“Siempre me gustó el café”

Relato que da nombre al libro homónimo de cuentos editado en 2010 por wgt ediciones.
Siempre me gusto el cafe
Siempre me gusto el cafe

Para el desayuno, para la merienda, como cierre de alguna comida, como excusa para una reunión de negocios, como estrategia de comunicación..., el café es siempre especial. Tiene algo mágico, místico y el hecho de invitar a tomarlo, encierra un sinfín de significaciones.

Hace casi diez minutos que estoy sentado en un bar. Busco al mozo con la mirada para efectuar la típica seña que hacemos todos al pedir un café. Lo veo a través del vidrio, levanto la mano y formo una letra “c” con el dedo gordo y el índice. Al verme, se acerca a preguntar qué deseaba, como si hubiese esperado la señal para atenderme. Le contesto tajantemente. “Un café chico”, sin mayor atención dice: “Okey” y se va.

Pasan varios minutos hasta que lo trae. Deja el contenedor de azúcar y edulcorante, un vaso con agua y finalmente el café cubierto con una espuma amarillenta, que no permite saber si se trata de un cortado o de un café puro.

Mientras el mozo vuelve al interior del local, le doy un primer sorbo, y entre tanto, espero ansioso la hora decisiva del encuentro con Griselda.

A ella, como a mí, también le gusta mucho el café. Siempre toma. Excepto cuando las cosas en su cabeza no están bien, en ese caso pide agua sin gas. Como cuando la conocí, que mientras yo pedía un café tras otro, ella no dejaba de tomar agua porque había cortado una relación de años el día anterior y sus ideas no terminaban de ordenarse.

No sé si tengo ganas de encarar esta charla. Será dura, inflexible, ríspida. Ni siquiera con el café humeante de por medio podrá suavizarse. ¿Cuántas tazas llegaré a tomar? ¿Tres, cuatro quizás? Dependerá de cuan tensa se ponga la conversación. Tal vez se termine pronto y no tenga que tomar más de una. ¿Cómo tomará Griselda mi decisión de terminar con ella? ¿Se enojará y me insultará? ¿O sólo aceptará la idea y punto? ¿Quién puede saberlo? Era previsible este final, hace mucho que no estamos bien y desde hace ya, cuatro meses que no hacemos el amor. Nuestras charlas rondan siempre en lo mismo: el hijo que no quiero tener.

Miré el café, ya no salía humo, me doy cuenta de que se había enfriado mucho. No quiero que eso ocurra. Siempre que comienza a entibiarse, mis últimos dos sorbos son más grandes que lo habitual para que se acabe de golpe sin dejar nada en la taza. Seguiré esperando a Griselda, mientras ansío otro café. Me prometió que vendría puntualmente, pero me adelanté para disfrutar a solas la infusión al tiempo que pienso la estrategia para encarar la charla que nunca imaginé tener con ella.

Este último tiempo se había puesto muy insistente con la idea de tener un hijo y desde que nos formamos como pareja habíamos pactado que las dos condiciones inquebrantables eran: la fidelidad irrompible y la de no tener hijos en los primeros años de relación.

Soy muy estructurado y respetuoso de las normas y de los códigos edificados con una base honesta. Nunca le fui infiel, ni ella a mí. Y sigo con la idea de no tener hijos hasta que cumpla los treinta. Quiero obtener mi título profesional y después pensar en establecerme, sin el condicionamiento y la obligación de ser padre. Ella cambió. Su aproximación a los cuarenta la atemorizó, la ablandó, la sensibilizó. Dice que se le viene la vida encima. Que después será tarde y que ya no podrá engendrar, o que si lo hace muy tardíamente el bebé podría salir con alguna deficiencia genética.

Se acerca la hora de su arribo y el acortamiento de los tiempos me provoca taquicardia. Debo calmarme. Pediré otro café para que su compañía estimule la firmeza de mi decisión. Con Griselda siempre nos reuníamos en bares distintos. No nos gustaba hacernos habitúes de un lugar, sino que queríamos comparar la calidad en la preparación de las infusiones de cada lugar. Este bar lo había elegido ella. Yo no sabía por qué. Parecía lindo pero nada extraordinario. El café del lugar es bueno. Tiene buen color, aroma y está preparado con la molienda justa. Se disfrutaría más si el mozo fuese más simpático, ya que el folklore de disfrutar un café en un bar, no sólo pasa por el líquido en sí mismo, sino también por el marco contextual en donde se consume. La estética del lugar, los aromas reinantes, el murmullo, y hasta la calidad del pocillo, hacen del negro elemento, un trago que despierta todo tipo de sensaciones más allá del gusto. Se toma con la vista, con el olfato, con la audición.

