El juego de la vida

Humanidades Por
La creatividad que me ocupa aquí es universal. Corresponde a la condición de estar vivo ( D. Winnicott - Realidad y Juego)
Ver galería niño
1 / 2 - niño

Sigmund Freud, médico neurólogo y padre del psicoanálisis, escribe en 1920 “Más allá del principio del placer” y en el relata una actividad de su nietito de 18 meses que resultaba molesta para toda la familia y que consistía en tirar todos los juguetes lejos de su alcance y del de los demás mientras decía “ooo”, que según su familia significaba “fort” (se fue). Luego de un tiempo esta actividad se complejizó ya que un día teniendo un carrito atado a un piolín, en lugar de arrastrarlo lo que hace es arrojarlo diciendo “fort” y luego acercarlo diciendo “da” (acá está). El juego completo, entonces, era fort-da, “se fue-acá está”. Para Freud la interpretación fue obvia: el niño se resarcía de la ausencia de la madre escenificando ese desaparecer y aparecer de la misma. Cuando su mamá se iba su posición era pasiva, nada podía hacer, en cambio en la escenificación, en ese juego, su participación era activa. Y concluye que los niños repiten en el juego todo aquello que le ha causado impresión, y al jugar, se adueñan de la situación.

Winnicott, médico pediatra inglés, que ha trabajado mucho en relación al juego como un espacio, una escenificación para que los niños puedan elaborar aquello que los perturba, agrega algo que considero interesante, dice que el juego es siempre creativo y que la creación tiene que ver con la vida. Trabajando como pediatra comienza a observar, y luego formaliza, la importancia que tiene el juego para elaborar aquello que no puede ser controlado por el niño. Pone en esta categoría todo aquello que permita esta elaboración y dice que tiene que ver con lo más importante, la vida. ¿Por qué? Porque el juego organiza, tiene reglas. Dice en “Realidad y Juego” que basta ver esa emoción cercana al pánico que podemos sentir niños y también los adultos cuando esas reglas son dejadas de lado; no tanto cuando son transgredidas, no cuando “hacemos trampa” sino cuando nos damos cuenta de que “así no se juega”. No es lo mismo. La ausencia de reglas del “así no se juega”, tiene algo de enloquecedor.

Muchos niños no pueden jugar o juegan siempre a lo mismo, nuestra tarea entonces es como dice Winnicott, llevarlo de un estado en que no puede jugar a otro en que sí puede hacerlo. El juego es siempre una experiencia creadora y ser creativo es estar vivo.

¿Con qué jugamos los que atendemos niños? Jugamos con sonidos, con el ritmo, con instrumentos, con juguetes y con el sonido más sofisticado y más privilegiado que es la palabra; porque con la palabra también se puede jugar. Los sonidos y el ritmo están en todas partes y jugar con ellos, apropiarse de ellos, es estructurante. Y lo que está estructurado, es decir que tiene reglas (el lenguaje verbal y el musical los tienen), da la posibilidad del juego, de la creación de algo nuevo.

Las herramientas con las que contamos nos permiten escuchar diferencias, estribillos, reiteraciones que aparecen en cualquier lado, y estructuramos eso que se presenta desbordado, desarmado o sin sentido. Por ejemplo, si un niño tira cosas, transformamos eso en un juego de tirar cosas más livianas, si alguno grita sin sentido aparente, lo podemos acompañar gritando también o susurrando o haciendo algún otro sonido que corte ese gritar por gritar.

Al jugar con otro, el terapeuta en este caso, tácitamente aparecen reglas. Si lo que se presenta desbordado es un cuerpo que corre solo por mera excitación física, proponer jugar una carrera, interponerse con un juguete, una palabra o un sonido, nos saca del terreno del desborde. Gritar solo no es lo mismo que gritar con otro, hacer silencio, volver a gritar,  probar sonidos distintos y reírse de eso ubica al niño en una posición diferente porque hay placer y se amplían las posibilidades de subjetivación. Además en esta secuencia grito-silencio-grito hay un ritmo que devino de un juego con reglas mínimas, pero reglas al fin. Estos juegos con leyes mínimas, acotadas, estructuran a un niño, hace borde en el cuerpo y en el lenguaje.

