Elsie Vivanco "no hablo mucho de literatura. Yo escribo"

Entrevistas 17/09/2017 Por
Entrevista semanal. A los 81 años no deja de escribir y se ufana de haber hecho muchas cosas sosteniendo que "Si no mirás no aprendés nada".
Elsie__Vivanco
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Elsie Vivanco ofrece cuatro opciones: café, mate, cerveza o whisky. Se sirve la última y se sienta a distancia, en línea transversal; le deja a la visita el sillón más cómodo y, aunque todavía hay otro en la sala, se queda con una silla de respaldo giratorio. Cada vez que se ponga de pie —para sacar un libro de la biblioteca, para comer papas fritas del bowl que quedó junto a la cerveza a temperatura perfecta— el respaldo responderá como un aspa sobre el eje horizontal.

Y es que es un viento, no una mujer de 81 años la que habla. "Siempre me dejé llevar un poco", dirá en algún momento de esta conversación al repasar esa vida inasible que tiene. Vivanco saltará de una anécdota a otra, y todas revelarán una libertad deliciosa y particularísima, la misma que se trasluce en Dos libros, publicado por Mansalva, breve tomo de 2016 que reúne poesía y narrativa, y también en S/T, su novela publicada por Alción, que antes le había publicado el primer tomo de su Cuaderno de notas.

Casi no hay reseñas, casi no hay entrevistas. "No me dieron bola", dice. Su primer libro salió en 1988 por Último reino y no se acuerda del nombre completo (Baile. Muelle. Barco. Iglesia. Calle. Mañana. Mar. Bosque. Casa. Muerte. Orden. Antemuerte). Ése fue el que tenía leído allá lejos y hace tiempo Francisco Garamona cuando un amigo de Elsie le alcanzó el original de Dos libros: "Es una outsider del outisder", la define. Pero, además de ese libro con el índice completo de título, publicó dos volúmenes de cuentos (Otro animal y Cuentos de provincia). Ninguno fue reeditado al momento y no se consiguen. Ella sugiere un nombre para la reunión de todos: Obras póstumas.

—Pero estás viva, Elsie.

—Más divertido así.

Antes de despedirse, harta y de buen humor, responde durante una buena hora y media. "No tengo nada para decir, pero bueno, grabá". Se deja los anteojos de sol puestos hasta bien entrada la charla, cuando se los cambia por los de ver para buscar en sus estantes una antología en la que le publicaron poemas sin pedirle permiso ni ofrecerle ejemplares de cortesía.

Con esos anteojos negros es que aparece detrás de la puerta, que es más bien un portón, rojo chillante, por el que se entra al edificio de esquina en el que vive. Es una construcción de los setenta incrustada en Belgrano R, con columnas pintadas como un poste de barbería antigua y ventanas redondas, sobre una calle que lleva el nombre de uno de sus ancestros.

Hay que decir que ya había atardecido.

Lo primero que se oye en la grabación es la música del hielito en el vaso ancho: "Mis padres vivían en Córdoba, pero se suponía que había que venir a nacer acá. Así que nací en Buenos Aires, pero soy cordobesa".

No te han hecho muchas entrevistas, ¿no? No encontré.

En realidad, yo no hablo mucho de literatura. Yo escribo. Que piensen los demás. Están los ensayistas, los que hablan de literatura, y los otros que escriben. Generalmente los ensayistas no saben escribir novelas ni poesía, pero ellos quieren siempre escribir la gran novela o la gran poesía y en eso están.

¿Vos escribiste novela, también?

S/T es una novela. Es una novela, sí. Es una pequeña novela, muy desarmada, pero tiene una historia de durar, digamos. No creo que nadie la entienda, pero bueno.

Tu primer libro es de fines de los 80, por Último reino.

Sí, ese que tiene un título larguísimo. Ese es un libro lindo, te digo que casi me gusta más que los otros. [Se pone de pie, va a buscarlo a la biblioteca]. Ah, tampoco lo tengo. ¡No tengo nada! Tengo este, de cuentos, este otro. Yo los voy dando para que la gente lo lea y después no me los devuelven.

