"A los 10 años empecé a escribir y lo haré hasta que me muera"

Entrevista SEMANAL. Martín Barreiro es autor, actor y director, tiene más de dos décadas al frente del Teatro El convento en el cual ha puesto en escena las grandes obras de la dramaturgia mundial, transformándose en un referente local en adaptaciones de clásicos.
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¿Cuesta mucho cambiar La mentalidad de que La cultura es una inversión y no un gasto...?

MB: Es cierto, al menos desde lo oficial si y cuesta mucha también cambiar ese pensamiento. Y quieras o no es un freno, que te hace chocar primero con la burocracia, que es enorme. En todo lo que es cultura la burocracia estatal es gigante y cuesta llegar a un subsidio, cuesta llegar a un apoyo, cuesta llegar a todo. En estos veintipico de años de dirección en el Teatro del Convento creo que he conseguido un 2% de todo lo que he pedido con la compañía de teatro… y entonces eso hace más difícil el trabajo… acá todo cuesta más. Nosotros tenemos un comodato con los Frailes por la sala y los únicos que nos han ayudado son ellos, que nos han dado un lugar y nos han permitido hacer un teatro que es algo alejado para el pensamiento religioso, aunque el teatro está ligado a lo religioso desde siempre con la liturgia y todo eso…, pero ellos han tenido esa generosidad con nosotros que no creo que exista otro convento que lo permita, ya que si bien hay otros conventos, este es el único que está abierto al público. Tienen un pensamiento europeo que aquí no abunda porque en Europa existen muchos conventos que tienen su teatro. Y este tiene toda una mística, una paz, entrás y escuchás los pajaritos en pleno microcentro porteño y eso le da un valor agregado a la sala.

Imagino que habrás visto muchas cosas en los últimos 20 años estando frente al Banco Central…

MB: Si, acá hemos visto muchas cosas, de todo. Hubo épocas en que se tuvo que cerrar las puertas, hubo épocas de manifestaciones muy fuertes, sobre todo cuando pasó lo del 2001. Cada manifestación, sea de festejo o sea de protesta la vivimos siempre, estamos muy cerca del punto neurálgico de la ciudad. Es más un sábado estábamos haciendo función casi a fin de año y en la Plaza de mayo había un acto y se escuchaban bombas, estruendos, y dentro de la sala que no está preparada acústicamente se escuchaba todo y era muy gracioso, porque tuvimos que incorporar en la obra esos ruidos de cañón que estábamos padeciendo.

¿El entorno te modifica la forma de trabajar la obra?

MB: Si, por supuesto que modifica. Es diferente si estás haciendo comedia o drama, pero en esa anécdota que te conté estábamos haciendo una comedia de Molliere y nosotros trabajamos mucho con la improvisación del momento, respetando el texto, pero siempre hacemos un fuera de texto con una alusión que tenga que ver con la coyuntura actual para crear un poco de empatía con el público.

¿El aggiornamiento hace que se identifique más con la obra?

MB: Si totalmente, se siente enseguida identificado, baja un poco el clásico y baja un poco el nivel de ansiedad que tiene un público que a veces no está acostumbrado a ver un teatro así. Con el público joven pasa más, y a veces con los chicos, porque hacemos funciones de comedias clásicas para que traigan a grupos de escuelas y puedan fijar la idea de disfrutar una obra de teatro desde chicos. Y siempre respondieron bien, una vez en plena función se cortó la luz, tuvo un desperfecto la consola y sólo teníamos que bajar uno de nosotros subir la llave del tablero eléctrico y listo. Los chicos se rieron, hicimos alusión y al finalizar tenemos un libro de visitas y el protagonista era apagón y uno de ellos escribió “que apagón pague la luz”. Cosas como esas, muy graciosas, es la que te devuelve un público que disfrutó la obra.

¿Cómo trabajás la adaptación de los clásicos?