Cortázar en “La vuelta al día” se pregunta también qué es el juego y dice, de un modo bello, que juego es “un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento-gol, jaque mate o piedra libre”. Si se piensa la descolocación como la fragmentación de los cuerpos que se traduce, por ejemplo, en desconexión o gritos, el juego vendría a ordenar. Entonces lograr que se arme un juego mínimo, un simple juego de tomá-dame, cantás y te hago el eco, gritás y yo susurro, es decir, si se produce un pequeño encuentro con una diferencia, entonces habrá gol, jaque mate y piedra libre. Porque jugar implica que hay un mundo donde hay objetos y hay otros con los que se puede jugar. No se está solo y desarmado y descolocado.

Jugar a la pelota no es algo tan simple como se ve, hay allí un ritmo, la pelota va y viene de uno hacia otro. Podemos tirar la pelota contra la pared, pero hay juego verdadero allí donde hay otro al que le podemos hacer un gol.
En síntesis, intervenimos para que el niño detenido en algún juego pueda dirigirse como un sujeto deseante, que no sea un mero cuerpo que repite consignas. Nuestro trabajo es introducirlo como sujeto en el orden del deseo.

Cuando me consultan porque un niño presenta alguna dificultad orgánica o emocional, veo y escucho siempre a un niño que viene con una historia y que además  padece o está detenido en su desarrollo; no veo un niño con un Síndrome como es el caso que abordamos hoy, sino que veo y escucho cuestiones emocionales que impiden que sus potencialidades puedan expresarse. Esos obstáculos pueden ser de diversa índole y deben abordarse desde todas sus aristas. Hay una cantidad de síntomas que coinciden en diversos diagnósticos, ¿cómo diferenciarlos? Por ejemplo el insomnio, si éste aparece y no preguntamos sobre ello y lo dejamos solo en la columna del haber de la enfermedad,  tal vez nos perdamos de saber por qué otra cosa no está durmiendo. O la hiperkinesia, ¿pertenece en ese momento al cuadro orgánico que presenta el niño o habrá momentos en que se producirá por otras cosas o se verá agravado por cuestiones diferentes? ¿Y si el niño que tira cosas permanentemente nos está queriendo decir algo con eso? ¿O  está elaborando algo que, como el nietito de Freud,  lo perturba y entonces intenta resolver trabajando-jugando? Son preguntas que me formulo siempre que me hablan de los síntomas cualquiera sea el diagnóstico. Porque si bien hay especificidad en la sintomatología según la enfermedad, muchos de ellos  son comunes a cualquier sujeto sufra o no de una enfermedad cualquiera.

La historia familiar afecta y deja marcas sin elaborar en todos los niños. Ellos no están ausentes de todo lo que vive su entorno más cercano, perciben la angustia, la ansiedad, la negación, el exceso que viene de los otros fundamentales para él: sus padres, su familia, sus médicos y terapeutas. Y eso tiene efectos en sus emociones y en su cuerpo. Trabajar con los padres en entrevistas para abordar la angustia, hablar de ella, soportar la ambigüedad y la contradicción que generan ciertos cambios y hasta avances, es una condición para tratar a ese niño. En esa circunstancia pude escuchar a una mamá muy angustiada porque su hijo, que tenía la posibilidad de participar de un estudio clínico muy importante y esperanzador, había sido rechazado porque no cumplía con todos los requisitos. Y no los cumplía porque su hijo estaba mejor de lo que se esperaba según su diagnóstico para esa etapa de su desarrollo. “Estaba bien”, ese fue el modo en que lo expresó. Ante este enunciado, ¿dónde poner el acento? ¿En la imposibilidad de acceder a ese estudio o en el “está bien”? ¿Se manifestó en este caso un sujeto con su propia singularidad? A mí ésto me generó preguntas.

Y quisiera partir de allí, de la pregunta sobre qué es un acento y dónde ponerlo.
El acento es un concepto con varios usos: puede señalar la intensidad que se aplica a una cierta sílaba en la pronunciación, o la energía o relieve que se emplea en determinadas palabras, temas o interés.
En la notación musical es un signo que indica que una nota debe ser interpretada con mayor intensidad que las que hay a su alrededor. Es decir, que audiblemente debe destacarse de notas no acentuadas.

Si bien ambos conceptos de acentos, el gramatical y el musical, son similares, la característica del musical es que en un compás de 4/4, por ejemplo, se acentúa la primera nota pero no pierden importancia, no deben en realidad, las otras notas ya que si no, no sería un compás. Para decir: “éste es un compás de 4/4”, necesito las cuatro notas, la acentuada y las otras tres.