¿No tenés ganas de reeditar todo esto, de ponerlo disponible?

Sería interesante, ¿no? Y después escribo cositas así [muestra un pequeño cuaderno de cuero marrón, escrito a mano sobre hojas lisas con imprenta mayúscula]. Este me lo editó en papel Alción. Yo lo escribí a mano y lo fotocopiaron, hicieron el librito tal cual.

Ninguno de estos es el primero.

No, el primero no tengo. Se llama Baile. Barco. Muerte. Antemuerte.., tiene un montón de nombres, de todos los capítulos, no me acuerdo. A mí es el que más me gusta.

¿Antemuerte qué es?

¿Antemuerte? No sé, una palabra que usé, no sé de dónde salió.

¿Y por qué es el que más te gusta?

Y... Porque me resume. Es todas mis formas de escribir, poéticas o no poéticas. Yo siempre estoy contando algo. Transcurre en Brasil, entonces tiene todo un detrás muy lindo. Me parece a mí, no sé. Hay barcos y mares.

¿Y estos libros de cuentos, Cuentos de provincia y Otro animal?

Esos tienen premios, los dos. Uno tiene el segundo premio municipal, Otro animal, y Cuentos de provincia tiene un premio del Fondo Nacional de las Artes. Después ya no me presenté más.

¿Cómo llegaron a armar este libro con Mansalva?

Fue muy raro, porque yo lo tengo escrito a mano. En general los tengo escritos a mano a todos. Tenía poesías de antes y se las había dado a un amigo mío, Juan José Cambre, que es muy amigo de Garamona, y entonces Juanjo se los acercó a él. Garamona lo quiso publicar. Iba a publicar solamente la segunda parte, las notas, pero después cuando vi que me iba a editar dije ya que estás editame también estas poesías. Y dijo sí, chocho.

Pienso en la nota en el libro donde hablás de Bishop, decís "no he leído nada de Elizabeth Bishop".

Yo a los poetas los he leído poco. Tengo libros, tengo, toda esa parte de ahí en la biblioteca es poesía. Pero al lado de lo que tengo de narrativa no es nada, y tengo muchos libros también de mi padre, que era un investigador de los pueblos originales de América, entonces tengo muchos libros sobre eso y también es un tema que me interesa y que ahora me tiene obsesionada, el tema de los mapuches, me tiene enloquecida, porque lo que pasa en este país es el eterno retorno. Vuelve a suceder lo mismo. Yo tengo 81 años y se vuelven a repetir los ciclos, aparecen estos canallas y vuelven a hacer lo mismo, cada vez peor.

En el libro hablás de un padre dentista y yo pensé que era el tuyo.

Era dentista, pero después, cuando se jubiló, empezó a estudiar antropología. Ahí se interesó en el tema. Pero tenía ataques de pánico en los exámenes, rendía pero le iba mal. Yo también estudié, Filosofía, pero me bochaban en todas. Era un desastre, era una ignorante universitaria.

¿También porque te daba pánico?

No, no. Había ido toda mi infancia y mi secundaria a un colegio de monjas, que es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Quedé fisurada, incapaz de estudiar nada.

¿Eso fue en Córdoba o acá?

Acá, de adolescente. Y, soy tan vieja como Alejandra Pizarnik. Yo creo que debemos haber estado estudiando juntas, pero yo pertenecía a otro grupo social, totalmente distinto, tarada mental completa. Creo que lo más marcativo es el colegio de monjas, más que mis padres, porque mis padres eran liberales, qué se yo. Mi padre se decía socialista y mi madre se decía radical, pero pertenecían a una clase media alta que no tenía la mente universitaria.

¿Tu mamá qué hacía?

Mi madre era una señora de esas llamadas buenas. Pero era una gran lectora, en varios idiomas, en francés y en inglés, a mí también me introdujo ella en la literatura. Mi padre también. Desde distintos lugares, los dos. Ella escribía poemas, muy simpáticos, que a mí me parecían insoportables. Imaginate, una mujer nacida a principios de siglo, en el 1900, que no iba a colegios porque no iban a colegios, les ponian profesoras, maestros de francés y de inglés, y así.

