más fidedignos de esa tendencia que tomó auge a mediados del siglo XX y que en su caso llegó a la cumbre de la popularidad, luego de haber rediseñado el complejo teatral Gral. San Martín en el año 1954.

Así como prfundizó e influyó en la arquitectura moderna en nuestro país, podemos adjudicarle también la innovación desde lo tecnológico, ya que fue el primero en diseñar un “edificio inteligente”. La torre IBM situada en Catalinas Norte, fue en la década del ochenta una revolución no sólo por su estética futurista (para la época) sino también un adelanto desde la utilización de automatización al servicio de la arquitectura. “La arquitectura, tan claramente como en la medicina, debe permitirse evolucionar en el tiempo”, dijo alguna vez destacando su imperiosa idea de actualizarse e innovar permanentemente.

Este genio de la arquitectura moderna que tuvo como principios la permanente actualización de su formación, el tezón por su profesión, el amor por la ciudad que pretendía que creciese sin extenderse descontroladamente para vivir y disfrutarla, marcó una tendencia inolvidable y dejó su impronta en muchos barrios porteños que bien podría tener como recompensa renombrar a su ciudad natal como “Buenos Álvarez.”

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