No creo que ella se merezca el sufrimiento que le generaré. Pero a la luz de los acontecimientos, no podemos seguir así. No estoy preparado para ser padre y este tema nos trajo roces y disputas que no se solucionarán si ninguno de los dos cede. En posiciones tan enfrentadas, la solución pasa: o porque una de las partes capitule, o que dé un paso al costado y se aleje. Y esto es lo que haré.

Es un buen argumento para exponérselo. Supongo que entenderá mi postura. No estoy trabándole el camino, simplemente se lo dejo libre para que encuentre otro hombre que tenga los mismos objetivos…, y antes que la situación se torne insostenible y quebrante las condiciones de fidelidad, prefiero esta salida.

El bocinazo de un taxi me despierta y me trae a la realidad del bar. Se acerca el mozo y me deja el pocillo, otro vaso de agua y un pequeño plato con dos masitas secas, que antes no había traído. Rompí un sobrecito de edulcorante y observaba como el polvo iba desapareciendo poco a poco en la espesura de la espuma, como si una diminuta embarcación fuese tragada por un remolino en el ojo de la tormenta.

Faltan sólo unos minutos para que llegue mi futura ex pareja. Si supiera con exactitud que arribará a tiempo, me adelantaría a pedirle un café cortado como a ella le gusta, para suavizar el momento posterior cuando tenga que decirle que la dejo. Sé que en ese momento pedirá agua. Dejará el café y comenzará a beber hasta que se acabe. No quiero enfrentar ese momento. ¿Y si se niega a entender? ¿Y si me ruega que no la deje? ¿Qué haré? No soy capaz de verla llorar. La quiero demasiado como para que la frase que nadie quiere escuchar: “¡No va a funcionar!” surja de mis labios, tal como si nada hubiese ocurrido entre nosotros.

Puedo verla en la esquina, a través de los colectivos que están pasando, espera el cambio de semáforo para poder cruzar la avenida. Siento una rara sensación de que no es la misma, de que hay algo en ella que desconozco..., ¿será que al negar su figura me resisto a decidir sobre mi futuro que es el de ella también...? No lo sé... es posible.

El tráfico es muy intenso en este lugar del centro de la ciudad, por momentos el ruido es ensordecedor al punto que grito: ¡Mozo! sin que nadie me escuche. Vuelvo a vociferar, llamándolo para adelantarme al pedido de Griselda. Esta vez me vio y se aproxima. Le pido otro café y uno “cortado” para la persona que espero.

Ya cruzó, se aproxima por la misma vereda en la que me encuentro. Camina raro, no parece la de siempre. Su cara indica que sabe. Si…, se lo debe haber imaginado cuando combinamos en venir a este bar. Me saluda. Su voz en ese momento no es la de siempre. Es el tono de alguien que sabe que va a sufrir una ruptura, que siente una angustia o resignación porque no podrá modificar el final del relato.

Quedan unos segundos para que de mi boca salgan las palabras que modificarán el curso de dos vidas, o de tres si se piensa en el hijo que no quiero tener. No estoy totalmente convencido porque no creo que ella se lo merezca. La sigo queriendo. Me siento ruin y miserable, pero prefiero esto a sentirme traicionero. No quiero romper los códigos de convivencia, la infidelidad es uno de ellos y no podría con mi alma si hubiese caído en la red amorosa de otra mujer engañando a Griselda. Antes que la traición, elijo la sinceridad, por cruel que ésta sea.

Nos besamos fríamente con un toque de labios y ni bien apoyó los codos en la mesa, se acercó el mozo con el pedido que yo le había hecho. Griselda me miró y sin dejar que apoyará su café, dijo: “Yo prefiero un agua sin gas…, natural.” Inmediatamente supe que estaba al tanto de lo que ocurriría minutos después…

Para mi sorpresa dijo seriamente: “Tengo que decirte algo muy importante.” —Te escucho. — dije con estupor y sin entender como la que hablaba era ella y el nervioso oyente era yo. “Vine a este lugar porque es especial para mí. Hace cuatro meses, aquí, conocí a otro hombre, del cual estoy muy enamorada y quiero terminar nuestra relación porque estoy embarazada de él.”

Como si el mundo se desmoronara a mí alrededor quedé sin reacción racional. Ni siquiera recuerdo cuando el mozo trajo el último café. Todo el entorno se borró. Nada quedaba junto a mí. Sólo estaban en mi mente las últimas palabras de Griselda. Pasaron más de dos horas luego de que ella se fuera y mi mente no estaba clara. Debía recuperar el líquido perdido. Recién después de consumir tres botellas de agua entendí que ésta, ayuda a soportar mejor las malas noticias porque no permite la deshidratación emocional, es como si refrescara el alma, no es como el café, que entibia sensaciones. Por eso ahora puedo explicar porque luego de tomar cientos de cafés y aunque siempre me haya gustado, ya no pude volver a probarlo.

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