Arqueología de Iraq, Persia y Bagdad preservada por un monje

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En la década del 20 el monje de Montserrat Bonaventura Ubach estaba en el Líbano, con la única idea de recoger la mayor cantidad posible de objetos antiguos, en la actualidad un museo de Barcelona le dedicó una sala permanente.
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Mientras las guerras que se suceden en Oriente medio y los grupos de fanáticos religiosos destruyen templos y piezas de arte milenarias, tratando de eliminar cualquier vestigio de épocas anteriores, en la década del 20 un monje español recorría esas tierras para preservar la historia y gracias a él hoy se conservan piezas que de haber caído en manos de grupos terroristas estarían destruidas.

padre ubach-manuscrito

Tanto el libro como la exposición de todo lo que recogió Ubach se exhibe en el museo del monasterio de Monserrat, que acaba de abrir una nueva sala dedicada a la arqueología de Iraq, Persia, Babilonia, Palestina y Egipto, y además acaba de ser editado el delicioso dietario del viaje que el padre Ubach realizó a Oriente entre 1922 y 1923, desde Alepo a Bagdad. Un maravilloso relato de cómo era aquel mundo y cuánto ha cambiado. 



El libro contiene documentos propios del viaje como pasaportes y visados y decenas de fotografías, todas realizadas por Ubach, algunas de las cuales permiten hacer una cruel comparación con la Mesopotamia de hoy, esto es, el actual Iraq. El padre Ubach había ingresado en Montserrat en 1894, y se ordenó sacerdote en 1902, junto al que acabaría siendo abad –y pieza clave en sus aventuras– Antoni M. Marcet. Fascinado por el estudio de la Biblia, Ubach viajó por primera vez a Jerusalén en 1906, donde estuvo hasta 1910. Estudió árabe, hebreo, siriaco... pero “muchos textos no pueden obtener una adecuada explicación si no es poniéndolos en conexión con el terreno donde nacieron”, escribiría. De ahí que empezara a viajar por Oriente Próximo, Asia Menor, Creta, Egipto, Grecia... Estuvo en todos los lugares que pudieran tener relación o son mencionados en la Biblia.Volvió a Oriente en 1914, cuando pasó un verano en Líbano.

Antes de instalarse allí para casi tres décadas en 1924, entre los años 1922 y 1923 viajó de Roma a Alepo, Bagdad, Babilonia, Kiffel, Ur, Bosippa, Sura, Basora, Persia, Asiria, Galilea, Jerusalén, El Cairo... De este itinerario, además del dietario, legaría toda clase de bienes arqueológicos, que iba facturando hacia Barcelona. Él fue el impulsor del Museu Bíblic de Montserrat. Durante su estancia en Oriente entre 1924 y 1951 inició la colección la Biblia de Montserrat, con el texto traducido al catalán y comentarios. Moriría el 19 de febrero de 1960.

sala museo monserrat

La exposición ahora abierta –sólo para visitas pactadas– comienza mostrando la diminuta maleta en la que llevaba sus bienes y sus brújulas, su pie de rey y otros instrumentos arqueológicos. En un vídeo de trece minutos se expone qué es la Biblia y, a partir de ahí, toda clase de objetos desde el paleolítico de la Tierra Prometida. 

El padre Ubach quería conocer personalmente los lugares a los que se refería el libro del Génesis, más allá (o más acá) de su significado teológico. Investigó la prehistoria de la humanidad en busca de Adán y de Abraham (que hacia el 1800 a.C. sale deMesopotamia en busca de la Tierra Prometida) y en 1910 hizo junto a un cura belga y en camello el camino desde Egipto hasta el Sinaí tal como lo relata el libro del Éxodo. “La Biblia es también un gran manual de arqueología”, recuerda el padre Pius Tragán, continuador hoy de la tarea de Ubach.

Bonaventura Ubach, financiado en parte por el abad Marcet (y su familia acomodada de Terrassa) y en parte por Francesc Cambó, fue enviando cajas y cajas de bienes. La momia del museo de Montserrat, que consiguió por su amistad con el entonces director del Museo Egipcio de El Cairo, fue empaquetada en una larga caja y sellada como “bacalao”. Eran otros tiempos. Egipto es hoy extraordinariamente celoso de estos tráficos. 

La exposición recorre los tiempos más lejanos de la cuna de la humanidad y muestra desde los ushebtis o amuletos que los egipcios colocaban junto a sus difuntos a sarcófagos y máscaras. De Mesopotamia hay cerámicas de uso doméstico, pedazos de tablillas (el origen de la escritura, hacia el 3000 a.C., está aquí), vidrio, cuchillos, platos, lámparas...

“Me siento feliz –dice en su dietario– de encontrarme en mi elemento: en lengua, tipos, folklore, en la tierra y bajo el sol espléndido de Oriente, y respirando una dulce poesía desconocida en cualquier región de Occidente”

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