¿Tenías hermanos? ¿Compartías la lectura con ellos?

No, a mi hermano no le gustaba leer. Tengo anécdotas muy graciosas. Estaba la insistencia de que la nena se vistiera de rosa, aprendiera a cocinar, a planchar, a lavar, todas esas cosas, en mi época. Y me acuerdo de una noche de reyes. Yo ya tendría siete, ocho años, y siempre me regalaban esas cosas, juegos para cocinar. Y yo odiaba cocinar, odiaba que mi mamá cocinara, ¡me parecía espantoso! Y entonces me levanté a la noche y fui a ver qué me habían traído los reyes, y me habían traído un bowl con pastillitas, muy amoroso, con una cintita rosa. Y a mi hermano un libro. Dije: a la mierda. Agarré y lo cambié. Mi hermano estaba chocho a la mañana siguiente con las pastillas, y yo con el libro, uno de esos amarillos, de la colección Tor. Yo me los leía todos a esos libros de aventuras, Julio Verne me lo leí completo, incluyendo los aburridos, que también los tiene.

¿Y cuándo se te dio por estudiar Filosofía?

En mi vida todo ha sido curiosísimo. Yo quería ser médica y mi padre me dijo que no, que una señorita como yo no podía ir a la facultad de medicina y menos aprender de esos libros enormes llenos de láminas del cuerpo humano. Que estudiara Filosofía o Letras y ya está. Yo te lo cuento y digo no puede ser que no haya podido elegir, ¿qué había detrás que uno no podía elegir? Y bueno, entré en Letras, pero me fue pésimo. Estuve un año. Después empecé el segundo año, pero me habían bochado en todo menos en latín. Seguí con griego y ya no supe qué hacer, vi que no podía.

¿Pero por qué no podías? Es evidente que tu inteligencia no era lo que fallaba.

Es que sabés qué, el discurso universitario es categórico, y yo no puedo aprender ninguna de esas cosas. Mirá que he hecho mil cosas: he criado caballos, he estudiado psicología, he trabajado de psicoanalista. Muchos años trabajé como psicoanalista, pero siempre advenediza. Yo entraba por la puerta de atrás. Todos eran egresados de psicología y medicina, y yo entraba, estaba con ellos en una escuela de psicoterapia para graduados, y me aceptaban. Pero sin título. 

¿Te aceptaban sin título?

He hecho casas, y no tengo título de arquitecta.

¿Cómo?

Y, hice casas. Hice casas, hice ranchos, arreglé casas acá en Buenos Aires, gané plata, la perdí. De todo hice. Tuve caballos, en Córdoba. Hice muchos ranchos lindos, ranchos de adobe. He hecho artesanías, he estampado cueros y género, porque viajé por la India y me traje los sellos de madera con estampa que usan allá. Te hablo de los años sesenta, pleno Di Tella. Baile con Marilú Marini. Lo que quieras, seguro que lo hice. Después de eso empecé a estudiar unos cursos de psiquiatría infantil, porque me gustó la psiquiatría y además yo me empecé a analizar, para ver qué me estaba pasando en la cabeza, y eso me permitió salir de mi casa y evolucionar económicamente y socialmente, no sé si para mejor o peor. No sé. Por ahí, si hubiese seguido bien neurótica y enferma mental, hubiese sido una gran poeta, quién te dice. Imaginate por ejemplo la Pizarnik, yo siempre pienso: si ella se hubiera analizado desde muy chiquita y se hubiera sacado todos esos fantasmnas y esas cosas de muerte que tenía, a lo mejor no hubiese sido la que fue.

¿Ella no se llegó a analizar?

Después, cuando ya estaba al borde de la muerte. A mí me gusta mucho la cosa medio zarpada que tiene.

Ah, sí, "todo es concha", "soy la Mahtma Gandhi del lengueteo". Ahí está la verdadera condesa sangrienta.

