Poesia, louvação da vida

Cultura do Rio Por
Os poetas são estranhos e esquivos, ninguém os escolhe na hora de montar um time de futebol de rua. Versión español: Los poetas son extraños y esquivos nadie los elije a la hora de jugar un partido de fútbol en la calle.
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Traducción al español: Walter Gustavo Telesca

Meu amigo Geraldinho Carneiro escreveu um belo artigo na Revista aqui do GLOBO, sobre o aprendizado da louvação. Descobriu, com a experiência alegre e frustrada de um bar que teve, coisas boas e coisas ruins. E que é isso mesmo que faz a matéria da louvação da vida. “Que lições extraí do Experimento Barcarola? Não sei. Talvez todo tempo tenha o seu horror e a sua graça”... “Mesmo nas piores circunstâncias, precisamos comemorar a vida.” Geraldinho Carneiro é poeta.

Os poetas são inúteis, é o que se diz habitualmente. Já ouvi, como conselho, que a poesia não dá camisa a ninguém. Escrevi cinco livros e não ganhei camisa, é verdade. Mas alguns versos ali prestaram, houve pessoas que se emocionaram com eles. E, aqui e ali, louvei a vida. Procurei Deus e o encontrei. Celebrei o encontro. Coisa para festejar, mesmo, pela vida toda. Eu tinha me perdido dele muito cedo. E o achei, sem pompa, já depois dos 50. A poesia ajudou. Disse-lhe muitos desaforos em versos zangados. E muitas ternuras. Um dia ele voltou. E nunca mais escrevi um verso. Quase 15 anos. Nem um verso... Essa é a parte ruim. Mas foi nesses livros que aprendi a louvar a vida. Deus me fazia falta. Mas a vida era para se celebrar. O artigo de Geraldinho Carneiro me lembrou disso. Quem sabe ainda tenho umas coisinhas para escrever de nome poesia. Se for, dedico o livro a ele.

Desculpe, quem não gosta dessas coisas, o tom confessional. Mas a poesia é assim. Em primeira pessoa. É um dos umbigos do mundo. Acabamos sempre, olhado o poema bem de perto, escrevendo sobre nós. Como quem convida. Venha quem quiser, leia aqui as coisas que encontrei e a forma em que as disse, depois se afaste devagar, meio oscilante, como quem viu anjos na contraluz do sol e ficou sem pernas. Como o bêbado de Dante Milano: “O bêbado que caminha/que rei bêbado será?” Um, quem sabe, que acabou de ser sagrado pelos versos de Cruz e Sousa: “Vai, peregrino do caminho santo,/ faz da tua alma a lâmpada do cego. E foi depois, rei oscilante nos seus passos, procurando a cegueira do mundo. O rei bêbado. Talvez, como Drummond autovaticinou: “...ser gauche na vida”.

Os poetas são muitas vezes assim: estranhos e esquivos. Ninguém os escolhe na hora de montar um time de futebol de rua. Têm olhos meio enviesados, perdem a trajetória e o momento da bola. Vão no máximo para o gol, os últimos escolhidos. Não tem importância. Saem com poemas sobre o futebol, como os de Chico Buarque. O time não gosta, quer lhes atirar pedras. Mas os poetas tomam mesmo pedrada habitualmente, não se incomodam muito. Eles estão tantas vezes desarmados no meio da tarde, inventando girassóis, e sabem que o Anjo com sua espada imortal, feita do aço duro da eternidade, pode cortá-los ao meio ou deixá-los passar. Nunca sabem antes. Por isso lutam. Brigam com as palavras, que são sua bênção. Deus fez o mundo em palavra. Mas elas são esquivas, delicadamente traiçoeiras. “Lutar com palavras/é a luta mais vã./No entanto lutamos/ mal rompe a manhã”, escreveu Drummond, que foi o mestre maior desse tourear.

A poesia não tem a universalidade abissal da música, que não precisa de tradução, atinge no peito as pessoas mais distantes no planeta e na fala. A poesia precisa de uma língua. E é muito difícil de traduzir. Os tradutores de poesia são heróis e santos. Entregadores de tesouros. Traduzir Shakespeare é escrever junto com ele. Que privilégio! Alguém mergulha fundo num tempo que não é o seu, luta com palavras que não são as suas, compara-as com as habituais da sua língua, encanta-as e volta, molhado da água do mergulho e do suor do trabalho. Exausto e feliz. E nos dá coisas tão preciosas, construídas de palavras que foram geradas duas vezes. Chegam ásperas ou polidas, mas chegam às nossas línguas. São novas. Velhas em outras falas, agora escorrendo orvalho novinho na língua que usamos para cantar e falar, xingar e fazer a paz.

Maísa me comove me sacode me buleversa”. É Manuel Bandeira encantado com a voz de Maysa Matarazzo. A poesia buleversa, que é o jeito francês de dizer que perturba até a raiz. Serve para celebrar a vida que começa: “Hoje nos nasceu um menino”, está nos Evangelhos. Serve também para preparar-se serenamente para a morte. Odylo Costa, filho, preparou-se assim: “Sinto nas sombras o invisível rio/descer tão lento agora que a canoa/para no susto antigo que a povoa./ Nem alegria ou dor, calor ou frio./ No mundo ponho uns olhos bons de avô:/ foi a boca da noite que chegou.” E morreu sereno. Nós é que não nos preparamos. E continuamos espantados.

