Martín Vives, cincuenta años al servicio del teatro porteño

ENTREVISTA SEMANAL: El actor, director y dramaturgo mantiene intacta su pasión por el teatro porteño y hasta creó su propio método: El teatro-terapia
martin vives
Martin Vives

Estuvimos con el director teatral Martín Vives, quien cumple medio siglo relacionado con el teatro de Buenos Aires. Actor, dramaturgo y entre otras cosas director del teatro Armando Discépolo por más de 20 años y creador del método teatro-terapia que enseña en el teatro Cabildo.

¿Cómo fue el inicio de su vocación teatral?

MV: La vocación nace desde muy pequeño, a los 16 ya era profesional. Ya era apuntador profesional, trabajé en el Gran Splendid, por ejemplo, pero siempre insistí con tomar clases. Me formé con Alejandra Boero, y con otros maestros. Pero después al poco tiempo dejé la actuación, fue muy breve mi paso por la actuación porque me interesó más la dirección. Me interesó mucho más la puesta en escena y por eso me aboqué de lleno.

¿Y junto con la dirección vino la docencia?

MV: Si, después comencé con la docencia, cuando dirigía el teatro Armando Discépolo hace veinte años. Y desde que cerró nos vinimos acá al barrio de Belgrano acomodamos esta casa que no era teatro y la reformamos desde hace 25 años.

Acá trabajamos muy bien, primero tratamos de formar actores con actuación, taller terapia, educación de la voz y en la sala todos estos años hemos hecho la puesta en escena de varios clásicos.

¿Con adaptaciones suyas?

MV: Sí, he hecho la trilogía Lorquiana, Bodas de Sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba y las fui desarrollando en tres etapas distintas. También pusimos en escena autores argentinos, Discepolo, Alejando Casona con “Los árboles mueren de pie”, en fin una diversidad importante de autores argentinos para despuntar el vicio.

¿Y de autoría propia?

MV: De autoría propia tengo varias obras estrenadas. Una es Retrato, El corruptor, El sueño azul,  Conmigo, y muchas más…

Me imagino que en medio siglo de trayectoria habrá muchos títulos… ¿Tiene alguna línea temática para las obras?

MV: No, yo creo en el teatro con compromiso emocional. No de compromiso intelectual. S decir, en mis selecciones son dónde puedo encontrar que los sentimientos fluyen y que pueden convivir con el espectador.  Que tenga un ida y vuelta. Eso es un poco la línea y después me manejo con un realismo mágico, con un realismo sintético.

¿Adecuando la obra a la época también?

MV: No necesariamente, las obras clásicas con actuales. Cambian los ropajes. En ese sentido tengo una anécdota con Discépolo. Yo era mucho más joven y lo fui para comprarle los derechos de “El organito” y la respuesta fue “No pibe, eso ya pasó…”, entonces me enojé y le dije “Pero no me puede decir eso…, cambiará el ropaje, pero el conflicto padre, hijo, las miserias humanas son eternas”.  Y bueno finalmente lo convencí y me dio los derechos.

¿Y la pusieron en escena?

MV: La hicimos en un teatro que estaba en Chacarita, el Leiva, y debuté como director con “El organito”.

En otra época estuvimos contratados por la Municipalidad de Lomas y hacíamos Lomas, Adrogué, Temperley, toda la zona sur.

¿Usted es de zona sur?

MV: No, pero el director de Cultura de Lomas le interesó lo que hacía y me dijo si no quería ir a hacer obras a dar talleres, y yo vivía en capital y me venían a buscar con el Camión de la Basura. Cargábamos los decorados y allá íbamos…  A veces a calles de tierra en las que llevábamos todo al hombro porque no se podían entrar con los camiones, pero fue muy hermosa esa experiencia.  

¿En qué época fue?

MV: Y…  te estoy hablando de hace 40 años… Y llevábamos el teatro a gente que nunca había visto teatro en su vida y no necesitaban gran cultura para encontrar esa comunicación con el teatro visceral. Por eso yo insisto en el eje emocional, porque se comunica desde la emoción.

¿Usted que cambiaron las relaciones emocionales en este auge comunicacional global que existe?

MV: Si, han cambiado y no creo que sea para bien. Hay mucha superficialidad, banalidad poca raíz profunda. Se va al teatro para pasar el tiempo y a veces para no decir nada o no llevarse nada...

¿Hay un solo teatro?

MV: No, hay teatro con compromiso y teatro sin compromiso. Se hace teatro para ganar plata, en donde no se dice nada, no se transmite nada, que no tiene compromiso ni intelectual, ni emocional, eso no es teatro, puede ser un programa de televisión…, el teatro debe dejar algo, deber hacer que la gente se vaya pensando, que se vaya mejor.

El teatro no es un hecho comercial. Cualquier teatro pequeño lucha por mantenerse, nadie se va a hacer rico con una sala de cincuenta butacas. Aunque se llene todas las funciones. Tiene que dejar un mensaje, compartir una vocación y las ganas de dejar algo.

¿Qué le pide a los actores a la hora de dirigir?

MV: Compromiso. Y ahí también cambiaron las cosas. No se tiene el mismo compromiso que antes.

¿Pero no va de la mano el compromiso con la vocación de ser actor?

MV: Si, pero la gente está muy apurada viene a ensayar y se van corriendo a ensayar a otro lado, porque actúa en más de una obra. Y eso resta compromiso.  Y se ve mucho en los alumnos. En general la gente no vive del teatro, cada uno tiene su trabajo y a eso le agregamos la cantidad de compromisos asumidos, le resta calidad teatral. Y en la platea la gente se da cuenta cuando algo tiene el compromiso, el trabajo de cada gesto de cada movimiento.

