Ozark, una serie que muestra el lavado de dinero

Cine 04/08/2017 Por
Una nueva serie en la plataforma Netflix convierte al "heroe" de la serie en un lavador de dinero de un Cartel. Ya pasó el momento de fabricar anfetaminas (en la serie The Breaking bad), ahora es tiempo de lavar dinero.
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Marty Byrde (Jason Bateman) es un asesor financiero de Chicago. Su mujer Wendy (Laura Linney) cuida de sus dos hijos adolescentes, Charlotte (Sofia Hublitz) y Jonah (Skylar Gaertner).  Su vida transcurre apacible: los niños se acuestan; en el salón, la televisión encendida parece un decorado animado al que nadie presta atención; ella, tumbada en el sofá, mira otra cosa en su tablet; él contempla su portátil. Solo que Marty está viendo porno. En el comedor de su casa. Con su esposa al lado. ¡Y es Wendy quien aparece en el vídeo!

Ese arranque, además de contener un breve apunte sobre cómo consumimos ¿televisión? hoy, señala varias cosas. En primer lugar, que esa existencia anodina –la triada: trabajo, hijos, casa– es sostenida por una red de mentiras que puede destejerse en cualquier momento. Pero, en este caso, la urdimbre de secretos y engaños no se circunscribe a la trama familiar. Porque Marty Byrde, además de abnegado padre y esposo frustrado, es el tipo que blanquea el dinero de uno de los carteles más importantes de México.

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Cuando sus jefes descubran cierto ‘desajuste’ contable y tomen medidas –¿cuánto mide un barril de combustible? Ese tipo de medidas– se iniciará una huida hacia adelante que incluye una mudanza exprés a orillas de un lago en Missouri, el apaciguamiento de sus superiores comprando temporalmente su confianza garantizándoles el lavado rápido de 5 millones de dólares, y un nuevo inicio en un entorno rural cuyo aspecto edénico esconde no pocos peligros: desde familias rednecksque parecen sacadas de Deliverance (John Borrman, 1972) a traficantes locales con los escrúpulos de Atila y los modales de su caballo.

Así pues, Ozark se convierte en un manual de instrucciones sobre el blanqueo de dinero, pero también en un estudio clínico sobre el cinismo necesario para esconder tras el aspecto de un ciudadano ejemplar el alma de un tiburón. Ya saben, aquello de: “me daba los buenos días todas las mañanas, parecía un señor encantador”.  Y ahí, un monumental Jason Bateman –que no por casualidad ejerce como productor ejecutivo y dirige cuatro episodios–  le pone cuerpo y, sobre todo, voz a ese tipo de modales exquisitos, un Messi de la retórica capaz de contorsionar las palabras para que signifiquen una cosa o la contraria en función de sus intereses. Sus monólogos en off, la manera que tiene de negociar (no importa que sean narcos o propietarios de un chiringuito), el modo en que dosifica la información y la ausencia de cualquier tipo de moralidad, vienen a enseñarnos que en las escuelas de negocios también se puede cursar un MBA en extorsión. (Un detalle: la secuencia en la que Jonah le explica a su profesora cómo el dinero de la droga permitió mantener a flote la economía del país durante el periodo de recesión sirve como resumen de la filosofía vital que rige las vidas de la tribu de los Byrde).

Su partenaire, una Laura Linney que por momentos recuerda a ‘su’ Annabeth Markum de Mystic River (Clint Eastwood, 2003), no le va a la zaga. Una mujer resuelta, conocedora de todas las actividades de su marido y dispuesta a proteger lo suyo y a los suyos a cualquier precio. Un personaje al que no le falta el punto de reivindicación feminista: una mujer que abandonó su carrera para cuidar de sus hijos a la que le es imposible recuperar su lugar en el mercado laboral y que acabará demostrando que es tan válida como su esposo para desenvolverse en los negocios más turbios. Un matrimonio en la línea de los Underwood, dos alimañas del mismo pelaje, igualdad máxima.

Fuente:elcultural

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