La conexión francesa

Literatura Por
La universalidad pretendida por la literatura debe ser aceptada por los lectores que pueden sentirse reflejados o conmovidos por una obra, un personaje o una historia. Por eso, pese a la dureza de regímenes políticos, dogmas religiosos o prejuicios nacionalistas, existe un campo común —el de las letras— que nos permite viajar por las diversas geografías de la utópica e inagotable “República de la Imaginación”.
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1 / 2 - Assar Nafisi

Traducción al español: Solana Schvartzman para "La bilioteca"

¿Recuerdan al zorro? No cualquier zorro, este es uno sabio, el revelador, el que revela la verdad al Principito, quien lo revela al piloto, quien nos lo revela a nosotros, los lectores. Cuando le dice adiós a su amigo, el zorro le dice al Principito: “he aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Cuando escuché por primera vez, cuando era niña, a mi padre leerme El Principito en una habitación amplia y soleada en Teherán, no me daba cuenta de que ese cuento junto con Shahnameh, El Libro de los Reyes, Pinocho, Mullah Nasredinn, los relatos de Alicia, el Mago de Oz y el Patito Feo entre otros cuentos, se convertirían en uno de los pilares principales de mi República de la Imaginación. 

La forma democrática de mi padre para iniciarme en estos cuentos determinó mi actitud hacia las obras de la imaginación como espacios universales que trascienden las fronteras de la geografía, la lengua, la identidad étnica, el género, la raza, la nacionalidad e incluso la clase social. Supe que a pesar de que este zorro y su Principito eran productos de la mente y el corazón de un francés, y aunque el libro fue escrito en un idioma desconocido para mí, en una época anterior a que yo naciera y en un lugar que nunca había visto, el hecho de escuchar  y luego leerlo convertiría a esa historia también en mi historia, ese Principito y el zorro me pertenecían a mí como a Sherezade y sus mil y una noches le pertenecían a los franceses, a los norteamericanos, a los británicos, a los turcos, a los alemanes y a todo el resto de los lectores quienes a través de la lectura los amarán y “domesticarán” de la manera que el Principito aprendió a domesticar al zorro. Y esta es la razón por la cual hoy yo, nacida en Irán y viviendo en Norteamérica, comparto con los lectores franceses el regalo de los cuentos norteamericanos. 

Los cuentos son similares a las flores de invernadero, necesitan la mirada diferente y curiosa de otros, de lectores de todos los orígenes, de todas las edades y lugares para reinterpretar y así brindarles un nuevo nombre y una nueva vida, de lo contrario serán olvidados, simplemente se desvanecerán y morirán. Es por eso que este libro no es solo una celebración de obras y escritores, sino también de lectura y lectores, no es solo acerca de la realidad y la ficción norteamericana, sino también acerca de los espacios universales compartidos por nosotros como seres humanos
tanto en la realidad como en la ficción. Así es como yo, una pequeña niña de un lugar llamado Irán llegó a conocer y a amar Francia, ¡a través de un Principito y un zorro! Había conocido zorros antes, de hecho mi padre me presentó al animal en una fábula de La Fontaine. En esta historia, como la
mayoría de los cuentos, el zorro es astuto e inteligente y engaña a un simple cuervo por su comida. Luego, mientras estaba en la prisión del Shah, mi padre tradujo las fábulas de La Fontaine completas con sus  hermosas ilustraciones que él mismo, un pintor amateur, dibujó copiándolas del
original.

En esa y la mayoría de las otras ilustraciones, el zorro era hermoso con una espléndida cola tupida y ojos grandes. El zorro del Principito no era lindo, su cola tupida más bien parecía una escoba dada vuelta, no era bella y sus ojos eran tan estrechos que apenas se podían ver, de hecho no parecía un zorro. Me parecía casi maravilloso que un zorro distinto a cualquier otro hubiera cambiado para siempre mi actitud frente al animal; empecé a verlo de otro modo. Desde esta perspectiva, la astucia del zorro no se debía a la maldad sino a la necesidad de sobrevivir. A pesar de que sentía pena por las gallinas (que no me impedía comerlas), el zorro las cazaba para poder mantenerse vivo, a diferencia de los seres humanos que no solo matan y comen a las gallinas, sino que cazan zorros por diversión y deporte. Poco a poco llegué a comprender por qué esos cautivantes ojos grandes, siempre desbordados de ansiedad y miedo, parecían estar en alerta a la espera de una amenaza invisible pero real. En ese entonces, no tenía idea de la razón por la que me sentía atraída por el cuento del Principito, no sabía que me estaba enseñando a adquirir lo que es esencial para las más grandes obras de la imaginación: la palpitación mágica del corazón que nos define como seres humanos y nos conecta unos a otros, dándonos una razón para vivir, una manera de sobrevivir, y junto a todo eso, comprender no solo el valor de la felicidad y del amor, sino también su estrecha cercanía con el dolor y la pérdida, comprender el precio que pagamos cuando nos atrevemos a hacer la elección de vivir y amar sinceramente. Sin saberlo, yo estaba experimentando la sensación de una profunda angustia mezclada con la alegría de la creación que es la fuente de toda belleza. A medida que comencé a leer más libros, descubrí que el secreto del zorro era compartido por los más grandes escritores, poetas, músicos, artistas, pensadores a través de los tiempos. Muchos de ellos lo habían expresado de distintas formas y lenguas, como en las líneas del gran escritor persa, Rumi, que había escrito siglos antes en una tierra lejana y en una lengua diferente: “Abre los ojos del corazón, mira tu alma, Todo lo que es invisible se hará en visible para ti”.  Junto a mis visitas a la imaginaria Francia  a través de libros, también había oído bastante sobre la Francia real y su influencia en la formación de ideas y cultura en el Irán moderno. Irán era y aún es cosmopolita. 

