El Bs. As. del SXX y su cultura en torno a los cafés

Humanidades Por
Es bien conocido que en Bs. As. la charla de café siempre soluciona la problemática del mundo, pero a mediados del siglo pasado, los grupos de intelectuales se reunían para planificar, construir y realizar la cultura en dialécticas y publicaciones.
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Extraído del libro Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50” de Ernesto Goldar el siguiente texto refleja y describe con precisión de bisturí como era la vida intelectual en el Buenos Aires de mediados del Siglo XX cuando los grupos intelectuales y antagónicos en pensamiento se reunían en diferentes lugares de la ciudad que luego serían tradicionales algunos y desaparecidos otros.

"La vida intelectual está en la calle Viamonte, del trescientos al cuatrocientos. Allí se ubican en cafés, redacciones, librerías y edificios públicos, los centros culturales neurálgicos: la Facultad de Filosofía y Letras, la revista Sur, Contorno, los existencialistas. Juan José Sebreli, un viandante nostálgico de esos años, recuerda que: “La calle Viamonte, era un recodo, más local, más íntimo, más cerrado, un lugar donde todo el Buenos Aires intelectual o bohemio –desde Victoria Ocampo al último de los existencialistas- podía encontrarse, un verdadero ghetto, tal vez el único que conoció Buenos Aires. Hay que evitar –señala- la idealización o las analogías alusivas: la calle Viamonte no fue nunca el Quartier Latin o el Montparnase parisienses, ni el Bloombury londinense ni el Village neoyorquino: en esos auténticos barrios bohemios, los intelectuales y artistas tenían sus casas y constituían por ello una verdadera vida comunitaria. En la calle Viamonte y sus alrededores nadie vivía, y cuando caía la noche todos se dispersaban por barrios lejanos. Tal vez por eso fue tan fácil desmantelar la calle Viamonte con un decreto trasladando la Facultad y con varias razzias”.

La librería de moda es Verbum. Su dueño es Vázquez, un empleado de Filosofía y Letras que los peronistas echan de su cargo. El ha creado Verbum, decorando el local amplio y antiguo con fotos dedicadas a todos los escritores del elenco estable. Ahí van Victoria Ocampo y Mallea a bucear novedades, Girri y Borges a conversar. Vázquez se distingue por recibir a los popes, y al mismo tiempo junta una fortuna monopolizando la venta de apuntes para la Facultad. Al caer Perón en 1955, el librero Vázquez consideró llegado el momento de la reparación. La universidad intervenida por José Luis Romero e Ismael Viñas lo reincorpora y asciende, progreso que lo sosiega, ya que a los pocos meses se acoge a la jubilación. Verbum tiene su ideología, es una librería donde predominan materiales nacionales, no del nacional-populismo tipo Contorno sino de un nacionalismo aristocrático, paquete, rosista a secas. Oponiéndose, en la vereda de los pares, está Letras. Totalmente distinta. La decoración es moderna, el contenido bibliográfico sofisticado, surrealista, y en vez de un ex empleado la atiende María Rosa, gordísima, sentada en silencio junto a la amiga de turno. Llegando a Florida, el viejo Gatignon, del antiguo personal de la librería Kraft, cuando tenía sección francesa, ha puesta Galatea, absolutamente parisiense. Gatignon, que anduvo con los surrealistas, por Europa, es un librero culto, inquieto, y de los que no volverán. A los libros franceses los vende más baratos que en París. Recibe puntualmente Les Temps Modernes, que los existencialistas nativos adquieren con reverencia.

En el Jockey Club, según hemos visto, paran los iniciados; en el Florida la bohemia existencial. Al Chambery, de San Martín y Córdoba, que surge luego de fundarse el teatro Los Independientes (actual Payró) por Onofre Lovero, van actores y público de teatro. Tanto al Florida como al Chambery concurren estudiantes de Filosofía y letras, cuando todavía el Cotto, de Viamonte entre Florida y Maipú, no se había convertido en el café de gran moda de los años cincuenta. Las primeras incursiones al Cotto son responsabilidad de los actores del Instituto de Arte Dramático que dirige Marcelo Lavalle. Después requisan mesas los pintores que frecuentaban el Chambery, alejados por dos o tres peleas serias con Juan, un mozo irascible que reclama modales a los iracundos cuando no consumen nada. Pero la oleada que toma por asalto al Cotto, lo posesiona y mistifica, es la infantería pensativa e indolente de los estudiantes de la Facultad. Si en los primeros cincuenta, el bar Florida –boisserie, mantel a rayas y sin reservado, ya que ahí todo debe hacerse a la vista- es el centro de la náusea existencialista, en los últimos cincuenta el Cotto emblematiza a los estudiantes que leen a Henry Miller y a Kerouac, contestatarios, indomesticables, como los beatniks, a los que imitan. Es tan grande la cantidad de gente que se reúne en el Cotto al finalizar las clases vespertinas –a eso de las siete de la tarde- que algunos sofisticados optan por trasladarse, ante la imposibilidad de oírse entre los gritos y el humo, a un bar chiquito, el Beau Geste, que se ubica enfrente. El auge del Cotto se derrumba cuando la Facultad, en los años ’60, se muda a la calle Independencia. Este traslado arrastra consigo todo el submundo intelectual de Viamonte, donde quedarán, sobreviviendo al éxodo de las librerías, que van cerrando paulatinamente por soledad, como Verbum, o pervivirán, como Letras, mediante la fidelidad de los viejos clientes. Captado enseguida por la moda hippie aparece el Moderno, en Paraguay y Maipú, desde más o menos 1959. Seguramente es habitado, en principio, por existencialistas tardíos y beatniks, pero su razón de ser serían los jóvenes hippies de la década del sesenta, nada afectos a la literatura o a la política, más amigos de pinturas y artesanías.

