La medicina en "El amor en los tiempos del cólera"

Literatura Por
"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".
Ver galería garcia marquez
1 / 2 - garcia marquez

Así se inicia el más hermoso canto al amor entre provecto s, jamás escrito antes. Uno de los personajes de la obra, Jeremiah de Saint-Amour, se despoja de la vida mediante un sahumerio de cianuro y la casa donde quedó su cadáver huele toda a eso: a almendras amargas. Al instante se da uno cuenta que el autor del relato, el Nobel Gabriel García Márquez, se asesoró y se documentó muy bien para manejar los asuntos médicos que abundan en la novela.

Los tratadistas Goodman y Gilman en su libro clásico Las bases farmacológicas de la terapéutica, edición de 1982, dicen en relación con la intoxicación por cianuro: "el diagnóstico puede ayudarse con el olor característico del cianuro (aceite de almendras amargas)". Por eso, en concepto del doctor Juvenal Urbino, no era menester hacer la autopsia del suicida pues el olfato permitía deducir cuál había sido la causa de la muerte. Quien tal sentencia pronunciaba era el médico y maestro eminente, catedrático de clínica general, octogenario, con perspectiva de un retiro profesional digno, sordo del oído derecho y erosionada la memoria, es decir, con síntomas claros de padecer la temible enfermedad de la vejez. Precisamente, a juicio del doctor Urbino, Jeremiah de Saint-Amour se suicidó de gerontofobia antes de la senescencia, cuando tenía todavía "la pupila diáfana". Por no haber existido en el trasfondo de este drama ningún amor contrariado, no se iría a encontrar a la autopsia arena en el corazón del occiso. El magister había hablado.

El doctor Urbino desaparece pronto de la novela como personaje de cuerpo presente, viviente, lo cual no obsta para que García Márquez le permita seguir desfilando tn el recuerdo para continuar retratándolo. Vestido a lo Pasteur, era epígono de la escuela francesa del siglo décimonono, como que había cursado sus estudios médicos en París. En su recetario estaban el bromuro de potasio como estimulante, contra el reumatismo el salicilato, el cornezuelo de centeno como vasopresor, la belladona para tranquilizar.

Las fiebres tercianas las trataba por supuesto, con quinina. Además no desdeñaba la farmacopea casera pues acostumbraba el ajenjo en infusión para evitar las dispepsias y el ajo para prevenir el desfallecimiento cardíaco. A pesar de su certero ojo clínico, sólo era llamado, tal vez por la edad, a atender pacientes desahuciados, vale decir, in extremis, modalidad de ejercicio que él consideraba una especialidad. Aún más, era un especilista a domicilio porque se negaba a atender en su consultorio, quizás en razón a la falta de fuerzas de sus enfermos. Como buen clínico, era un enemigo de la cirugía; el bisturí, en su concepto, era el emblema de la medicina fracasada. Regresaba así a épocas medioevales, cuando se era médico o cirujano, representando aquel al cultor de la noble ciencia y éste al artesano vulgar, prosaico.

Por eso fue un médico caro yexcluyente, un profesional elitista. Utilizaba, a pesar de lo anacrónico, el viejo coche de caballos, con capota de charol, errajes de bronces y auriga de chistera. Seguramente oyó hablar en París del legendario profesor Dieulafoy, famoso por su sabiduría médica y por la berlina que montaba, arrastrada por un tronco de caballos, digno de la carroza real. Juvenal Urbino se hincaba de rodillas en plena calle cuando pasaba el carruaje del arzobispo. En su vida apenas había dejado de asitir tres domingos a misa. Era, en verdad, un médico piadoso. A no dudarlo, su actitud, más que reverente, haría exclamar al asombrado prelado: "medicus pius, res miranda", palabras éstas pronunciadas por Pío VII al prosternarse ante él Renato Laennec, uno de los grandes de la medicina francesa. El respetable doctor Urbino leía La incógnita del hombre, de Alexis Carre!, y tenía en reserva La historia de San Michele, de Axel Munthe, dos libros que todo médico ha leído, o, por lo menos, ha debido leer. Urbino se disponía a cumplir este requisito, no obstante que en vísperas de morirse todavía no habían sido escritos.