Esta definición me sirve para hacer una analogía con lo que ocurre con un niño y la patología con la que lo presentan sus padres cuando llegan a la consulta. ¿Dónde ponemos el acento? ¿En la manifestación sintomática? ¿En el sufrimiento? ¿En el niño?
Poner el acento en el niño permite cambiar la mirada, le ofrece otro lugar, nos dispone a la sorpresa, y a la angustia también, que nos puede deparar que ese niño, que tiene nombre y apellido, que pertenece a un linaje, esté “bien” para eso que se esperaba cuando solo vemos un diagnóstico y no lo que él es: un sujeto singular.

Pongo el acento en este punto porque me angustié mucho con esta escena que les relaté antes. Quiero decir con esto que yo no olvido que en ese compás están las cuatro notas: el niño, su familia, el diagnóstico y la transferencia con el terapeuta. Y entonces también me pasa que a veces pierdo un poco el ritmo y me angustio. Pero sé que porque nos angustiamos es que seguimos adelante.
Somos seres historizados, no solo un diagnóstico orgánico. Estamos hechos de palabras, estamos en el lenguaje. Yo los invito a mirarlos como un niño, integralmente, con sus fallas y sus logros, y evitar mirar con un microscopio cada cambio en el cuerpo orgánico atribuyéndolo al síndrome. Mirarlos, sí, la mirada es importante, pero que sea una mirada más de apuesta a las posibilidades ciertas, a la confianza en la eficacia de otros abordajes.

Todas las disciplinas que atienden a un niño les dan la posibilidad de la apertura de nuevos horizontes. Y digo “atender”, no estimular. Atender es escucharlo, acompañarlo a que pueda acceder a cosas que le generan placer, que le permita armar lazos con otros. Estimular, todos podemos ser estimulados, pero también esto nos puede rigidizar, hacernos quedar en lo mismo y conocido.  Un sujeto, en cambio, tiene la posibilidad de apostar a otra cosa, es aquel que quiere algo, alguna cosa y después otra y otra y en ese devenir se puede angustiar, se angustia porque hace. Los adultos hablamos para resolver eso que nos tiene detenidos en nuestro deseo, o aquello que nos obstruye algún cambio que nos proponemos. Los niños juegan, es así como elaboran eso que les pasa, todos los niños pasan por este proceso y si no pueden, estamos aquí para acompañarlos a destrabar eso que lo impide.

“Ataca el infinito, pero una nube salva”, dice  un verso del poema “Sobre una noche sin ornamento” del poeta francés René Char.
Quiero abordar, para finalizar, la diferencia entre ruido y sonido. Ruido es todo sonido.

Todos conocemos espacios y momentos ruidosos. Por ejemplo, si ahora salimos a la calle y escuchamos miles de bocinas al mismo tiempo estaríamos de acuerdo en decir que es un ambiente ruidoso, pero si de golpe escucháramos, como si resaltara, una bocina que tiene una melodía graciosa o rara, estaríamos recortando de todas las bocinas esa que nos hace reir por algo o enojar, o lo que sea que nos pase. Lo importante a señalar es el recorte que hicimos en la escucha; cuando hicimos eso, lo recortado es sonido (lindo o feo, no importa).

Subjetivamente nos suele ocurrir lo mismo cuando estamos angustiados, cuando estamos estresados porque tenemos “mil cosas para hacer”, cuando no podemos determinar qué nos pasa, etc. Eso también es ruido. El ruido, el externo o el interno, es la desmesura, es lo que no tiene borde, es el infinito del verso de René Char. Por eso nos salvamos cuando recortamos una nube.

El diagnóstico puede ser un ruido si no logramos hacer ese corte, ese recorte,  encontrar esa nube en el cielo infinito que nos permita ver a un niño con potencialidades para jugar.

Para que haya juego, creatividad, lazo social, y decir todo esto es lo mismo que decir: para que haya vida, tenemos que contar con un niño. ¿Y qué es un niño? Un niño es aquel que puede desplegar en la actividad lúdica su deseo; jugar, aunque sea a los juegos más básicos, para poder emerger y constituirse como un sujeto,  para obtener placer, para reconocer y aceptar reglas, para hacer lazos con los otros. Para recortar en medio de tanto ruido la creatividad que nos da vida.

www.facebook.com/CentroGurises

[email protected]

 

De la exposición realizada en el marco del Encuentro Educativo para Cuidadores de MPS II, organizado por A.M.A. (Asociacion de Mucopolisacaridosis Argentina), en octubre de 2016.

Te puede interesar

google-site-verification: google5fe333d7a5080da2.html