Picasso, el escritor oculto

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"... gritos de niños gritos de mujeres gritos de pájaros gritos de flores gritos de maderas y de piedras gritos de ladrillos gritos de muebles de camas de sillas de cortinas de cazuelas de gatos y de papeles..." escribió Picasso alguna vez.
Picasso escribiendo
Picasso escribiendo

Tal vez mucha gente desconozca que existe un buen conjunto de textos escritos y publicados por el pintor Pablo Picasso. Estos textos —en su mayoría poemas— no pretenden ofrecérsenos como un definido proyecto literario, sino más bien como libres emanaciones del espíritu de su autor; algo similar, en cierta medida, a lo que fueron sus ocasionales esculturas o sus menos frecuentes construcciones de alambres u otros materiales.

Cabe destacar el hecho de que un hombre como este gran artista, que jamás tuvo la menor intención de ser escritor, que —según se dice— nunca respondió una carta, que rehuyó varias entrevistas, que, en definitiva, sólo quiso expresarse mediante su obra pictórica y no mediante palabras, se decidiera un día poner por escrito sus imaginaciones. Sin duda, semejante decisión debió de obedecer a algún hecho trascendente. Y parece que así fue. Esto ocurrió en 1934, luego de haber transitado muchas de las etapas de su ininterrumpida evolución. Ese año, habiendo atravesado una profunda crisis espiritual por motivos sentimentales y con sus bienes sometidos a una enojosa intervención judicial, Picasso se encontró cierto día ante las puertas selladas de su estudio y la imposibilidad casi «material» de pintar. No obstante, gracias a la inquietud y curiosidad de su temperamento, pronto halló un inesperado sucedáneo en la escritura.

Lo primero que Picasso empezó a escribir fue poesía. Y así, de pronto, se lanzó a este camino sin límites, descubriendo que la poesía era un medio tan natural, tan suyo, como el dibujo o la pintura.

Los poemas aparecieron en un especial que le dedicó Cahiers d’Art en 1935. Un año más tarde, Guillermo de Torre transcribió algunos en un número de homenaje de la Gaceta de Arte de Tenerife, versiones que luego fueron reproducidas individualmente en varios lugares para luego desembocar en Picasso: Poemas y declaraciones, título editado en México, casi diez años más tarde; homenaje de la más incuestionable intención, pero realizado sin el cuidado apropiado, pues de las dos famosas declaraciones estéticas de Picasso (la de 1923 y la de 1936) sólo se transcriben algunos fragmentos. Quedaron fuera de esta edición, además de otros poemas, el texto que acompaña al álbum de litografías Sueño y mentira de Franco. Por su puesto, éstos no son los únicos escritos de Picasso; a ellos hay que agregar un poema nuevo, que Jaime Sabartés incluye en su libro Picasso: retratos y recuerdos y, sobre todo, una obra de teatro, Les désir attrapé par la queue, editada por Gallimard, en 19451.

Con todo, el particularísimo libro que Picasso proyectaba no llegó a publicarse nunca. En un principio, nuestro artista quiso ocuparse de la edición, con el propósito de darle a la obra un aspecto y un formato acordes con su espontáneo y asistemático temperamento. Finalmente, un editor decidió ocuparse de ella, dándole al pintor carta blanca para que prepararse una edición a su gusto. Pero luego de haber grabado varias láminas y ensayar numerosos procedimientos, justo cuando había que ocuparse de la compaginación del libro, Picasso desistió. Esa obra hubiera sido el reflejo exacto de su personalidad, su retrato más fiel. Cada página hubiera sido un verdadero popurrí, sin indicios evidentes de arreglo o composición. Hubiera habido ilustraciones, pero también letras y números, alineados o no, a veces en paralelas perfectamente horizontales, a veces ascendentes, a veces descendentes. Hubiera habido correcciones y borrones, líneas intercaladas, frases indicadas al margen mediante una flecha, figuras de objetos, tan pronto comprensibles, tan pronto "ilegibles". Así lo describe Sabartés:

Simplicidad y complejidad se aliarían en ese libro, lo mismo que en sus cuadros, sus dibujos y sus textos, como en una habitación de su casa o su taller, como en el mismo Picasso. Cierto es que, de vez en cuando, el papel quedaría en blanco alrededor de un texto si Picasso no tenía ganas de llenarlo o si tal era su gusto. De tal modo, al estar todas las partes en el sitio determinado por la suerte, cada página mostraría el estado de espíritu del poeta en un caso preciso, su reacción ante el texto o ante cualquier otro sujeto evidente2.


