Lucio Fontana en las colecciones públicas de Bs. As.

Arte 19/07/2017 Por
Los viajes entre Argentina e Italia del artista marcaron la significación de la vanguardia argentina en Europa.
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Se ha dicho en reiteradas ocasiones que los argentinos somos europeos en el exilio, Italia fue, desde la fundación de nuestra nación, una referencia ineludible no solo por el acogimiento de la inmigración proveniente de aquellas tierras y su potente influencia en la cultura argentina, sino, como en el caso específico de las artes, por lo que de modelo oficia en la memoria visual del país.

Y esto se debe, en primer lugar, a la calidad, tradición y prestigio histórico del arte peninsular, pero también al viaje iniciático emprendido por generaciones de artistas hacia la cuna tanto del arte clásico como de las más osadas vanguardias estéticas. Basta recordar la irrupción fundacional de Pettoruti en su retorno a la Argentina, cargado del bagaje futurista , o sus antecesores Ángel Della Valle y Reinaldo Giudici, quienes signaron el inicio del arte argentino con sus creaciones de matriz italiana.

Pero el caso de Lucio Fontana cuestiona la dirección del vínculo: lo vuelve una zona de pasaje, una deriva de ida y vuelta. Pues sus viajes entre ambos países y su posterior radicación en Italia significaron la universalización de una vanguardia, que si bien reconocia, su inspiración en el arte italiano, tenía impronta propia y local.

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La pieza que abre como una grieta de conceptos es, sin duda, el Manifiesto blanco,  del que se exhibe, por primera vez en el Museo de Bellas Artes, uno de los pocos jemplares originales. Texto programático escrito bajo dirección de Fontana en 1946, contraría la tradición de las vanguardias en lo que hace a la pretensión de autonomía de las artes, en tanto interpela a la ciencia, que, aduce, produce un cambio en la naturaleza humana; su rol habría de permitir un arte acorde a los nuevos tiempos. En frases como "Vivimos la edad de la mecánica. El cartón pintado y el yeso erecto ya no tienen sentido". Típicas de todas las tradiciones rupturistas que dan por concluida una etapa histórica, hay una invocación a la renovación de las artes, formas espirituales de cada época, que han de ponerse a tono con la revolución tecnólogica en curso. La marcha hacia el movimiento y el espacio sujetos a una nueva temporalidad, sostiene el texto, requiere descartar el lastre del arte tal como resurgió del Renacimiento, del cual, incluso las vanguardias previas que lo impugnan, permanecen cautivas. Ha de haber un corte. Un tajo, acción, movimiento, tiempo serán los ejes del nuevo arte. No obstante en un novedoso giro conceptual, el autor postula que no es el racionalismo contemporáneo-padre de la ciencia, a la que le reclama nuevas bases materiales para el despliegue artístico-, sino el retorno al gesto del hombre primitivo, al subconsciente que ha de abrir otro campo de experimentación del que saldrá la obra de arte nueva, integral, que resuelva la escisión entre naturaleza y cultura promovida por la Modernidad. Allí radica una de las claves de la futura poética que Fontana desplegará en Italia a través de sus múltiples registros.

Las obras de Fontana recorren su trayectoria desde las magníficas esculturas figurativas hasta las experimentaciones en torno a los famosos Conceptos espaciales con los que proponía expansión de la biodimensionalidad de la pintura. Sus obras abundan en un registro permanente de la experimentación plástica italo-argentina que da cuenta de la presencia del artista en las colecciones públicas de nuestro país.

Lucio Fontana

Pintor, ceramista y escultor italo-argentino nacido en Rosario (provincia de Santa Fe), de padre italiano (Luigi) y madre argentina, el 19 de febrero de 1899, y fallecido en Comabbio, Italia, el 7 de septiembre de 1968.

Sus obras se encuentran en las colecciones permanentes de más de cien museos de todo el mundo. Algunos de los continuadores de los postulados de Fontana en Italia son Piero Manzoni, Castellani, Agostino Bonalumi, Paolo Scheggi y Nigro, Alviani y Mari. En España el escultor Pablo Serrano, quien entabló amistad con Fontana en sus años en Rosario, es considerado uno de los artistas que más ha aplicado y difundido las ideas de Fontana en la Península ibérica a través del manifiesto del Intraespacialismo.

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