Tomar partido

Relato ganador y seleccionado para ser parte de una antología de cuentos.
celda
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El bolso repleto de ropa mal doblada aplasta el par de zapatillas. Las sábanas y la frazada aumentan, aún más, la altura de la almohada, que descansa debajo de ellas. La mesita de luz es pobre, sólo un apoyo, sin cajón, ni puerta. La iluminación es triste, la única bombita existente de veinticinco watts, titila para quemarse. Las paredes son blancas y pálidas, están sucias, escritas y rayadas. El resto del lugar se halla vacío, sin vida, en penumbras, sombrío.

Llegué hace horas y no puedo hacer otra cosa que pensar. Quizás si lo hubiese hecho antes no hubiera llegado hasta aquí. Pero ya no es tiempo de
reflexionar, ni de afligirse, tengo que ver cual será mi futuro. Debo permitirme la chance de sentir sin pensar. Pienso que siento. Lo descubro: hastío,
soledad, son como sorbos de aceite de ricino, imposibles de tomar pero efectivos en sus efectos. Esto es lo que siento y no puedo evitarlo. Desde que leí la carta me invadió el abandono. Creció el desamparo, el desprecio…

De las cosas que traje, sobresalen dos libros de tapas duras con lomo oscuro y sin títulos impresos. Se confundirán con la Biblia quienes no sepan que pertenecen a una colección de varios tomos. De uno de ellos sobresale un pedazo de papel, se nota una hoja de cuaderno, arrugada. Es la última carta queme escribió Susana. La tomé para leerla nuevamente. Guardada dentro de los primeros versos de Alfonsina Storni, igualaban en tristeza el final de la poetisa. “Quizás me odies por lo que voy a decirte…” rezaba la primera línea. Las letras del último adiós no llegaron a su final deseado…
el de seguir siendo amigos. 

No podría ser amigo. O todo o nada. No me van las medias tintas. En la vida siempre hay que tomar partido: perro o gato; té o café; fútbol o rugby;
novios o nada. Nadie podría sospechar que la relación de ambos estaba deteriorada. Éramos una pareja feliz, jamás me hubiera imaginado discutiendo o peleando. Nos amábamos, nos queríamos como habiéndonos encontrado el uno al otro. No entiendo el final y menos aún el principio
de todo. No sé como empezó, sólo sé cómo va a terminar. No sabía qué hacer, me senté en la cama, quise pensar. No pude. Los recuerdos vinieron a mi cabeza lastimando la memoria. De repente, aparecieron los espantosos estruendos de aquel día. Las imágenes sobrevolaban por sobre la luz. No quería verlas, me tapé los ojos. Me arrojé hacia atrás. Quedé atravesado en el colchón desnudo. Me ahogaba con recuerdos, no soportaba más. Quería gritar…

Estaba cómodamente adormecido. Me desperté. ¿Dónde estaba? No entendía. No veía. Estaba a oscuras. Tanteando las paredes llegué hasta una puerta, busqué el `picaporte. No estaba. Me di vuelta buscando la salida. No existía Me desesperé. Tanteaba a ciegas el aire espeso. Corrí hacia el otro extremo, tropecé con algo que me hizo caer. Me levanté desesperado. Corrí nuevamente, llegué al otro lado, había sólo una pared muda. No veía mi cuerpo, mis pisadas. Reaccioné… no era oscuridad, estaba ciego. El desaliento me asfixiaba, mi respiración reagitaba. Quería gritar y no me salía la voz. Intenté calmarme. No pude. Los sonidos del silencio exasperaban y los ruidos de las balas me aturdían. Se repetían una y otra vez. Comencé a sentirme mal, perdí el equilibrio, caí desmayado. Seguía cruzado en el colchón como me había dormido. Estaba soñando con una opresión en el pecho que no me dejaba respirar. No soportaba más el peso de la carta. Me quedé dormido con ella en la mano. La arrugué con
ira, la alise con amor. Me pregunté: ¿Había hecho bien? Sentencié: ¡No…, fue un error!

No podía razonar lógicamente. El aplastante agobio iniciaba su camino. El tiempo era mi pena. Me condenaron a pensar y a sentir el resto de mi vida. ¿Cuánto duraría el suplicio? Soy el artífice de mi destino, no puedo quedarme a mitad del camino de llegada. Me asomé buscando gente. No hallé
a nadie. Regresé a la cama. Tomé una de las sábanas, la estiré, mientras me arrepentía de los seis balazos que rompieron el corazón de Susana. La
enrosqué como una soga y la até en lo alto de la reja… 

El carcelero me encontraría muerto.., pero viviendo mi propia condena.

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