MB: Yo no trabajo los clásicos agiornándolos cambiando el léxico y tratando de “vos”, como he visto en otras obras, a mí me gusta conservar en lo posible, el texto como es. Y si le facilito al público que entienda el texto me parece que no estoy haciendo algo interesante, lo que tengo que hacer es que a través de la propuesta, el público sí entienda lo que estamos proponiendo. El texto trato de respetarlo un 100% pero no me queda otra que hacer adaptaciones porque son obras muy largas con muchos personajes, pero trato de conservar todo lo que puedo. Por otro lado las traducciones generalmente son muy malas, están hechas a finales del siglo XIX en España o México y no hay argentinas y entonces es como que son lejanas en vocabulario y en el tiempo. Y todo eso cuando trabajo con la adaptación lo reveo y por lo general trabajo con el original, que también cuesta encontrarlos, porque por ejemplo de Shakespeare no ha quedado nada, sus textos han sufrido tantos filtros de filtros que se hace mucho más difícil. Como también es difícil hacer teatro español, el barroco de esa época Lope, Calderón, Tirso porque el público está muy alejado de lo que es el verso y no es fácil hacer una adaptación porque todo responde a una métrica y si sacás un palabra cambia todo entonces hay que sacar estrofas completas…

¿Y en ese sentido cómo te sentís más cómodo, como adaptador, cómo director, cómo autor…?

MB: Esencialmente soy actor y empecé trabajando como actor pero la necesidad del medio me llevó a ser director y una necesidad interior me llevó a ser autor, que es lo que menos hago pero es lo que más me gusta y sé que es lo que voy a continuar haciendo hasta que me muera.

¿Siempre relacionás tus escritos con los clásicos?

MB: Si, por lo general todo tiene una relación con un tema clásico, o con un clásico. Un poco por el lugar, no puedo hacer muchas cosas, no porque me lo prohíban, pero trato de entender en el lugar que estoy y sabiendo que tengo que conservar este lugar. De repente a veces viene gente que no le gusta el clásico y descubre cosas que le gustan arriba del escenario, porque no todos hacemos los clásicos igual y a veces se hacen muy malos clásicos y la gente es como que tiene miedo de venir a ver un clásico. Y hoy la gente está tan acostumbrada al cine a la TV y no soporta 2 horas de texto, de texto y de texto, y entonces hay que hacer alguna vuelta de tuerca desde la puesta para que el público se entusiasme.

En relación a los textos hay una frase de Becket que dice que en ocasiones cada palabra es una mancha en el silencio, ¿vos coincidís con eso o crees que por el contrario el silencio enriquece al texto dándole otro matiz?

MB: Pero depende de qué silencios… En la actuación el silencio es una herramienta que tiene el actor para regenerar ideas que tengan que ver con su composición con el personajes que está haciendo… Y en un director, porque es diferente la pausa de un director y la pausa de un actor, depende de lo que el director quiera mostrar y si realmente necesita una pausa como para que el público respire, tome aire nuevo y poder avanzar con la idea. Yo creo que eso uno lo siente mientras lo estás viendo. No soy intuitivo porque estudié dirección, soy egresado del EMAD, y no lo hago por intuición, me formé, estudié con maestros y el tiempo pasó y uno va tomando su personalidad propia y encontrando sus propios lugares para los silencios y tiene que ver con eso… A mí no me molesta la pausa y en una obra como puede ser Ibsen o Strimberg o Chejov mismo, uno se tiene que sentar y tiene que escuchar un texto, no va a haber mucho más… Y ahí tiene que saber cómo dirigir, creo que un director es el primer espectador, de ahí en más es vanidad.

Cómo director de teatro independiente y a pesar de tener una sala permanente, ¿considerás que esa energía que consume la vorágine que tiene los grupos actorales de salir a buscar sala en tu caso se canaliza en una mayor calidad de la obra?