Yo la conocí una vez. Alguien me llevó, ella presentaba su libro Los trabajos y las noches. No había nadie en la librería, porque no era muy conocida. Era una librería en la esquina de Talcahuano y Juncal. Entonces ella invitó a que nos fuéramos a tomar algo a Constitución, donde vivía, y nos fuimos. Yo iba colada, no escribía.

¿No?

Sí escribía. Escribía unas cosas tan incongruentes que me decía: esto no lo puedo poner en ningún lugar. No me sentía identificada con nadie que escribiera. Entonces nos fuimos, y yo no sé si fuimos a la casa de ella, que era una casa fea, sobre la plaza, una plaza muy oscura —bueno, era de noche, no podía haber luz, pero me parecía todo oscuro y tétrico—. Y ella lo único que hizo fue hablar de La condesa sangrienta. Yo ni sabía qué era. La miraba alelada escuchándola, porque hablaba todo el tiempo ella, ella, ella, ella. Sin parar, sin que nadie interviniera en nada.

No me la imaginaba así, dominante.

No, no era dominante. Se me ocurre que quería mostrar lo que estaba por venir, que era este libro, entonces nos quería contar.

¿Y tu primer libro cuándo aparece?

En el 72 nació mi hija Inés, y yo en ese momento empecé a escribir porque sucedió un hecho bastante curioso con el Prode: hubo un paraguayo que ganó el Prode y se hizo millonario del día a la noche. Este hombre, que era albañil, dejó todo eso y empezó a vivir en despilfarro, abandonó a su novia. Todos hablaban de él porque claro, era una cosa maravillosa la cantidad de millones que había ganado. Y a mí me interesó la vida de él, no sé por qué, entonces empecé a escribirla. Me la empecé inventar. Cuando vinieron del Paraguay, cuando trabajaba como albañil. Y era pornográfico lo que escribía sobre él, las noches con las minas y esto y lo otro. Yo estaba chocha. Al mismo tiempo empecé a poner entre las páginas estos sucesos que salían en el diario, las noticias de La Nación de la época, que era el diario que yo leía, todas totalmente transformadas en lo contrario. Salían notas de que habían agarrado a algunos y que se habían defendido y que en esos enfrentamientos se habían muerto. Iba avanzada en el libro y se lo dí a leer a Heriberto Muraro, que era el marido de una amiga mía, sociólogo que estaba comprometido con la izquierda. Y me dijo: "Mirá, Elsie, si vos publicás esto vas a desaparecer al día siguiente. Así que despedite o elegí". A mi marido le pareció escandaloso. "Si publicás esto yo me separo", me dijo. Y bueno, lo tiré.

¿No tenés copia?

No, nada.

¿Fue lo único que tiraste o tiraste más cosas de las que escribiste?

Antes había escrito algunas cosas, te diría que tengo algunas cosas muy tempranas, pero que ni las leo. No tengo muchas cosas guardadas, porque yo voy tirando. Como me voy a morir pronto, no quiero tener ningún desperdicio adentro de la casa. Quiero que todo esté clarito; estos son mis papeles, esos son mis libros. No quiero dejar esas porquerías que dejan los muertos.

Mandaste libros a concursos, pero después no buscaste reediciones, no moviste mucho tus libros, no te importó mucho, ¿no?

No. La verdad es que no me importa mucho. Pero no, no me han dado bola. Han escrito cosas sobre mis libros, pero muy poco, y muy reticente. Por ejemplo, había uno que dijo: "Yo no entiendo esta señora con la edad que tiene cómo escribe esas cosas". Claro, porque la gente supone que una mujer vieja tiene que ser moderada, sabia, con pensamientos constructivos. Puede estar un poco deprimida por la edad, pero no puede ser zarpada.

¿Y cómo apareció Otro animal?

