"Hablame de papá", un cuento de Poldy Bird

La autora de grandes libros como "Cuentos para Verónica" o "Cuentos para leer sin rimel" le regaló a El Ápice un relato para conmemorar el día del padre.
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Hablame de papá

padre e hija

Le daba miedo alzarte, tan pequeñita en una cuna que parecía tan grande. Y yo le decía que no eras de vidrio, que no te ha­rías añicos ni te quebrarías... "¿No ves la fuerza que tiene tu niñita cuando te aprie­ta el dedo?", como si temieras que él hu­yera, lo sujetabas con tu manito llena de hoyuelos.

No se animó a bañarte él solo, pero sí lavó pañales sucios cuando no pude hacerlo.

Y se levantó por las noches a entibiar la mamadera y a pasearte en brazos cuando te dolían las encías porque cortabas los dientes.

Vio tres veces La escuela de las hadas y La Cenicienta y Hansel y Gretel porque te gustaba volver a ver cada obra de teatro infantil.

Y le contagiaste la rubéola: a vos te atacó suave, la pasaste saltando y corrien­do... pero él estuvo una semana en cama, colorado, con fiebre y dolor en los huesos.

Te ayudaba a construir castillitos de arena en la playa, en cambio... sólo pu­dieron hacer una inexplicable cajita para guardar clips con las quinientas piezas rojas y blancas de un Rasti en cuyo pros­pecto se veían maravillosos edificios, mo­linos y barcos "que cualquiera podía reali­zar siguiendo las fáciles instrucciones adjuntas".

Te regaló un tambor con el que no lo dejaste dormir la siesta durante dos meses. Y una guitarra que aún tocás a veces...

Te sorprendió haciéndote la rabona con una compañera, y se las llevó a las dos a almorzar, arrancándoles la promesa de que no lo repetirían.

Era el encargado de llevarte a los baile­citos y buscarte a las tres de la madrugada, junto con un montón de chiquilinas que repartía casa por casa.

Los chicos amigos tuyos lo llamaban por su nombre de pila y le hacían confidencias. Amaba la juventud, el barullo, la música atronando. Siempre estaba prohijando a los que no tenían sólidos hogares, dinero para entradas a los recitales, alguien con quien charlar.

—¿Ustedes vinieron a conversar con él o conmigo? -los increpabas, doblemente celosa de unos y otro.

Mi papá, decías. Y eran dos palabras redondas y orgullosas, llenas de luz y admi­ración. Todo lo sabe y todo lo resuelve. Era verdad. Para todo tenía una explica­ción, y conocía los engranajes y el motor de las cosas.

Nunca habló mal de nadie, pues pen­saba que el que obraba mal algún motivo profundo y doloroso tenía, y había que entenderlo y ayudarlo.

Le interesaba todo: escuchaba con aten­ción, se solidarizaba al punto de no dejar desprotegido y solo a nadie que conociera.

Nunca se aburría. Se aburren los idio­tas, decía, Yo siempre tengo algo que hacer, que oír, que leer, que pensar, que mirar...

Disfrutaba trayéndonos cosas que nos gustaban para que supiésemos que está­bamos en su pensamiento: ramitos de vio­letas, chocolatines, medialunas todavía ca­lientes, una goma de borrar con olor a frutilla, hebillitas de mariposas...

Respondía a tus preguntas con largas explicaciones que te cansaban, y solías pe­dirleDecime que sí o que no, pero no me expliques por qué.

Nunca se alabó a sí mismo ni humilló a nadie.

No dejó cosas por la mitad.

Fue pacifista y pacífico, conciliador, arriesgado y emprendedor. Pero creo que sus dos cualidades más bellas fueron su ge­nerosidad y su ternura.

Sí, algún defecto tuvo. O varios. Pero todos quedaban empequeñecidos por una estrella de primera magnitud que brilló en cada instante de su vida: la solidaria amistad.

No tendremos, hija mía, otro amigo como él: que nunca nos pidió cuentas de nada y estuvo de nuestra parte siempre, sin poner condiciones, ayudando primero, preguntando después.

Vos querías que te hablara de tu papá, del que le abrió la jaula al jilguero como compinche tuyo, del que arreglaba tus líos con profesoras iracundas y amigas ofen­didas, del que murió cuando tenías quince años, llevando en el baúl del auto el pan, la leche y una lata de dulce que traía a casa. Del que te enseñó que hay que buscar un "punto de referencia" para dimensio­nar las cosas. Del que tenía la rara valentía de emocionarse sin disimularlo y demos­trar su cariño sin avergonzarse.

Bueno, así era.

El resto... lo ves en las fotografías, desde las que siempre parece estar mirán­dote complacido y cómplice, tan feliz de que seas su hija, y un poco extrañado, qui­zá, de que hayas crecido tan a prisa…

 

 

 

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