Vargas Llosa y el llamado de la tribu

El autor consagrado de América no logra descansar de la escritura y se muestra cada día más prolífico. Se viene una autobiografía que muestra su camino ideológico entre el militante marxista y el defensor del neoliberalismo actual.
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Hace casi siete años que Vargas Llosa recibía el Premio Nobel de literatura en Estocolmo. En ese momento mucha gente creyó que iba a llegar hasta ahí y que después se tomaría su tiempo para otras cosas de la vida. Pero el autor de "La tía Julia y el escribidor" o "Conversaciones en una catedral" no ha demostrado tener el cansancio de los años y el premio terminó por retroalimentar su vicio de siempre: la escritura literaria de novelas, artículos, ensayos, más las clases escritas en las universidades norteamericanas de máximo prestigio. Ese juego incansable dará nuevos libros en el inmediato y próximo futuro. Primero saldrán a la venta sus lecciones académicas en Princeton: "Vargas Llosa en Princeton", que incluye, todos los cursos que Vargas Llosa dio en esa universidad los últimos años. Después, saldrá de la imprenta un ensayo autobiográfico sobre su evolución ideológica.

Esa autobiografía marca el camino ideológico, desde el marxismo militante en Cahuide, la célula universitaria comunista en la que militó de joven durante un breve tiempo, hasta el liberalismo más polémico en los tiempos que corren. El ensayo, que se titulará El llamado de la tribu, incluye no sólo esa reflexión autobiográfica, enlaza en directo con la memoria política que ya escribió en El pez en el agua, poco leído por los lectores de Vargas Llosa en comparación con el número creciente de los lectores de sus novelas. Esos siete sabios liberales, unos más que otros, son Adam Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Popper, Berlin, Aron y Revel. Sus ensayos escritos y las conversaciones mantenidas con algunos de ellos fueron convenciendo a Vargas Llosa de que el liberalismo, entendido como un pensamiento intelectual e ideológico, era su camino. 

Hace cincuenta años en este agosto de calor Vargas Llosa recibió en Caracas el premio Rómulo Gallegos por su novela La casa verde. En el acto de entrega del galardón, el escritor leyó un texto en público que resultó el gran catecismo de su vida: La literatura es fuego. Ahí destaca lo incómodo e inconveniente que un escritor y sus escrituras deben ser para su propia sociedad y para los discursos políticos dominantes en cada momento. A partir de ese momento, cada declaración pública de Vargas Llosa fue un acontecimiento escandaloso. Su camino hacia el liberalismo le valió el anatema de las izquierdas guevaristas latinoamericanas, el ostracismo del castrismo delirante y el desprecio de todos los que creían que Vargas Llosa era un sometido más, igual que ellos, a la superstición revolucionaria.

Ahora es un liberal que tanto fustiga a la derecha autoritaria y dictatorial como a las izquierdas radicales y religiosas, que tanto abundan –ambas– en la política y la vida actual. A sus ochenta y un años, Vargas Llosa sigue manteniendo el horizonte infinito de su escritura como si todavía tuviera que conquistar territorios más allá de la galaxia de Andrómeda. 

Muchos criticarán su diversidad de ideologías a lo largo de su vida, pero todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, esa es su libertad: y mientras Vargas Llosa sigue, firme en el timón, tratando insaciablemente de doblegar el enigma de las palabras hasta convertirlas siempre en literatura y pensamiento nosotros esperamos por su nuevo libro.

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