Hubo un concurso en Editorial Atlántida, importante, y yo lo mandé. Se ganaban no sé cuántos miles de dólares. Me mandaron a llamar. En ese momento estaba Beatriz Guido de directora, y me dijo: "Mirá, la gente como uno tiene que publicar, lo que pasa es que este premio que vos te merecías no te lo vamos a dar porque se disparó el dólar y no podemos pagarlo". Entonces quedó desierto. Pero ella me dijo: "Si vos querés, yo te publico, pero habría que corregirlo". "¿Ah, sí?", le pregunté. "¿Y cómo corregirlo, si me estás diciendo que lo querés publicar para qué lo querés corregir?"; "Ah, no, porque una escritora novel no puede escribir una oración sin verbo, como vos escribís. ¿Vos que te creés que sos, Cortázar? No, no sos Cortázar. Entonces si querés, yo te lo hago corregir y te lo publico". Y entonces yo le dije que no. Había que tener agallas, eh, porque Beatriz Guido era una persona imponente. A mí lo que no me gustó es cuando dijo "la gente como uno tiene que publicar". Eso no me gustó nada, porque yo no era gente como ella. Ella habrá pensado por mi forma de hablar... Yo hasta fui a foniatría para cambiar mi forma de hablar.

¿Pero qué es lo que sentís que dice de vos tu voz, que no sos vos?

Y, es una voz de señora de clase alta. Entonces eso le dio a ella pie a decirme esas cosas. Bueno sigamos, que ya me aburrió Beatriz Guido.

Y los otros libros, ¿te los corrigieron? Otro animal y los que siguieron.

No, no, ninguno. Este chico Víctor Redondo, un amor de tipo, me los publicó así directo, sin decir ni mu, me publicó el primero y el segundo. Y después salió Cuentos de provincia con Bajo la luna nueva.

Hay mucha atención a los animales y a los insectos en tus textos.

Eso porque estaba en una chacra Baradero y me aburría muchísimo. Cortaba el pasto, miraba los bichos, los atardeceres, iba a hacer las compras al pueblo en un autito. Trabajaba como una loca. Hasta que no pude más. Era una chacra grande. Ahora por suerte lo vendí, pero era para trabajar y no encontré, ahora todos quieren poner soja, están todos contaminados y no les importa.

En Córdoba también está todo contaminado, ¿no?

La deforestación de Córdoba es patética. Cuando yo era chica viajábamos mucho. A mi papá le gustaba, salíamos en un autito chiquito que tenía y era todo monte, monte hasta arriba. Rancho, monte, y en cada rancho había una víbora de esas que usan para comerse a los bichos, las tienen en el patio. O tenían un puma, también atado. ¿Y sabés qué hacíamos? Que era vergonzoso. A mí me daba vergüenza: se tiraban monedas a la marchanta. Llegabas y tirabas a la marchanta centavos de cobre a los chicos que salían a pedir. Yo no lo hacía, me quedaba enculada en el auto. Una cosa horrenda. La pobreza que había en ese momento era terrible.

Empiezo a entender entonces la repulsión que te dio cuando Guido te dijo eso.

Yo aprendí todas las cosas. Lo que era ser rico, lo que era ser pobre. En momentos de mi vida fui muy pobre. Me desprendí de todo por motivos que no te voy a contar, porque son cosas íntimas. Pero me hice un rancho en las sierras. ¡Hacía un frío! Un rancho de piedra. No tenía un mango. Llegaba a la noche y tenía un Citröen dos caballos que subía a gatas arriba, estaba reventado pero llegaba. Y si a la noche no tenía kerosene y fósforos y leña seca, me moría. Me cagué de frío mucho tiempo. Después tuve buen ojo para vender y para comprar, pero había momentos en que lo pasaba mal.

¿Esos cuadros que tenés colgados son tuyos?

No, ese es un gran pintor, no me acuerdo el nombre, y este es de Cambre. Pinté, sí, soy una buena dibujante. Hice algunas exposiciones, pero lo hice para joder. En Códoba, donde yo vivía en La Cumbre, había muchos pintores. Entonces dije: bueno, si todos son pintores yo también, no puede ser. Me puse a pintar, pero no es lo mío. Lo sé hacer, pero no.

Y escribir, ¿escribís siempre o poquito?

Poquito. Ahora cada vez menos. Acá, en Buenos Aires, menos que antes.

¿Hace cuánto estás acá ahora?