MB: Yo creo que sí, el producto que uno termina haciendo, es producto que uno consigue con los actores, con la producción, convergiendo en las mismas ideas, inclusive generando determinados ideales. Por mi parte me comparo sin modestia, con humildad pero sin modestia, con el teatro Payró…, con el Teatro del Pueblo…, que fueron generados por actores del teatro independiente, que se hicieron a pulmón. El Payró es el gran ejemplo de todos los que tenemos una sala para poder lucharla. Y en ese sentido me gusta más compararme con ellos porque supieron generar corriente de público a partir de una mística del trabajo y ojalá nosotros pudiésemos transmitirlo así al público que viene al Teatro del Convento. Lo que preguntás es así, nosotros trabajamos y ensayamos una obra, muy tranquilos sabiendo que la vamos a estrenar, en cambio en los grupos nómades ellos ensayan donde se puede, sin saber si la obra se estrenará porque tampoco saben si encontrarán sala… sé muy bien de eso porque antes de estos 20 años que estoy en el convento, ensayaba en plazas, en un living, y sé lo que es ahorrar el dinero como para poder producir la obra. Y entonces sí, me parece que se gana en calidad el hecho de saberse seguro.

¿Cuándo y cómo surge tu vocación por el teatro?

MB: Creo que tiene que ver con la formación de mis viejos primero, de mis tías… eran como muy fanáticos del cine y entonces yo también en principio me gustaba mucho el cine, un poco por la influencia de ellos. Entonces el cine fue como un primer amor, una cosa muy impactante que yo tenía, de hecho quise ser director de cine pero que fue toda una historia que se fue truncando y abriendo otro camino. Pero a los 10 años sabía lo que iba a hacer, ya escribía y hacía obritas para el colegio. Y tuve la suerte de tener padres que me apoyaron y no tuvieron ningún problema, a pesar de que era una época en que el teatro no era bien visto. Obviamente como todos padres me preguntaron si no quería hacer algo más productivo, pero bueno yo cumplí con lo que ellos me pidieron que era concluir el secundario y después ellos me apoyaron cuando empecé a estudiar en Emad, estudiaba en la Universidad Kennedy que tenía una licenciatura en teatro, y todo ese tiempo de apoyo y estudio fue en la época de la dictadura militar, porque empecé a estudiar en el 76 y fue muy duro todo eso.
Había rendido 3 veces el ingreso en el instituto de cine y cuando logré entrar se hizo muy difícil seguirlo, porque era enorme el miedo que tenían mis viejos por la época en la que estudiaba y seguí estudiando pero en un país donde no ves horizontes me pregunté ¿cuándo voy a hacer una película?, en cambio una obra de teatro si era factible y decidí seguir con los estudios de dirección teatral y si cambiaba la cosa volvería a retomar mis estudios de cine… La decisión no me dolió, yo amaba el cine, pero hago teatro desde los 14 años cuando mi mamá iba a esperarme a la salida de los grupos junto con mi hermana que también es actriz y más adelante estudié con Battaglia frente al Teatro San Martín y posteriormente conocí a la maestra de mi vida que fue una señora llamada Irena Dodal que vino a este país desde Checoslovaquia con mucha vida detrás, era directora de cine, de teatro, hizo muchas películas acá y los 10 años que estuve con ella me enseñó todo lo que sé de dirección a pesar de que yo estudiaba en la Emad. Es una persona muy querida por mí y como dice Walt Whitman uno ama a sus maestros hasta el final, pero llega un momento que te los tenés que sacar de encima para ser vos y es lo que intenté hacer. Creo que el clásico me viene por todos esos maestros que tuve, porque el clásico tenía un lugar en las escuelas, en cambio hoy no se les da el mismo espacio en esas escuelas de formación.

¿Y ese cambio a qué se lo adjudicás?

MB: Yo creo que es como todo, todo a ha cambiado y a veces cambia para mal. No creo que todo tiempo pasado fue mejor pero sí, que hay que revalorizar algunas cosas, y no lo digo sólo por el teatro clásico que yo hago, sino por el teatro en general, por el teatro clásico argentino, para que el público los pueda ver… “Las de barranco” se hace siempre, pero hay que colocarle cosas para que el público se renueve, hay que agiornarla un poco para revalorizar y que el nuevo público no se aburra.

¿Cómo ves al teatro hoy en día?