Antes de partir para Inglaterra a los trece años ya había leído una variedad de libros de diferentes países, principalmente Rusia, Inglaterra, Norteamérica, Italia y Francia, los que además de la literatura persa estaban entre los fundadores de mi República de la Imaginación. Pero Francia tenía un espacio único en los corazones y mentes de varios miembros del clan Nafisi, especialmente de mis padres. Me encontraba rodeada por el mito de nuestra estrecha cercanía con lo francés debido a la forma en que los franceses se autodefinían a través de su literatura, a través de sus Voltaire, Racine y Mallarmé. Al mirar atrás, me sorprende un poco que cuando por fin visité Francia, su realidad no perdió el brillo en el resplandor de esta mitología seductora.

Pero fue el vínculo de mi familia con la literatura y las afinidades cercanas con la lengua francesa y la literatura lo que más me afectó. Lo que seguía vivo, lo que eclipsaba todos los cuentos reales e inventados sobre Francia y su magia era el secreto que el zorro me había revelado como lo había hecho con millones de otros lectores. Eso fue antes de experimentarlo de distintas maneras, por medio de películas y luego arte y filosofía, eso fue antes de las historias de mi padre sobre la influencia de Francia sobre la Revolución constitucional de Irán en el comienzo del último siglo y el hecho de que el eslogan principal de los revolucionarios iraníes había sido “Libertad, igualdad, fraternidad”. Eso fue antes de empezar a contar todas las palabras francesas que habían ingresado en la lengua persa, transformándolas en propias, palabras que iban desde objetos diarios hasta moda 
y conceptos abstractos: televisión, radio, automobile, merci, monde, mode, alamode, démodé, chic, gentile, compliment, modern, modernité, existentialisme. La palabra “Farang”, un término genérico usado para describir a los países occidentales, tuvo origen en el término “Frank” (que significa franceses); ¡así fue que en un momento en la lengua persa todo el mundo occidental podría ser resumido en Francia! 

El extranjero de Camus fue el primer libro que leí en francés y me quedé con la “gran indiferencia del mundo” que Meursault había sentido en esa última noche estrellada en su vida y aún lo llevo conmigo. Pero además, descubrí el sinsentido de las últimas palabras de Sartre en A puerta cerrada al exclamar “¡el infierno son los otros!”. Creo que fue Nabokov quien dijo, aunque se puede haber dicho simplemente, “el infierno es uno mismo”. Leí casi todos los libros de Camus y de Sartre pero el sentimiento fue una profundización de mi reacción a esos dos libros. Sartre era un creativo, no un escritor, y sus ideas, con el tiempo, a la vez que siguieron siendo brillantes, perdieron su resplandor. Camus fue el que pertenecía a mi sociedad secreta de los zorros imaginarios. Camus fue un zorro que permaneció y permanecerá, ahora lo sé porque cuando leo a Kamel Daoud me lo recuerda, otro lobo en gestación. 

charlie hebdo

CHARLIE HEBDO_tout est perdonne

La última vez que conecté a Francia con el zorro fue después de la masacre en las oficinas de Charlie Hebdo, cuando salió el primer número de la revista. La imagen del profeta Mahoma con lágrimas en los ojos y la leyenda “Tout est pardonné” tuvo un efecto en mí más allá de las palabras. También quería llorar, no solo por esas preciosas vidas que se habían perdido, sino también por compasión, la profunda consecuencia de esa imagen. En Charlie Hebdo no habían correspondido a la furia violenta de los asesinos dentro de la mejor tradición del arte, nos habían llevado a todos a su campo, al campo que desafía la crueldad y la violencia al rechazar el hecho de ser cruel y violento, más bien resistiendo convirtiéndose en lo contrario a lo que son, rechazando el hecho de volverse la imagen de su enemigo. ¿Cómo es que la imagen del profeta y la leyenda me hicieron pensar en la ternura del Islam de mi abuela, cuando ella perdonaba con facilidad aparente?

Hoy ya está lejano, ese pasado y largo día soleado en Teherán, que solo vive en mi memoria, como mi padre, como las sombrías calles de mi niñez, como la sala de cine donde vi por primera vez Les Enfant de paradis3 junto con The big sleep. El piloto, el escritor que escribió el cuento El Principito, murió hace bastante; pero el piloto de la ficción que contó el cuento está tan vivo hoy como lo estaba hace décadas junto con el Principito, el Zorro, la Rosa, incluso la serpiente, y las estrellas que ríen, las estrellas que suenan como cascabeles que llenan las claras noches con las voces del corazón. En el ojo de mi mente, las estrellas se hacen más brillantes y su música más clara en un sentido más real dando la señal de que están aquí para quedarse no solo para los lectores franceses, sino para los lectores de todo el mundo, para los lectores que tienen los ojos para ver, los oídos para escuchar y el coraje para imaginar.

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