Un hombre que va a morir

Literatura Por
Un relato, un cuento, una narración que nos sorprende.
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Un hombre se ha sabido desdichado. Camina con aplomo por calles como heridas. Camina despacio y con fatiga; en su cara se adivina el dolor. Pero una certeza lo distrae; sabe que va a morir, y un dulce alivio lo invade. Entra en un almacén y compra una botella de ginebra. Luego camina hacia el Sur. Durante algunas cuadras piensa en el universo. Sabe como nadie que su deceso poco importa y el olvido ya se entrevé como una forma de esperanza. Recorre con su mano derecha la silueta de un revólver que aguarda ansiosa en uno de sus bolsillos. Repite un hexámetro que tanto ha frecuentado y piensa que la perfección no siempre es imposible. Piensa en dos tomos de una enciclopedia que se gastan en su biblioteca, y luego, en esa otra biblioteca que perteneció a su padre. Durante largas cuadras recorre la historia, la geografía, las vastas doctrinas que visitaron su juventud; evoca la precisa topografía de las ciudades que conocieron sus años mejores, acaso el recuerdo del torso desnudo en un río de aguas verdosas; repite ilustres nombres, vanidosas sentencias; conmemora la Tarde de la Cruz y al Hijo buscando al Padre, el ágape de los hérulos y ostrogodos y la sangre de casi tres mil hombres, los ejércitos otomanos entrando en Bizancio; descansa en el mundo inmaculado de los arquetipos platónicos -del cual el nuestro es un pálido reflejo-, en el orbe perfecto del número pitagórico; proyecta las clases transfinitas y los números imaginarios que vuelven los sueños más reales. Intenta reconstruir el mundo, pero lo juzga imperfecto; por sus grietas se asoma la tristeza que lo ha llevado al desastre y que es imposible ignorar. Durante cuadras aún más largas sólo puede detenerse a contemplar la arquitectura de esas grietas y un nombre de mujer que quisiera olvidar.

La tarde declina. Un reflejo anaranjado se demora en un cartel rectangular y descuidado que anuncia el desenlace fatal. “Y muera como un tigre el sol eterno”, invoca, solemne, un verso que no le pertenece; quizá por modestia, quizá para entrar ya en el olvido. Está triste y tiene miedo, pero se impone la valentía casi como un deber; acaso recuerde a Sócrates y la tarde de la cicuta, el último temblor que apenas sacude el lecho.

Entra en un hotel y pide una habitación. Lo largos pasillos lo conducen hacia una puerta que ostenta el número cuarenta y ocho. El cuarto parece más estrecho y tiene algo de desolador. Una ventana de dos hojas da a un jardín con una fuente que ya recibe las primeras sombras de la noche, y cuyas aguas verdinegras le recuerdan las aguas purificadoras del Ganges. Se sienta frente a un espejo, cuyo afán de repetición lo inquieta una vez más. Saca el arma que anhelaba su mano derecha, mientras se acomoda la corbata y se ordena el pelo. Bebe un largo trago de ginebra y eso le recuerda a ese otro hombre que se mató en una isla del Tigre en el año treinta y ocho, tal vez por las mismas razones que lo llevaron a ese descanso, en aquel lugar que más tarde fue bautizado Adrogué, y que antes fue Almirante Brown, atrapado en un trazado de calles diagonales que remedan un laberinto. Sabe que al igual que aquél, ha dejado líneas aceptables, y le acude la inoportuna idea de mejores logros. De su otro bolsillo saca una navaja, cuya hoja probablemente haya sido forjada en acero de Suecia o Inglaterra y que lleva una inscripción latina como un epitafio que rememora a Virgilio: Ibant obscuri sola sub nocte per umbram, y que bien podría dar testimonio de esa tarde atroz.

El suceso final es ya conocido. El desenlace ocurrió de acuerdo a lo previsto desde siempre. Pensó que la idea era superior a la acción. Terminó por desistir de toda maniobra. La idea de la muerte era más real que las vicisitudes que pudiera sufrir la mortificación de la carne. En el mundo de los arquetipos platónicos su muerte ya se había consumado; sólo le quedaba aguardar que en el mundo sensible de los días, que habitaba ese cuerpo de treinta y tantos años, se realizara esa perfección luctuosa.

Jorge Luis Borges volvió a mirarse en el espejo y un inconfesable horror le devolvió a su vida mundana. Abandonó el hotel La Delicia. Se alejó de aquel lugar, entrada ya la noche, en aquel barrio del Sur, desandando sus pasos en esa arquitectura de calles diagonales y repitiendo para sí un frecuentado hexámetro.

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