MB: A nosotros nos cuesta tanto traer público como a cualquier teatro “comercial”, nada más que ellos necesitan 300 y nosotros con 20 ya estamos contentos. La rueda como diría Bretch todo el tiempo da vueltas y entonces una temporada tenés laburo y otra no, entonces los que no tienen vuelven de nuevo al teatro independiente para que se los vea, es una especie de vidriera… y me parece bien que sea así. Lo que pasa es que Bs. As; es tan efervescente en eso, hay tantos espectáculos, que es demasiado para la cantidad de gente que hay. Porque, digamos, que la crisis del teatro, que siempre está en crisis, ha sufrido los coletazos de la tecnología. Ahora la gente tiene mucha más oferta para quedarse en su casa, más allá de que el espectador de teatro va siempre, pero si quiere sobrevivir…, que lo va a lograr porque el teatro viene con el hombre tiene que buscar nuevas alternativas, como por ejemplo, empezar a bajar la media de edad para que los chicos y los adolescentes se diviertan y disfruten. Hay que alejarlos un poco de los números en la cabeza y pensar que sólo darán dividendos, hay que darle otros elementos para juzgar. Sé que es difícil porque las escuelas tienen miles de problemas y no se preocuparan en llevar a los chicos al teatro, pero así como con el deporte estaría bueno que se diera teatro y me parece que es una forma fabulosa…

Sí, lo que se me ocurre es que si comparamos el deporte con la cultura del teatro, hoy por hoy vivimos en épocas en las que el esfuerzo está mal visto y desvalorizado y entonces es más fácil dedicarse al fútbol que con poco esfuerzo se puede ganar más que con el teatro…

MB: Si eso es muy claro, el concepto de dinero es muy fuerte y en el mundo ganó una ideología que manda. Si lográsemos como país cambiar un concepto fundamental que tiene que ver con la educación, mejoraríamos. Cuando se logre cambiar el concepto que el dinero en la cultura no es gasto sino inversión, miraremos desde otra óptica las cosas. Ojalá, por el bien de los que hacemos teatro, que todo el mundo tenga acceso a ver lo que uno hace. Y uno de los motivos por los cuales el Teatro El Convento ha sobrevivido es porque la gente siempre nos acompañó con que lo hacemos… Obvio que me encantaría que crezca y que nos conozca más gente, pero es difícil ser profeta en su tierra. Yo acá postulé todas las obras para casi todos los festivales y no fui a ninguno.

¿Por qué?

MB: Porque no me eligen, porque parece que el clásico que yo hago “no es elegible”, acá por lo menos, porque sí me eligieron en Francia, en EE.UU, en España, en Uruguay en Chile…, ellos si me llevan.

 ¿Con qué director te identificás más?..., sin irnos muy lejos en el tiempo, ¿Fo, Bretch, Beckett..?

MB: Si tengo que identificarme con alguno, me identifico con directores que hicieron de esto una lucha como Bretch o como Peter Brook que desde distintos lugares funcionaron y funcionaron muy bien, haciendo distintas cosas y diciendo distintas verdades… Y también está Grotowski, Artaud, toda esta gente que luchó mucho porque el teatro fuera de una forma que modificaron las visiones que venían deformadas por una cuestión heredada.

¿Te identificás más con Grotwski que con la idea formadora de Stanislavski?

MB: No, no, yo a Stanislavski lo honro profundamente creo que es el gran maestro. Es la persona que orientó todo lo que es teatral, sin estar de acuerdo con sus seguidores que son más fanáticos que él mismo, que en sus últimas cartas expresó sus dudas sobre si lo que había dicho en sus teorías era real. Él trató de aportar un método, pero algunos creen que ese método es todo. Grotowski no vino a descartar lo de Stanislavski sino que levantó lo suyo basado en las teorías. De todas formas, todo está por verse, el rey es el actor y es el que debe primar arriba de un escenario.

¿Por último quiero preguntarte que dirá tu epitafio?

MB: Difícil eso… la verdad que no se me ocurre.., pero pondría “fui”… sólo “fui”, una cosa chiquita y contundente, con todo lo que eso significa… Fui porque ya me fui y porque hice lo que quise en mi vida, no es que me hicieron. Yo soy, yo fui.

 

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