Cartas de Jorge Luis Borges a Estela Canto

Literatura Por
En un libro llamado "Borges a contraluz" se publicaron una serie de cartas que el genio literario le escribió a uno de sus grandes amores.
Borges a contraluz
Borges a contraluz

Simplemente transcribimos algunas cartas para que se regodee con ellas leyendo sin agregar mucho más. 

Jueves 28.

Querida Estela:

Me dio mucha alegría tu carta, tan parecida a tu voz. Estoy abrumado de tareas que lindan con la literatura: el Séptimo Círculo, la Puerta de Marfil (esta enumeración es suficientemente poética, pero en breve decae) y, ahora, los Anales de Buenos Aires, que dirigiré. Esta mañana me vi en Constitución con Patricio, que me prometió algunas notas. Ojalá tú también te dignaras colaborar. La tarea de construir una buena revista es interesante, pero no deja de ser ardua en un Buenos Aires desierto. Mi actividad me escandaliza. Honor al mérito: días pasados alguien cuyo nombre adivinarás habló de ti como inevitablemente predestinada a una recompensa literaria y municipal. 

Trato de escribir con escaso éxito. En las estaciones del subterráneo, una efigie de Dorothy Lamour momentáneamente consigue parecerse a vos. Muy inexistente, pero tuyo,

Jorge Luis Borges.

Sin fecha.

Querida Estela:

Anoche, cenando y trabajando en lo de Bioy te imaginaba todo el tiempo. Al volver, encima de la mesa estaba tu carta. La nota sobre Twelve against the Gods (Doce contra los dioses) es muy buena, aunque injusta; saldrá en el quinto número de los Anales (el cuarto salió ayer con dos notas de Patricio). Escribí lo de tipográficamente porque fuera de lo relativo a ese adverbio estoy muy abatido. (Un resfrío y dos insípidos días en cama han colaborado.) Ojalá vuelvas pronto, Estela. Peyrou y Ayala han quedado debidamente impresionados por tu nota sobre Kessel. Hasta la pluma con que escribo es deficiente. Te quiero mucho,

Georgie.

Lunes 5.

I miss you unceasingly (te echo de menos incesantemente). Descubrir juntos una ciudad, sería, como dices, bastante mágico. Felizmente otra ciudad nos queda: nuestra ilimitada, cambiante, desconocida e inagotable Buenos Aires. (Quizá la descripción más fiel de Buenos Aires la da, sin saberlo, De Quincey, en unas páginas tituladas The Nation of London.) Además, cuando descubríamos Adrogué, nos descubríamos realmente a nosotros mismos; el descubrimiento de caminos, quintas y plazas era una especie de metáfora ilustrativa, de pequeña acción paralela.

No te he agradecido aún la alegría que tu carta me dio. Esta semana concluiré el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo. Tengo otro objeto semimágico para ti, una especie de calidoscopio.

Afectos a los Bioy, a Wilcock. Deseo que pases en Mar del Plata una temporada feliz y (me dirás que esto es incoherente) que vuelvas pronto.

Yours, ever,

Georgie.

Lunes diecinueve.

Querida Estela:

Una vasta gratitud por tu carta. A lo largo de las tardes el cuento del lugar que es todos los otros avanza, pero no se acerca a su fin, porque se subdivide como la pista de la tortuga. (Alguna noche hablamos de eso, ya que es uno de mis dos o tres temas.) Me agradaría mucho que me ayudaras para algún detalle preciso, que es indispensable y que no descubro. Catorce páginas he agotado ya con mi letra de enano. No sé qué le ocurre a Buenos Aires. No hace otra cosa que aludirte, infinitamente. Corrientes, Lavalle, San Telmo, la entrada del subterráneo (donde espero esperarte una tarde; donde, lo diré con más timidez, espero esperar esperarte) te recuerdan con dedicación especial. En Contrapunto, Sábato ha publicado un artículo muy generoso y lúcido sobre el cuento La muerte y la brújula, que alguna vez te agradó. Se titula La geometrización de la novela. Sospecho que no tiene razón.

¿Qué escribes, qué planeas, Estela? Tuyo, con impaciencia y afecto,

Georgie.

Adrogué, sábado.

A pesar de dos noches y de un minucioso día sin verte (casi lloré al doblar ayer por el Parque Lezama), te escribo con alguna alegría. Le avisé a tu mamá que tengo admirables noticias; para mí lo son y espero que lo sean para ti. El lunes hablaremos y tú dirás. Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado. Querida Estela: hasta el día de hoy he engendrado fantasmas; unos, mis cuentos, quizá me han ayudado a vivir; otros, mis obsesiones, me han dado muerte. A éstas las venceré, si me ayudas. Mi tono enfático te hará sonreír; pienso que lucho por mi honor, por mi vida y (lo que es más) por el amor de Estela Canto. Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía, 

Georgie.

[Estoy en Buenos Aires, te veré esta noche, te veré mañana, sé que seremos felices

juntos (felices, deslizándonos y a veces sin palabras y gloriosamente tontos), y ya siento el dolor corporal de estar separado de ti por ríos, por ciudades, por matas de hierba, por circunstancias, por los días y las noches. Éstas son, lo prometo, las últimas líneas que me permitiré en este sentido; no volveré a entregarme a la piedad por mí mismo. Querido amor, te amo; te deseo toda la dicha; un vasto, complejo y entretejido futuro de felicidad yace ante nosotros. Escribo como algún horrible poeta prosista; no me atrevo a releer esta lamentable tarjeta postal Estela, Estela Canto, cuando leas esto estaré terminando el cuento que te prometí, el primero de una larga serie. Tuyo.] 

Sin fecha.

Dearest:

Ya Mar del Plata es Adrogué o Buenos Aires, ya todo alude a ti. (Desde luego, tal es el destino de los lugares en que yo estoy.) Trabajo con Adolfito regularmente, y cada tarde inventamos o intercalamos en el film una nueva escena. Todo eso lo hago con una porción externa del alma, que trabaja con trivialidad y eficacia; siempre, algo profundo en mí te recuerda.

Con Silvina siempre hablamos de ti. Me ha hecho un espléndido retrato que exornará (?) mi libro de cuentos; se adivina que estoy pensando en ti. Tengo un poco tus ojos. ¿Cuándo lo verás? Me han conmovido mucho tus cartas. (Me atrevo a ese plural porque Silvina me ha mostrado la que le enviaste.) Quiera Dios que hablemos mañana. 

Estela, un abrazo. Tuyo con impaciencia,

Georgie.

Miércoles cuatro.

Estela adorada:

Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre. No he recibido una línea tuya. Pienso en algún inverosímil contratiempo postal; no sé con qué inflexión escribirte, no sé quién soy ahora para ti. Vanamente procuro conciliar tu cariño y tu cortesía de ayer con tu silencio de hoy. No te pido explicaciones, te pido un signo de que aún existo para ti, de algún modo. El viernes estaré en Buenos Aires.

¿Habré de repetirte que te quiero y que podemos ser muy felices? Estela, no me dejes así.

Tuyo, muy solo,

Georgie.

He concluido, bien o mal, tu cuento. 

Fuente: el apice cultural

Te puede interesar

google-site-verification: google5fe333d7a5080da2.html