Un cuento, Poldy Bird

Literatura Por
Le adelantamos un relato de su próximo trabajo.
TAPA DIVINA
TAPA DIVINA

No puedo concentrarme en la película. Bajo el tono del televisor, lo subo, cambio de canal. Lo que sí oigo es el ruido lejano de bocinas de automóviles en la calle. Gente que va, que vuelve, que sale de paseo, que está junta. Gente abrazada, apiñada, amontonada, peleada, silenciosa, contenta, decepcionada.

Pero no estoy sola. Es sábado a la noche y estoy sola en este departamento en el que él no vivió. Aquí no hay ni siquiera recuerdos. Sólo macizos muebles que también me sobrevivirán.

Repaso la agenda de la A a la Z ¿A quién llamar? Los amigos tienen sus compromisos de los sábados, no me incluyen en sus grupos. Un mujer sola resulta molesta.

¿A quién llamar, si ya los he llamado a todos durante el día?

—¿Qué tal? ¿Qué van a hacer hoy? Ah… claro, una reunión.., bueno, que lo pasen bien.
—¿No querrías ior al cine conmigo? Oh, cierto…, era esta noche… Si ¿qué vestido te vas a poner?... Si, ese te quedará fantástico… Mañana llamame para contarme como estuvo todo…
—Hola, hola soy yo… No, no me pasa nada, estoy bien, solamente llamaba. No de veras, no me pasa nada, no necesito nada, solamente… Si vayan tranquilos, y que les toque lindo tiempo… Sí, sí, el lunes volveré a llamar.

Y también el ruido insistente de la campanilla sonando, sonando, una vez, diez veces, veinte veces sin que nadie responda.

Resuelvo que si ellos no me llaman jamás volveré a llamarlos.

Me siento una mendicante, y lo que es peor, sin éxito.

Si me animara…, si me animara a caminar sola por la calle, a ir sola al cine. Pero no me atrevo. Estos zapatos que llevo puestos, calzan a una niña temerosa y tonta que jamás terminará de crecer. Si entro sola en un bar y me siento a una mesa me parece que todos me están mirando, que se ríen de mí o se conduelen; saco un papel de la cartera o tomo una servilleta y allí garabateo palabras, dibujo florcitas, saco cuentas: ellos tienen que creer que yo estoy ocupada, entretenida, no deben sospechar que me metí allí como el naufrago que se trepa a una balsa.

Tengo que reconocer algo terrible: la soledad me da vergüenza.

Para ocupar mis manos, para ocupar un poco de tiempo, he vuelto a fumar. Hay días en los que fumo tanto que me duele la espalda. Pienso que mañana va a ser aún peor: es domingo. Todo un largo día, tal vez dorado como una moneda, y yo sin una alcancía en donde meterlo.

Doy una última vuelta por la casa: miro si las ventanas están cerradas, se he olvidado de bajar una persiana o de apagar alguna luz. Y luego abro el cajón de la cómoda de mi cuarto, saco el frasquito de somníferos. Ya es medianoche, nadie vendrá, a ninguna parte iré, tomo mi pastilla, me acuesto y espero la llegada del sueño empecinadamente, con una terca y dolorosa desesperación.

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