Las mil caras de Fellini

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El circo, la infancia y los sueños fueron la materia prima del cine de un director que huyó de los estereotipos y convirtió la fantasía en una forma de vida
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Dice la leyenda que Federico Fellini nació en 1920 en un vagón de primera clase en el trayecto entre Viserba y Riccione. Así lo recogía un recorte de periódico que el padre de Giulietta Masina, su esposa, guardaba en un álbum. El propio Fellini alimentaba el equívoco aunque sabía que él había nacido en una noche lluviosa en la casa familiar de Viale Dardanelli en Rímini, situada detrás del Gran Hotel que inspiraría algunas escenas de «Amarcord».

La ficción y la realidad se mezclan en la biografía y la obra cinematográfica de un Fellini alérgico a la planificación de una película y a los rígidos mandatos de un guión que él cambiaba de forma caprichosa e intuitiva. «Hacer cine es como ir sin rumbo por un río a la deriva», dijo en una ocasión.

"Me reprochan no contar siempre la misma historia. Esto sucede porque me invento desde el principio toda la historia ya que encuentro que repetirme es aburrido, una falta de respeto para los demás", escribe.

Fellini es un director que se sale de todas las convenciones porque carece de reglas. Sus únicas pautas son la fantasía y la improvisación, como se puede constatar en el rodaje de «Roma», uno de sus filmes más emblemáticos, en el que va desplazando la cámara por la ciudad sin un plan establecido. Fellini tuvo que dejar de rodar por falta de fondos, aunque finalmente pudo acabar su trabajo gracias al crédito de un banco.

Resulta imposible clasificar la obra del niño de Rímini que se ganaba la vida como dibujante e ilustrador, porque es imposible encasillarle en un género. Ello explica el rechazo de los críticos a sus primeras películas –y especialmente a "El jeque blanco"– en una época en la que el neorrealismo de Rossellini, De Sica y Visconti dominaba el cine italiano.

Cuenta Fellini –que había sido ayudante de Rossellini en «Roma, ciudad abierta»– que estaba muy nervioso el día del comienzo del rodaje de «El jeque blanco» en medio de una barca en una laguna cercana a Ostia. Todos le estaban esperando con expectación, pero llegó tarde porque tuvo un accidente con su Fiat. «Nada más subirme a la nave desaparecieron los nervios y empecé a dar órdenes como si llevara toda la vida haciendo el trabajo», apuntó.

Fellini era un director en movimiento, que odiaba las situaciones estáticas y dejaba desplazarse a la cámara, sin preocuparse por la perfección de los encuadres, porque creía que el cine se asemejaba a la vida. Amaba los barrios en demolición, los paisajes desolados, las fábricas abandonadas. "Todo lo hago como si siempre estuviera al borde de la catástrofe", escribe en sus reflexiones autobiográficas.

No le gustaban las historias convencionales con principio, desarrollo y final sino que le complacían las situaciones abiertas, fluctuantes, porque Fellini no quería contar, como Antonioni o el propio Rossellini, sino mostrar. Así lo expresa cuando habla de «La ciudad de las mujeres» y señala que deseaba hacer una película que expresara la parte oscura que llevaba en su interior. "Toda tentativa de explicar esta obra, de privarla de su lado enigmático, está condenada al fracaso", sentenció.

Fellini creía que el cine se asemejaba a la vida. Amaba los barrios en demolición, los paisajes desolados, las fábricas abandondas
El autor de «La strada» estaba fascinado por el circo, los payasos, los burdeles, los cafés y se sentía incómodo con la aristocracia y los empresarios que financiaban sus ideas. En este sentido, no perdía ocasión de subrayar la influencia que había ejercido sobre su estética Toulouse-Lautrec, cuyos tipos raros y malditos le fascinaban. Él mismo solía vestir como Aristide Bruant, el cantante y actor de los cabarets de Montmartre, retratado con capa negra y bufanda roja por el pintor.

"Me habría gustado mucho ser director de un gran circo porque el cine se parece al circo, que es una mezcla de técnica, precisión e improvisación", comentaba. Esa fascinación la pudo materializar en «Los clowns», una película que parece un documental pero que no lo es porque, de forma excepcional, Fellini trabajó cuidadosamente en el guion y la puesta en escena.

Fellini era consciente de que los potentes símbolos que creaba su imaginación se escapaban a su control y adquirían vida propia. Esto es lo que le sucedió en «La dolce vita», cuando convirtió Via Veneto en un icono de la Roma nocturna pese a que era una calle que detestaba y odiaba pisar. Tal vez porque en su juventud había vendido caricaturas es ese lugar para sobrevivir.

Siempre caótico

El gran cineasta de Rímini despreciaba a los intelectuales y a los críticos y se jactaba de no leer libros, ya que su gran pasión seguía siendo los dibujos y las ilustraciones. No sólo no le gustaba escribir los guiones, tarea que dejaba a su amigo Pinelli, sino que dibujaba las principales escenas antes de rodarlas.

Cuando no tenía trabajo, Fellini se subía a un automóvil con un amigo y se pasaba la jornada recorriendo las calles de Roma y parando en una «trattoria »para almorzar. Cuando estaba haciendo una película, le encantaba estar rodeado de gente e improvisar órdenes que luego contradecía porque nada que no fuera caótico podía resultar creativo.

Fellini era desmedido, altivo e incluso soberbio, pero también era sensible, tímido y generoso. Disfrutaba de la amistad y se decía que era un adicto al teléfono, lo cual le molestaba mucho. Tiraba los libros y las publicaciones que llegaban a sus manos y, pese a su gusto por el movimiento, odiaba salir de Roma, la ciudad de la que se enamoró desde su juventud.

Lo mejor que se puede decir de sus películas es que no han envejecido. Ahí quedan «Las noches de Cabiria», «Ocho y medio», «La dolce vita», «Roma» o «Amarcord», cuya magia nos conmueve y nos devuelve a ese mundo perdido de la infancia y de los sueños que evocan sus imágenes.

Fuente: fellini it

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