Precisamente, la íntima correlación que existía entre sus ocasionales escritos y su ininterrumpida creación plástica es lo que les da a los primeros un valor fundamental. A la misma opinión llegó André Breton, quien veía en los poemas de Picasso el correlato natural de sus pinturas. Más tarde, José Moreno Villa, en un capítulo de sus agudísimas glosas Leyendo a…, pese a entender que los escritos de Picasso no pueden parangonarse con su obra pictórica, coincide en ver "una perfecta congruencia entre sus pensamientos, sus poemas y sus cuadros" 3.

Correspondería ahora dar alguna muestra, aunque más no sea fragmentaria, de dichos escritos poemáticos; sin embargo, me limitaré a las líneas del epígrafe, que, de por sí, muestran la voluntad de Picasso de quitarles a las palabras su sentido lógico, su adherencia concreta, su capacidad significante. Dicho de otro modo, y según resume Sabartés, Picasso "no toma las palabras como medios de expresión, quiere que se expliquen por sí mismas al modo como a veces se sirve de los colores, poniéndolos sobre el lienzo sin intención narrativa, sin deseo de imitar la forma de un objeto real". Semejante procedimiento es análogo al de las primeras vanguardias poéticas, pero incluso éstas tienen un límite formal fijado por el propio género elegido: la poesía. La temeridad se acentúa cuando dicho método irracional, cuando el afán de divorciar las palabras de su expresión, se aplica a otros géneros, como la novela y el teatro, donde no es aconsejable que el autor les dé arbitrariamente la espalda a sus lectores.

Esta extrema arbitrariedad prevalece en la obra teatral antes mencionada. Sería inútil hacer un análisis de su contenido argumental, pues, en puridad, no lo tiene. Basta decir que sus personajes se denominan así: El pie gordo, El ajo, La tarta, Su prima, El extremo redondo, Los dos perritos, El silencio, La angustia flaca y Las cortinas. Cada uno de ellos rivaliza en incoherencia con su interlocutor. Hay, sí, grandes alardes escenográficos, indicados en el texto, pero que el lector tan sólo podrá imaginar. La obra —escrita en tres días, del 14 al 17 de enero de 1941, es decir, en plena ocupación nazi— se representó en el taller de Picasso; el mismo pintor y un grupo de escritores del clan existencialista fueron sus intérpretes. Se trataba de una verdadera farce d’atélier que, sin duda, ayudó a soportar la atmósfera opresiva de aquellos tiempos.4 

Resumiendo, no olvidemos que Picasso se desenvolvió como lo que era, un artista plástico, y, por lo tanto, es plausible que le haya interesado obtener para sus creaciones la mayor autonomía, aunque éstas, a veces, rebasaran todo límite de comprensión. No podemos condenar en absoluto esta actitud, ya que la pintura bien se basta con la línea y el color para lograr expresividad. La literatura, por el contrario, está condicionada por su medio expresivo. La palabra es un signo irreemplazable, y si bien es posible desposeerla de su contenido racional, hacerlo no siempre es conveniente.

1. Véase también Lydia Csató Gasman. La guerra y el cosmos en los textos de Picasso, 2007.
2.  Jaime Sabartés. Picasso: retrato y recuerdos, Madrid, Afrodisio Aguado, 1953.
3.  José Moreno Villa. Leyendo a San Juan de la Cruz, Garcilaso, Fr. Luis de León, Bécquer, R. Darío, J. Ramón Jiménez, Jorge Guillén, García Lorca, A. Machado, Goya, Picasso, México, Centro de Estudios Literarios,  1944.
4. En 2007, una puesta de esta obra de Picasso se estrenó en Sevilla, con el nombre de El deseo atrapado por la cola.

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