Y hará cuatro años, cinco. Estaba en Baradero antes. En Baradero escribía. Acá hay muy poco que me inspire. A veces por ahí veo un lapacho en flor... A mí me gusta mucho la naturaleza.

¿Y cómo era la vida en La Cumbre?

El que empezó con esa cosa cultural que tiene La Cumbre de escritores y pintores fue Manucho, Manuel Mujica Láinez. Él los fue congregando. Se puso en un lugar divino y recibía a la gente, porque era un tipo de dar lugar, muy generoso. Era malo como un bicho, hay que decir la verdad, pero al mismo tiempo era un tipo que le daba lugar a los pintores. Escritores había pocos.

¿Sara Gallardo no estuvo un tiempo ahí?

Sí, Sara Gallardo, la conocí también; ella estaba como en recuperación, se había separado. Me acuerdo que yo tenía un rancho en las sierras y tenía una linda biblioteca, y ella fue, no sé quién la llevó. Yo soy poco sociable, soy más bien antipática, ahora estoy un poco más simpática de vieja pero de joven no daba bola. Y me acuerdo que se llevó las obras de Virginia Woolf.

¿Y te las devolvió?

No, nunca. A mí me gusta ella, Gallardo, tiene cosas muy lindas. Viste esa cosa muy machista que le decían que Eisejuaz se lo había escrito el marido, Murena, que estaba detrás de ella, y mentira, ella era una tipa muy inteligente, muy capaz. Muy marcada por la sociedad donde había nacido, porque son muy marcativas, son re cagadoras.

¿Viajaste mucho?

Cuando me casé, mi marido que era arquitecto estaba haciendo un curso, llevaba a los alumnos de la facultad a conocer Europa, y les daba una clase. Y yo me aburría espantosmente, porque estábamos recién casados. Hicimos todo Europa menos Italia, que quedó en el bolsillo para verlo después y nunca volvimos. Después hice Grecia, Egipto, India...

¿Qué es lo más hermoso que viste alguna vez?

Diría que lo que más me impactó, de lo que he visto en el mundo, es la Gran Pirámide de Keops. Llegué al centro, y vi ese sepulcro en el centro de la pirámide, y el guía me hizo tocar la pared. Puse la mano ahí y sentí como un alfilercito frío que venía desde afuera, era una especie de aire acondicionado. Esa experiencia, en ese lugar; era toda una habitación de piedra negra. Eso. Después, Stonehenge, en inglaterra, una serie de piedras de siete y ocho metros de altura en dos series de círculos que están relacionadas con la salida y la puesta del sol, que no se sabe qué origen tienen ni cómo las llevaron. Eso, impresionante, también. Y después, en México, que también estuve, me impresionaron mucho las grandes pirámides mayas, que son fantásticas, pero sobre todo los cenotes. Son unos huecos en la tierra, grandes como esta sala, suponte, y abajo hay un río subterraneo que corre. Y es como entrar en una catedral enorme, con una luz rarísima, cenital, y a veces baja un árbol, toda la raíz que se hunde en ese agua. Y es estar como en una iglesia pero hecha por la naturaleza, como para arrodillarse y rezar no se sabe a quién. Hay muchos cenotes en México. Abajo corre el agua dulce que va al mar. Sí, esas tres cosas. Las grandes ciudades europeas las conocía casi todas. París es bonito, sí, pero no me interesan para nada, en aboluto. Me gustó mucho Grecia, maravillosa, las islas, la gente, las casas, esas forma de vivir, insisten en vivir así, a mí me encanta la gente que insiste en vivir de esa manera. Y América, América es maravillosa. Bolivia, ¡ah! Bolivia es maravillosa, la gente en Bolivia es maravillosa.

¿Cuándo fuiste?

Hará unos quince años. Me tomé un avión. Hay que ir despacito, por la altura. Fui también a Perú, porque me convocaron del Faena para hacer un rancho en Perú. Sabían que yo hacía ranchos de adobe así que me pidieron uno. Entonces me fui para allá para ver, cerca de Cuzco. Estuve viviendo ahí con unos peruanos, ¡me hacían comer tanto! A las diez de la mañana me ofrecían huevo frito y después salíamos a caballo. Son maravillosos porque trabajan en comunidad, todos ayudan y hacen las casas en tres días.