García Márquez maneja con conocimiento de causa la temática médica. Queda la certidumbre de que todo le es familiar, pues no sólo conoce de libros sino también de personajes, como Charcot, Trousseau, Adrian Proust. No se contenta con mencionar por su nombre a las vísceras; además les añade un expresivo y exacto calificativo: corazón "insomne", hígado "misterioso", páncreas "hermético" ... Conoce, otrosí, de enfermedades varias. Directamente del cólera nostra, del debido al Vibrio cholerae, habla más bien poco. Más que de la infección intestinal, se ocupa de la enfermedad del alma, el amor, que, en su concepto, presenta los mismos síntomas de aquella: pulso tenue, respiración arenosa, sudores pálidos, sin fiebre ni dolor, pero con un deseo y necesidad urgente de morir. Florentino Ariza, el enfermo grave de amor, exhibía en los inicios, fuera de lo anterior, manifestaciones, estas sí, típicas del cólera: "cagantinas y vómitos verdes, pérdida del sentido de orientación y desmayos repentinos". Llegado a la edad septuagenaria sentía aún imperiosa necesidad de evacuar ante la inminente presencia de Fermina Daza.

el amor en tiempos de colera

Pero donde se pone de relieve la maestría para abordar los temas médicos es en los pasajes que tienen que ver con el comportamiento humano en la vejez. De mi colega Urbino se sirvió para ello. Que era un prostático, no hay duda: cuando orinaba debía hacerlo sentado pues, de lo contrario, dejaba el borde de la taza mojado por haber perdido la fuerza y la puntería. Ya mencioné que era sordo de un lado, pero también estaba menguado del otro. Cada día dormía menos y la tos le interrumpía el sueño de la madrugada. A la pérdida progresiva de la memoria se sumaban sus juicios enrevesados. Como si fuera un niño, su mujer, Fermina Daza, lo ayudaba a lavarse, a vestirse y a veces hasta a caminar, pues sus pasos eran inciertos. Todo eso corresponde a la arteriosclerosis cerebral o demencia senil evolutiva, descrita por García Márquez con sentido poético y con criterio médico a la vez. Esos signos inequívocos del "óxido final", como él lo define, pertenecen a lo que en medicina se conoce desde hace tiempo como "la enfermedad de Alzheimer". Empero , nunca nadie la había presentado con tanta galanura idiomática, ni tampoco nunca nadie la había asociado a esa otra vieja enfermedad que se llama "amor", que es a la que el autor se refiere en concreto en su admirable novela.

La vejez -"un estado indecente que debía impedirse a tiempo"- complicada con el amor -"los síntomas del amor son los mismos del cólera" - sólo podía imaginarla García Márquez y soportarla Florentino Ariza, el personaje creado por él para simbolizar el amor eterno, intemporal, resistente a todos los embates. La novela el amor en los tiempos del cólera, por otra parte, es pródiga en máximas que tocan con la medicina y que tienen un profundo significado humano y filosófico. He aquí algunas muestras: "no hay mejor medicina que un buen diagnóstico"; "la ética se imagina que los médicos somos de palo"; "la mayoría de las enfermedades mortales tenían un olor propio, pero ninguno era tan específico como el de la vejez"; "no le tuvo nunca tanto miedo a la muerte como a la edad infame en que tuviera que ser llevado del brazo de una mujer"; "la gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas"; "cada quien es dueño de su propia muerte, y lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor".

A propósito, este último pensamiento recoge el criterio actual sobre el derecho a morir dignamente, que viene abriéndose paso. Hans Krebs, Premio Nobel de Medicina y Fisiología, hace algún tiempo decía: "si un enfermo en la fase terminal sufre demasiado, se debería poder acortar su vida y su sufrimiento por un medio indoloro. Personalmente, no tendría ninguna objeción si se aplicara este procedimiento sobre mi persona". Como vemos, el Nobel de Literatura se identifica con su par en Medicina en un tema que ha suscitado arduos debates en todo el mundo. En cuestiones de salud pública, como esas de medicina ambiental, también hace alardes afortunados el Maestro García Márquez. La preocupación de Juvenal Urbino por el estado unitario de la ciudad lo llevó a proponer en el Cabildo que se capacitara la comunidad para que contribuyera a solucionar sus problemas. Abogó, igualmente, por que se recogieran y se incineraran técnicamente las basuras, por que se construyeran alcantarillas cerradas, plazas de mercados y mataderos higiénicos.
No queda ninguna duda, pues, que en El amor en los tiempos del cóü;ra Gabriel García Márquez, al tiempo que mantiene su categoría de escritor consagrado, se descubre como un sagaz narrador de los asuntos médicos.

Te puede interesar

google-site-verification: google5fe333d7a5080da2.html