Cuando en Les temps modernes hablaron de Argentina

La revista Tiempos Modernos, fundada por Jean-Paul Sartre, le dedicó a la Argentina en 1981 número especial con textos de grandes escritores argentinos.
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A pesar del paso del tiempo, en sus páginas se lee “una especie de mapa de la violencia institucionalizada por los militares y sus aliados civiles sobre el campo intelectual de la época”, en textos de Viñas, Saer, Gelman y Cortázar, entre otros, muchos con seudónimo.

Pasaron poco más de treinta años desde que Les Temps Modernes, la revista fundada por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en 1945, decide dedicarle un número doble a la Argentina de la última dictadura cívico-militar. Estamos en julio-agosto de 1981, el número es el 420-421. El proyecto llevaba un tiempo, estaba en las conversaciones que David Viñas y César Fernández Moreno tenían con Claude Lanzmann, entonces (y todavía) director de la publicación. Dos meses después de la muerte de Sartre, ese número está en la calle. Es un golpe que los exiliados argentinos en Europa –y otros desde Buenos Aires, bajo seudónimo– asestan a los uniformados. Ya no se trata de una campaña sucia como las que denunciaba Víctor Massuh durante los meses previos al mundial de fútbol de 1978. El gobierno militar había empezado a descascararse, la chirinada en el Atlántico sur estaba en la cabeza de algunos de los más ambiciosos, esos que querían destronar la “tibieza” criminal de Videla y Viola y formar un partido político de base popular, aprovechando la connivencia histórica que cultivaban con cierto sindicalismo, cierta dirigencia, cierto empresariado: un partido político de base popular, purgado de delegados gremiales de izquierda (de delegados gremiales) y de organizaciones guerrilleras de izquierda.

La edición facsimilar de ese número de Les Temps Modernes que publicó la Biblioteca Nacional con un prólogo de su exdirector, Horacio González, es un ejemplo en acto de que para recuperar la memoria, la fundación de nuevos institutos y la restauración de tribunas atrabiliarias puede ser una forma de obstáculo a la renovación de las prácticas políticas en la era de la pospolítica, que Viñas, Fernández Moreno y una serie de nombres, muchos cifrados en Tartabul, la última novela del autor de “Indios, ejército y frontera” habían empezado a diagramar antes de Internet, los blogs, las redes sociales y la divulgación de la historia como una mercancía más.

Es cierto que Viñas, en los últimos años, se reía de la aventura que planeó con Fernández Moreno y Lanzmann, y que en Tartabul ese rasgo es notorio (tanto como que cantidad de intelectuales se suben al caballo por izquierda y se bajan por derecha), pero ese texto, dice Guillermo Saccomanno, “es una vasta partitura coral de los argentinos de fines del siglo XX, sí, pero también la de los argentinos revolucionarios de clase media de los setenta (…) Aclaremos: el título de la novela es el nombre de un bufón, Tartabul, que vierte a los financistas de La bolsa, la novela xenófoba de Julián Martel, que describe, pionera, la marea especuladora de la City”. Viñas se exilia en 1976, sabiendo que sus hijos han sido asesinados por los militares. Está en Europa, en México, en los Estados Unidos, vuelve a la Argentina. En Tartabul reaparecen, como fantasmas, Carlos Correas, Rodolfo Walsh, Carlos Monsiváis, Beatriz Sarlo, Osvaldo Bayer, Sara Gallardo, Germán García, Ricardo Piglia, Horacio Verbitsky, Jorge Asís, Inda Ledesma. Las consideraciones correrán a cuenta del lector. Pero se sabe que Viñas no era un hombre dado a la contemplación, tampoco a la servidumbre. En Les Temps Modernes, Lanzmann le confía el armado, la lista de colaboradores, que compone con Fernández Moreno, el hijo de Baldomero que falleció en París en 1985. Escribe Viñas sobre ese momento, encajonando el dolor de la pérdida en el fraseo irónico: “Anotar y tachar nombres (…) No terminábamos la lista. Halperín Donghi se excusó desde California, Gelman escribió un poema con versos y rabinos. De Urondo (ya asesinado) unos versos insultantes y entrañables. Osvaldo Bayer se encarnizó con varios almirantes, un cañadón y un alférez. Jitrik mandó un enjundioso ensayo sobre Borges. Cortázar dijo cosas sobre la libertad (…) Rozitchner, terror, humillaciones, sexo y poder”. Si se lee algún encono, una autocrítica o una parodia, se lee bien, pero no puede ignorarse el efecto que provoca la revista –acaso devaluada ya por la corrosión del estructuralismo, Tel Quel y el maoísmo para elites.

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La ceremonia del adiós

El rescate que ahora publica la BN tiene un valor historiográfico innegable porque también se lee, en las sumas y las omisiones, una especie de mapa de la violencia institucionalizada por los militares y sus aliados civiles sobre el campo intelectual de la época; el estallido es evidente cuando Malvinas: los “mexicanos”, en su gran mayoría, defienden la toma de los peñascos, pero no ignoran que la manipulación informativa tiene un límite; los “europeos”, salvo excepciones, repudian las plazas llenas de argentinos apoyando la patriada; los “locales”, se refugian en el estudio o la escritura –Fogwill, Tomás Abraham, Sarlo. La ilusión del militar esclarecido dura lo que el viaje de un portaaviones desde algún punto de Europa a Port Stanley. Antes, el genocidio estaba consumado, el saqueo consumado, otras bases (simbólicas) establecidas.

¿Entender la Argentina? Es el objetivo, algo zumbón, de Viñas, con la complicidad de socios y escribas: una primera sección de la revista (“Entrada en materia”), quince artículos firmados por los dos conjurados; una segunda (“Los hechos y lo previo”), con artículos de Juan Carlos Portantiero, Oscar Braun, Guillermo Carlés y Jorge Beinstein; una tercera (“Las fuerzas políticas”), con las firmas de Bayer, Rozitchner e Hipólito Solari Yrigoyen; una cuarta (“¿Qué es la literatura?”), bajo responsabilidad de Cortázar, Jitrik, Juan José Saer, Beatriz Sarlo (como “Martin Eisen”), Rodolfo Kuhn, y Julio Schvartzman y Cristina Iglesia (como “Fabián Escher” y “Julia Thomas”); una quinta (“Otras formas de decirlo”), poemas de Fernández Moreno, Gelman y Urondo; una sexta -de testimonios-, por Viñas (como “Antonio J. Cairo”) sobre Perón, Eva Perón, Guevara, además de Tununa Mercado, Armando Bauleo, Laura Bonaparte, Marta Eguía y Roberto Madero; y la séptima, las conclusiones, a cargo, otra vez, de Viñas y Fernández Moreno.

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