Ecológicamente distanciado de Viamonte, el otro grupo intelectual importante de esos momentos, es el comunista. Sobrios, exentos de extravagancias y de humor, no dan la pelea en el terreno de sus contradictores ideológicos, los “decadentes sartreanos” y los “pro-peronistas de Contorno. ”Gaceta Literaria, orientada por Pedro Orgambide y más tarde Plática, acampan en cafés de la calle Corrientes, donde desde 1955 bullen estudiantes politizados. En El Foro domina a partir de 1956 la coalición de frondizistas y comunistas que encabezan los estudiantes de derecho; La Comedia, de Paraná y Corrientes, alberga plásticos, actores, estudiantes de filosofía y letras y la “izquierda independiente”; La Paz es en esos años una confitería donde pueden ir intelectuales de edad madura, poco incursionada por los jóvenes; El Politeama, en la esquina de corrientes y Paraná es frecuentada por actores y estudiantes de arte dramático, mientras que El Colombiano, entre Paraná y Uruguay, recibe a un público anodino, esencialmente diferente del fervor hippie de los sesenta. Al Ramos, en la esquina de Montevideo, no se va, pues se lo califica de bodegón.
Los cafés típicos tienen sus personajes típicos. Son habitués insobornables, como Oscar Massota, el futuro semiólogo, que se jacta de haber pasado semanas enteras en una mesa del Cotto, donde lo rodean decenas de estudiantes. Massota es un tipo de éxito con las mujeres. Otro que encandila a los muchachitos de ojos soñadores es Sergio Mulet, bellísimo, que al poco tiempo hace una película. Conviene aclarar que la boheme del Cotto es una bohemia diurna, de horario oficinesco, que no trasnocha, ya que a las diez de la noche los inspirados se van a su casa a dormir. Uno de los personajes más famosos es Alberto Greco, un hippie avant la leerte. Greco pasa jornadas sin comer, y cuando está a punto de desmayarse es socorrido por los mozos del Jockey, que le regalan los sándwiches del día anterior. Tiene 25 años, y todo lo que ha intentado hacer terminó coronado por el fracaso. Viste como un pordiosero y es sucio, en una época donde la mugre todavía no se ha puesto de moda. Su acometida en la poesía se ve limitada por su falta de inspiración. Después de romper en el Cotto cien servilletas de papel, barrunta un poemita de alguna coherencia. Muy conforme con la obra, decide publicar. Hay obvias inconveniencias técnicas que lo decepcionan un poco, pero llevado por su empeño, inventa el libro hecho a mano de un solo poema, paciente artesanía que elabora caligrafiando cada estrofa en una página y un rápido dibujito en otra. El escaso éxito de la obra es de esperar, pero Greco no se arredra, y arremete enseguida contra la pintura. Nueva decepción; se pasa semanas sin poder combinar un color. Ya en franco desaliento, la suerte deja caer en sus manos la Historia del Surrealismo de Marcel Duchamp, el inventor de los happenings de París, por los años 40. Esta ocurrencia expresiva es lo que andaba buscando. Para hacer happening es necesario “crear una situación”, sólo un poquito de talento precisa Greco para hacerse célebre.

Sus primeras experiencias datan de 1959: el happening que conmueve a los poco acostumbrados a las travesuras del arte, es el de Plaza San Martín, donde después de conseguir que un ciruja hambriento se siente en el suelo, le hace un círculo de tiza y firma: Alberto Greco. Luego de este espectáculo insólito, comienza a considerárselo “un genio moderno tapado por la hojarasca del imperialismo”. Se le abren salones y realiza muestras desopilantes, secundado a veces por su troupe de mendigos. En los años sesenta repite sus hazañas por Europa, donde gana mucha plata. Termina suicidándose en Barcelona. Antes de quitarse la vida ha escrito la palabra “fin”, con tinta roja, en el dorso de la mano. Así se despedía Alberto Greco, el habitué del Cotto.

Otro centro cultural importante es el Instituto de Arte Moderno, que tiene sección pintura en Charcas y Florida y la de teatro en Florida al 600. El director y fundador es Marcelo de Ridder, un millonario con aspiraciones intelectuales. La parte de teatro la confía a Marcelo Lavalle, que hace cosas realmente audaces para la época, y lo hace bien, aglutinando entre actores y público un núcleo de gente estable y selecta. El Instituto exhibe las primeras muestras de arte abstracto, que tienen repercusión masiva, y organiza conciertos de jazz y de música moderna. El Instituto de Arte Moderno es, en los años cincuenta, lo que será el Di Tella en los sesenta.

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Un lugar de inmediato calificado como de “reducto existencialista” es Chez Tatave, por la calle Tres Sargentos. El piso del local es una calle empedrada –todos suponen que se trata de París- con una alcantarilla real. La pared del fondo exhibe la entrada de un café. Las mesas son barriles con listones y de la luz se encargan velas montadas en botellas. Un pianito cierra la ambientación. El dueño no puede ser otra cosa que francés. El menú es estrictísimo: cebolla y/o salame con pan y vino tinto. Se dice que a las dos de la mañana cuando se apagan las velas “ahí se arma”. El personaje central del restaurante es una rusa, propietaria del Volga, de San Telmo. La mujer es muy gorda, miope, con unos lentes grandes como peceras y brazos robustos totalmente cubiertos de pulseras de oro. Acostumbra a invitar a bajar a los muchachitos por una escalera caracol que va al subsuelo de Chez Tatave, conocido como “la alcantarilla”. Se rodea de ellos en torno a un piano de cola, y los hace entrar en relación con los visitantes".

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