A poesia serve também para isso: lembrar infindavelmente. É a memória do mundo e das vidas pequenas. Louva a vida. Não deixa a vida se afogar na tristeza da desesperança.

Versión en español


Mi amigo Geraldinho Carneiro escribió un hermoso artículo en la revista Aquí de Globo sobre el aprendizaje de la alabanza. Descubrió con una experiencia alegre y frustrada de un bar que tuvo, cosas buenas y malas. Y es eso mismo lo que hace a la nota de la alabanza de la vida. "¿Que lecciones del Experimento de Baracarola?" No sé, tal vez tenga todo el tiempo el horror en su gracia... Aun en las peores circunstancias precisamos de festejar la vida. Geraldinho Carneiro es poeta.

Los poetas son inútiles, es lo que dice habitualmente. Ya lo oí como consejo que la poesía no da de comer. Escribí cinco libros y no gané ni para una camisa. Es verdad. Pero algunos versos quedarán. Hubo personas que se emocionaron con ellos. Y aquí y allí alaban la vida. Busqué a Dios y lo encontré. Celebré el encuentro. Cosa para festejar la vida enterar. Yo ya lo había perdido hacía mucho tiempo. Y lo hallé, sin tanta pompa después de los 50. La poesía ayudó. Le dije muchos cosas en versos enojados y muchas ternuras también. Y un día él volvió y nunca más escribí un verso. Casi quince años. Ni un verso... esa es la peor parte. Pero fue en esos libros que aprendí a alabar a la vida. Dios me hacía falta porque la vida era para celebrar. El artículo de Geraldinho Carneiro me recordó eso. Quien sabe todavía tengo algunas cositas para escribir con nombre de poesía, si así fuera le dedicaré mi nombre a él.

Disculpe a quien no le gusten esas cosas, es un tono confesional. Pero la poesía es así. En primera persona. Es uno de dos ombligos del mundo. Acabamos siempre, mirando el poema bien de cerca escribiendo sobre nosotros como quien invita. Venga quienes quieran, lean aquí las cosas que encontré y la forma de como lo dice, después se aleja despacito, medio oscilante, como quien vio ángeles en el contraluz del sol y se quedó sin piernas para correr. Como borracho de Dante Milano: "El borracho que camina, ¿qué rey borracho será?" Uno, quien sabe, que acabó de ser sagrado por los versos de Cruz o Sousa: "Vaya peregrino del camino santo/ haga de su alma la lámpara del ciego." Y fue después, rey oscilante en sus pasos buscando la ceguera del mundo. El rey borracho. Tal vez, como Drummond vaticinó:... "ser gaucho en la vida".

Los poetas son muchas veces así: extraños y esquivos. Nadie los elije a la hora de jugar un partido de fútbol en la calle. Tienen ojos medio atravesados, pierden la trayectoria y el espacio de la pelota. Van como mucho para el gol, los últimos elegidos. No tienen importancia. Salen con poesías sobre el fútbol, como el de Chico  Buarque. Al equipo no le gusta quieren tirarle piedras. Pero los poetas están acostumbrados a las pedradas no se incomodan mucho. Ellos están tantas veces desarmados en el medio de la tarde, inventando girasoles y saben que ángel con su espada inmortal hecha de acero duro de la eternidad puede cortarlos al medio y dejarlos pasar. Nunca saben antes. Por eso luchan, pelean con sus palabras que son su bendición. Dios hizo el mundo en palabras, pero ellas son esquivas, delicadamente traicioneras. "Luchar con palabras/ es la lucha más vana. /En cuanto luchamos mal, se rompe el mañana", escribió Drummond que fue el más grande maestro en ese luchar.

La poesía no tiene la universalidad abisal de la música, que no precisa de traducción, se aferra al pecho de las personas más distantes del planeta y del habla. La poesía precisa de un lenguaje, es muy dificil de traducir. Los traductores de poesías son héroes y santos. Entregadores de tesoros. Traducir Shakespeare o escribir con él. ¡Qué privilegio! Alguien bucea profundo en un tiempo que no es suyo, lucha con palabras que no son suyas, compara con las habituales de su idioma, las encanta y vuelve mojado en las aguas del buceo y del sudor de su trabajo. Cansado y feliz. Para entregarnos cosas maravillosas construidas de palabras que fueron generadas dos veces. Llegan ásperas o pulidas pero finalmente llegan en nuestro idioma. Son nuevas, viejas, en otros idiomas, ahora escurriéndose bajo el ovillo nuevecito en el nuevo idioma que usamos para cantar, hablar, insultar y hacer las paces.

"Maysa me conmueve, me sacude, me golpea" Es Manuel Bandeira encantado con la voz de Maysaa Matarazzo. La poesía lo golpea, que es una costumbre francesa de decir, que perturba hasta la raíz. Sirve para celebrar la vida que comienza: "Hoy nació un pequeño", está en los evangelios. Sirve también para prepararse serenamente para la muerte. Odylo Costa hijo se preparó así: "Siento en las sombras el invisible río/ desciende tan lento ahora que la canoa / para el susto antiguo que provoca. Ni alegría ni dolor, ni frío ni calor. En el mundo pongo unos ojos buenos de abuelo: fui la boca de la noche que llegó." Y murió sereno. Nosotros es que no nos preparamos y continuamos espantados.

La poesía sirve también para eso: recordar indefinidamente. Es la memoria del mundo y de las vidas pequeñas. Loas a la vida. No deja a la vida apagarse en la tristeza de la desesperanza.

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