Brevísima historia del vino

Tanto el sabor como su historia es embriagadora, sepa como nació el vino.
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De la historia mítica del vino puede comenzar a decirse que comienza una tarde calurosa en un florido pasaje del Olimpo cuando el poderoso
Zeus, disfrutaba de los encantos de la hermosa Sémele, hija de Cadmo, rey de Tebas y de Herminione, hija de Marte y Venus.

El rey de los cielos, el poderoso Zeus estaba enamorado y buscaba en todo momento la oportunidad para encontrarse con su amada Sémele. Esa tarde no era la excepción y para demostrarle sus sentimientos le juró amor eterno en un paraje del río Estigia, realizando con sus aguas una mágica ceremonia y escribiendo en la arena una declaración que decía que a partir de ese momento no existitría ninguna otra mujer más importante para él.
Esta declaración la vería la esposa de Zeus, la poderosa Hera, quien no dudó en que debería intervenir para evitar el amor de su esposo con una mortal debilucha y sin poderes como era esa tal Sénele. Hera, la representante de la mujer en la tierra, era conocida no sólo por su poder sino por su gracia y hermosura, ella pensaba que era un desproposito que su esposo se fijara con tanta intensidad en una joven que ni siquiera poderes poseía.

Nunca había aceptado mucho las múltiples veleidades de su muy poderoso y amado esposo, pero se resignaba como algo inevitable y a través del tiempo había resistido estoicamente a las infidelidades de Zeus. En ese momento realizó un rápido recuento de los hijos que había tenido Zeus fuera del matrimonio: con Metis había procreado a la inteligente Atenea, con Temis había tenido a las ordenadas y diligentes Horas y a los traviesos Hados. Con Eurinome había tenido a las protectoras chicas de pelo gris, las Gracias. Con Deméter había tenido a Perséfone, la terrible reina del mundo subterráneo. Con Mnemosine había tenido a las Musas, las inspiradoras de las artes. Con Leto había tenido a los gemelos Apolo y Artemisa. El dios de la luz y la diosa de la luna. Con Dione a la bella Afrodita. Con la náyade Maya había tenido al fiel y creativo Hermes. Con Alcmena había procreado al forzudo de Hércules, Con Danae había tenido al valiente Perseo. Pero esta vez, Hera estaba segura que era distinta la situación, era necesario terminar radicalmente con esa patraña de la absurda promesa a esa insípida rubia y mortal, llamada Sémele.

Como Hera podía transformarse a voluntad, tomó la apariencia de Beroe la nodriza de Sémele y le dijo que debía guiarla a una nueva y romántica cita con su amado en el palacio real. La princesa actuó impulsivamente y acudió a la cita desprotegida y presurosa. Minutos después, Sémele estaba desnuda, cubierta de flores, perfume de jazmín y adornada sólo con una diadema de esmeraldas como le gustaba a Zeus. Esperaba expectante a su amado, recostada en un diván, y fue en ese momento cuando apareció Hera con su verdadera apariencia concentrando toda su ira en una mirada fulminante que lanzó como un rayo hacia su rival y una inmensa lengua de fuego cubrió de llamas a la bella tebana. En ese mismo instante, cuando Zeus estaba presidiendo un consejo divino, no muy lejos de ahí, le sobrevino un intenso dolor en el pecho, en el mismo centro del corazón. Era como un amargo presagio, - sabía de siempre que algo malo podía suceder, - se levantó violentamente y corrió hacia donde su intuición le señalaba. Lo acompañaba su hijo y amigo Vulcano para asistirlo si fuera necesario, ¡quien mejor que el dios del fuego! Pero llegaron tarde y se encontraron ante una dolorosa escena, sólo quedaban cenizas doradas de la que fue la más hermosa entre las hermosas, Sémele de Tebas. Vulcano se acercó hacia un objeto que brillaba con mayor intensidad: un especial botón, ¡era el embrión que Sémele había tenido en su vientre! ¡Un hijo de Zeus! tomó delicadamente al pequeño ser y sin mediar palabras, con solo intercambiar una mirada con Zeus, supo lo que tenía que hacer; infringió un tajo en el muslo izquierdo de su padre y colocó allí a su medio hermano para que terminara de crecer dentro de él y procedió a cauterizar la herida con un soplo que proporcionaría el calor necesario para hacer madurar a ese fruto de amor prohibido.

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El hijo de Zeus sabía lo que era ser rechazado, lo había sufrido en carne propia porque de niño era muy feo y defectuoso de ambos pies, por o que su madre Hera, sintiendo vergüenza por haber tenido un hijo deforme, lo había arrojado al Océano. De ahí fue recogido por Eirinomo y Tetis y escondido en una caverna subterránea, donde vivió nueve años, modelando durante este tiempo gran número de obras de arte, como el famoso escudo que portaba Zeus, las armas de Aquiles, el cetro de Agamenón y entre ellas un trono de oro, con cadenas invisibles, que, con el propósito de vengarse, envió a su madre como regalo. Hera al sentarse en él, quedó instantáneamente encadenada, de tal forma que nadie pudo liberarla, por lo que se resolvió pedir a Vulcano que regrese a la corte real para ayudar a su desamorada madre. Desde el día del retorno, Zeus no sólo fue un padre condescendiente sino que desarrolló con el hábil dios una sólida amistad, que sabía le podría ser muy útil algún día.

En las siguientes semanas no se habló del incidente de Sémele en la corte real, Zeus pensó que era la mejor manera de proteger su gran secreto de amor -la existencia de un hijo prohibido-. Pasó un día y otro día, un mes y otro mes, hasta que llegó el día que debería nacer Dionisio, el fruto de ese inmortal amor. Fue un alumbramiento simbólico, frente a un altar natural cubierto de madreselvas, jazmines y lirios, sólo asistió Vulcano a la ceremonia, quien cogió al niño y lo depositó en el florido altar envuelto en una manta de hilos de oro, mientras procedía a curar con sus prodigiosas manos el muslo desgarrado del rey de los cielos. En ese momento llegó a la escena un sorprendido Hermes, el otro hijo predilecto del rey del cielo que había sido convocado por su padre en ese escondido paraje del bosque. Su inventiva, sagacidad y simpatía le habían hecho ganar el Cayado de Oro que poseía como el Heraldo de los Dioses. También por sus muchas virtudes se había convertido en el dios de la fertilidad de los campos y de la música.

Al desprender de su cuerpo al pequeño Dionisio, la sangre que cayó derramada en el nacimiento mojó la tierra e instantáneamente comenzó a crecer una vid como primer retoño. Zeus mira profundamente a los ojos de su hijo Hermes, mientras depositaba al niño en sus brazos y le pide que cuide a su hermano, le explica brevemente por qué no podía quedarse en la corte del Olimpo, que su vida correría peligro y él no podía protegerlo todo el tiempo y que confiaba plenamente en que él porque sabría qué hacer y cómo educarlo sin revelarle su verdadera identidad. Dio una última amorosa mirada al pequeño Dionisio (que significa “nacido dos veces”) y partió junto a Vulcano hacia la eternidad de sus tareas reales. 

Así comienza la leyenda del nacimiento de la planta que da origen al fruto que deriva en el vino, producto de la vida de quien sería considerado como el Dios del vino, y en su versión romana conocido como Baco.

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