¿Y vos dónde aprendiste a hacer lo de las casas de adobe?

Mirando. Hay que mirar. Si no mirás no aprendés nada.

Vulvo al libro. Hay unos poemas, "mi único ídolo / Lamborghini", dice, están dedicados a él.

Lo conocí mucho. Era un tipo encantador con las mujeres. Eran los ochenta y pico. Aira había publicado un libro maravilloso, Ema, la cautiva, también estaba Nicolás Peyceré, Hugo Savino, Luis Gusman, Germán García, y Osvaldo, que era una especie de dandy adorado por mucha gente, que siempre estaba en la lona y había que convidarlo con whisky, gin tonic, estaba en eso. La gente era muy borracha, se chupaba mucho. Lamborghini trabajaba en una librería en calle Santa Fe y yo me acuerdo que lo iba a visitar, y me decía "¡Vamos a tomar algo!", y yo lo tenía que invitar. Era una delicia estar con él, era una palabra inteligente detrás de la otra. Y Luis Gusman estaba haciendo talleres y venía a mi casa, yo tenía una casa en Palermo y él venía una vez por semana.

¿Vos le enseñabas?

No, él a mí, ¡yo nunca fui profesora de nada! Él venía a casa y yo trataba de ser buena alumna. Escribía, escribía, escribía, y él me decía: "¿Pero de dónde sacás esas ideas? ¿Cómo hacés para escribir todas esas cosas?" Eso es lo que me acuerdo. Muy simpático, un buen tipo. Ha seguido siendo un buen escritor.

¿Y con alguien más hiciste taller?

Sí, con Miguel Briante. Es que tenía una amiga, Liliana Heer, y ella me invintaba a las cosas, me decía "¡No puede ser que te quedes en tu casa!" Yo siempre me dejé llevar un poquito por la gente. Después no hacía nada. Me acuerdo que Briante nos hacía escribir ahí mismo, por ejemplo sobre un cuento de Borges, era muy divertido. Él me decía: "Elsie, vos lo que tenés que hacer es escribir como Manucho, porque vos sos como Manucho, de la clase de él, así que no escribas en primera pesona, escribí en tercera y ya está". Yo siempre escribí en primera porque me era más fácil.

¿Y escribiste en tecera?

Sí, algunos cuentos sí.

¿Pero lo hiciste más bien para contentarlo?

No, no, no, yo para contentar no escribí nunca nada. Pero te hablo de cosas que duraron dos meses, un mes, nada, esos talleres.

¿Sabés por qué se te dio por escribir, y por qué nunca paraste?

Me parece que porque mi papá me dijo de chica que yo iba a ser una gran escritora. Y es lo que te digo: a mí me marcaron el camino, y lo seguí. No fui médica, no pude hacer Filosofía y Letras, eso sí, pero hice lo que mi papá me mandó. Desgraciadamente.

¿Pero te gusta escribir?

Sí, me gusta, pero también me gusta mirar tenis por la tele, me encanta.

No te gusta más que otras cosas.

No. Lo hago. Lo hago porque tengo cierta facilidad, evidentemente, pero no tengo el menor profesionalismo. Por ejemplo, yo soy amiga de Noe Jitrik y de Tununa, y ellos son tipos que están todo el día en su profesión, todo el día están escribiendo. Se levantan, prenden la computadora y escriben. A mí ni se me ocurre, y menos acá en Buenos Aires. Buenos Aires es lo más esterilizante que hay. Para mí es esterilizante. Pienso que a lo mejor me voy a tener que ir para terminar algún otro capítulo de mi vida. Pero es difícil. Mis hijos prefieren tenerme cerca. A mí me gusta la naturaleza fuerte, la montaña, el mar, la cosa bucólica de la pampa nunca me gustó mucho. Pero ahora ya no puedo elegir. Yo he elegido siempre mi forma de vida, siempre, nadie me la impuso, pero ahora ya no puedo. Me encantaría estar al lado del mar, por ejemplo.

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