¿A la hora de escribir usted piensa como director?

MV: No, no… y me peleo conmigo mismo. Me peleo en la etapa posterior. Pongo una obra mía y me pelo con el autor, pero en este caso siempre gana el director. Siempre le doy libertad al director para terminar el producto como él lo lea.

¿Cómo sería esa pelea, en qué situación se daría?

MV: Cuando el relato de una escena necesita un corte y el relato en escena necesita otro ingrediente…

Es ahí cuando se mete el autor y le dice al director no me recortes el texto…

MV: Si, claro. En realidad siempre hay una unidad…, uno no es otro cuando escribe que cuando dirige pero son posiciones distintas… Como cuando enseño.

¿Y a los alumnos qué les pide?

MV: En general voy a ser repetitivo, pero les pido compromiso. Porque... mire, a raíz de todo ese tema cuando yo dirigía el teatro Discépolo me di cuenta de que la gran mayoría de los que venía a estudiar, no venían a ser actores o actrices. Querían un espacio para volcar emocionalmente lo que no podían plasmar en la vida. Las frustraciones, la carga, los problemas psicológicos… por eso escribí la teatroterapia, porque me di cuenta que la mayoría no llegaba con una gran vocación actoral sino en búsqueda de un espacio donde canalizar sus minusvalías, sus miedos, sus angustias… las conflictividades que no podían superar.  Mi función era tratar de mejorarlos en ese sentido pero también inclinarlos para la profesión.

¿Y lo lograba?

MV: A veces si, a veces no. Pero si no lo hacía me conformaba con ver a esas personas que a lo mejor dejaban de venir pero decían yo supere esto, o superé aquello.

Cuénteme ¿de qué se trata la teatroterapia?

MV: Son técnicas teatrales para el mejoramiento personal.

Esa es la definición en crudo, ¿puede desarrollarlo para entenderlo mejor?

MV: El teatro produce modificaciones, porque genera una apertura mental. Usted hace otros roles de los que hace en su propia vida. Hace cosas que en otras circunstancias nunca hace, y eso le permite tener una visión muy distinta a estar encerrado en una profesión, en una formación, en el trabajo, cuando de repente tiene que hacer trabajos que nunca los había pensado… Eso ya hace una apertura. Y entonces se trabaja con lo que es la educación de la voz, los genes expresivos, el concepto de percepción, de relajación, con objetos.  Y lo que se le pide al alumno que asiste es que se comprometa, que crea en esos roles que tiene que hacer. Y entonces si cree en eso, si juega a la situación tiene un efecto catártico sin ser él, siendo otra persona… Esa libertad le permite jugar, que es lo fundamental del teatro. Eso es un poco la idea de la teatroterapia.

¿Y cuándo se creen eso, lo logran?

Si, depende de cada uno y del compromiso, pero cuanto más se comprometa, más efecto catártico hay. Es una especie de purga de lo negativo. La carga negativa no se muere, se transforma y de eso se trata de transformar lo negativo en positivo. Y ahí es cuando se dan cuenta de que tenían una capacidad que no creían, que pueden asumir situaciones que no pueden en la vida cotidiana.

¿Tiene algún ejemplo?

MV: Si por ejemplo, un señor de cuarenta y pico de años, que tenía una vocecita chiquita y timorata y empezamos a trabajar la voz, pero no era la voz solo sino un tema de inhibiciones, por lo que muchas personas se burlaban de él. Y cuando logró superar la situación, un día vino y me dijo “Martín, no sabés como se sorprendieron todos ayer porque pegué tres gritos en el trabajo que no lo podían creer”. Y como ese caso también existen muchos que superaron situaciones personales mediante la teatroterapia. Pero además de lograr estos avances personales el docente busca el perfeccionamiento actoral y en ese caso el docente está al servicio del director, como para lograr algún resultado positivo en los alumnos, porque la muestra de fin de año tiene que ser como la puesta de cualquier obra.

¿Cómo se siente cuando escribe una obra y la dirige otro?

MV: Las visiones son muy subjetivas, con el mismo texto se puede hacer un sainete y un drama, entonces cuando dirijo trato de servir al director y pretendo que cuando dirigen algún texto mío no me parece correcto que cambien el mensaje de lo que se escribió en el texto.

¿Dentro de su trayectoria, cuál de sus etapas le parece la más brillante o la que más disfrutó?

MV: Todas las etapas fueron distintas y todas tienen distintos sabores. Si te hablo de cuando hacíamos teatro en Lomas y me venían a buscar en camión, te hablo de una etapa muy feliz, y también cuando dirigí el teatro Discépolo, al cual venía gente del Teatro Colón, vino Capuano Tomei con el programa jazz caliente, y muchas otras actividades muy interesantes…, esta es una etapa más humilde…, pero no tengo una en particular, todas fueron lindas y siempre fue difícil hacer teatro.

¿Incursionó en algún clásico teatral?

MV: Mi autor preferido es Lorca, que es clásico. Pero moderno al mismo tiempo. Pero no he incursionado en obras completas. Porque no me siento cerca del texto… por eso hice mucho a Discépolo y he hecho a Fontanarrosa también.

Por estos días el director tiene en escena una versión de "La casa de Bernarda Alba" y está reponiendo una nueva versión de su obra "El corruptor", estrenada en la década del 70 por José María Langais y Gilda Louseck en el teatro Cabildo. 

 

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